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NARRATIVA Infanto-juvenil

EL SASTRECILLO ARREPENTIDO por STELLA MARIS TABORO


                                                                                                  Cuento versionado

Era el atardecer de un frío invierno. Desde la aldea, cercana al bosque- donde habitaban gigantes y gnomos y hadas - una campesina quiso llegar hasta la casa de quien se que creía un valiente modisto. Quiso conocer a este personaje que lucía en su cinturón su fama de derribar a " siete de un sólo golpe". Cuando llegó hasta él, lo vio tan pequeño y casi indefenso que no creyó en su alarde. Su figura esmirriada más provocaba lástima que admiración. Sin embargo , a la campesina le llamó mucho la atención que en las paredes de la casa del " exitoso" y " valiente " modisto resaltaban muchas fotos, especie de trofeos, que atestiguaban sus éxitos ante gigantes y otros seres que habitaban este suelo.

La campesina que ofrecía siempre sus hierbas medicinales, le insistió que probara un té que le fortalecería aún más el cuerpo y el alma. El pequeño modisto aceptó de agrado y bebió confiadamente el brebaje, tras lo cual quedó inmediatamente dormido.

Desde las paredes sus antiguos enemigos fotografiados, despertaron y rodearon al inconsciente modisto buscando vengarse, pero la campesina los detuvo y obligó que se alejaran de allí. Huyeron al monte cercano, mientras más se convencían que debían hacerle pagar al modisto todas las trampas que sufrieron.

Había pasado ya una hora soñolienta, cuando el modisto, comenzó a soñar en voz alta. La campesina, que lo observaba, estaba casi desorbitada escuchando las confesiones del modisto.

Su primera víctima había sido un pájaro que casi se había ahogado en el bolsillo húmedo y oloriento del modisto para luego ser arrojado al abismo.

El pájaro condenaba al modisto y lo acusaba de opresor y de atentar contra la libertad con la que había nacido. Lo acusaba porque lo había oprimido en su mano derecha antes de arrojarlo y por haberlo tratado como si hubiese sido un ser inerte como una piedra. Los gigantes lo acusaban por tramposo y especulador. Hasta el Rey de la comarca había sido engañado por el sagaz modisto y estaba dispuesto a pedir su captura y su condena. Su hija, la princesa quien siempre había sospechado del modisto, no podía contener su bronca por aquel taimado modisto. La conciencia torturaba más y más al modisto. Seguía soñando en voz alta y su cuerpo temblaba de arrepentimiento, se convulsionaba, mientras repetía atormentadamente:

"Perdón, perdón a todos les pido, por mi soberbia y mis mentiras"

Los gigantes que habían escapado de las paredes, volvieron buscando venganza, venían armado con palos y piedras, de sus ojos parecía que escapaban llamaradas. Pero se detuvieron bruscamente al ver que desde las ventanas del modisto, volaron miles de palomas mensajeras, llevando en sus picos aquel mensaje:

"Perdón, perdón a todos les pido por mi soberbia y mis mentiras".

ESTELLA MARIS TABORO


La gata literata

Se ve en el firmamento de un pueblo a una enorme gata de color rojo  intenso sin manchas, con garras medrosas que posa su mirada felina fija e intensa en algún semejante a la que ella cree rival. Es solo amigos  una  "cruel" gata que escribe y se llama Literata.

JULIA DEL PRADO (Perú)




EL BOSQUE CANTARÍN por MANUEL CUBERO


Cuentan las nubes del cielo que hace muchos años, escondidos en un mar de montañas, vivían los árboles más alegres del mundo. Dicen que sus hojas cantaban las canciones más hermosas que jamás se hayan oído. Pero una noche, un viejo árbol, seco y medio podrido, se enfadó con el viento y lo expulsó del bosque.
-Vete de aquí –le dijo-. Un día de estos me vas a destrozar todas las ramas. Ya estoy muy cansado de soportarte día y noche. ¡Vete!
El viento, al verse despreciado, decidió bajar a descansar a la orilla del mar. Le habían dicho que allí su amiga la brisa viajaba feliz por todo el mundo sin que montes ni bosques entorpecieran su paseo. Me iré con ella para siempre, pensó.
A la mañana siguiente las hojas de los árboles despertaron más tarde que otros días. Un silencio desconocido reinaba en el bosque. Sólo se oía el caminar de las hormigas que salían a buscar alguna hierba seca que les sirviese de alimento. Ni siquiera los pajarillos se atrevían a cantar temerosos de romper la calma que se había apoderado del lugar.

Un leñador que entró en el bosque para recoger una carga de leña, alarmado ante aquel silencio, permaneció quieto unos segundos. Sólo oía el palpitar de su corazón. Tan fuerte latía que su eco comenzó a resonar como si un invisible caballo gigantesco cabalgase entre las copas de los árboles. Al oír tan extraño ruido, un conejo, que descansaba en su madriguera, se asomó a ver qué sucedía. Asustado, dio la alarma al resto de sus hermanos. Segundos después todos los conejos corrieron aterrorizados abandonando sus madrigueras. El batir de sus patas sobre el suelo unido al latido del corazón del leñador resonaron como tambores gigantescos. Los animales que vivían en el bosque, ciervos, gamos, jabalíes y pájaros de las más diversas clases, espantados ante aquellos ruidos que parecían presagiar un drama terrible, huyeron del lugar.
Sólo algunas hojas secas que, agotadas, caían al suelo lloraban su soledad con un crujido que nadie oía. Una de ellas se encontró con una hormiga que, al verla caer, acudió presto a recogerla para llevarla a su hormiguero.
-Hola, hormiguita –saludó-. ¿Tú no sientes la soledad que reina en el bosque?
-Claro que sí. Por fin vivimos en paz.
-Pero… también se han ido algunos de tus amigos. Dicen que no ha quedado ni un pulgón en el bosque. 
-Y tampoco esos animalotes grandullones, hombres se llaman, que no miran por donde pisan. Una cosa por otra.
Pasaron los días. La vida en el bosque era cada vez más tranquila. Nadie molestaba a las hormigas. Eran los únicos animales que quedaron. Cada mañana salían a recoger semillas para su granero. Vivían felices, y la vida les resultaba tan relajada que acabaron por volverse perezosas. Luego, la haraganería las hizo envidiosas. Continuamente estaban discutiendo, criticando a sus compañeras y presumiendo de lo bien que se vive sin trabajar. Y lo que es peor, al no haber insectos que llevasen el polen de una flor a otra, las plantas estaban cada vez más tristes y enfermas.
-Ahora comprendo por qué son tan felices las cigarras –dijo una hormiga a sus compañeras mientras holgazaneaban por los alrededores del hormiguero.
-Se vive tan bien así… -respondió una vecina que tomaba el sol sobre un chinarro.
Justo en ese momento una cigarra que se había extraviado en su viaje pasaba por allí.
-Perdonad que os interrumpa, amigas –saludó-. Después de toda una vida recorriendo el mundo he visto tantas cosas… Os puedo asegurar que mucho más hermoso que la vagancia es ver a los amigos felices gracias a nuestro esfuerzo. Yo, al menos, era feliz cuando os agradecía vuestro trabajo regalándoos mis canciones, pero vosotras, ¿qué hacéis ahora?
-Es verdad –respondió una hormiga que recordó los tiempos pasados en que vivían como hermanas, sin envidias ni rencores-. ¿Acaso somos más felices ahora que trabajamos menos?
-No –respondió otra-. Ya nos hemos olvidado de las hermosas canciones que cantaban los árboles. Eran tan bonitas… Pero ahora, vivimos hundidas en la envidia y la tristeza.
-Entonces… Queréis que os alegremos cantando nuestras canciones  –dijo una hoja que bajaba desde lo más alto de un árbol.
-¡Sí! –gritaron las hormigas a coro.
-Sólo desearíamos que la calma también nos visitase de vez en cuando –respondió una humilde margarita que se mostraba mustia y reseca.
Y los árboles, que también añoraban a sus amigos los pájaros, comenzaron a soñar con cientos de nidos llenos de vida y amor. La Luna que iniciaba su nocturno paseo por el cielo, oyó la conversación. Recordó cómo aquel bosque había sido el más alegre de la tierra antes de que un viejo cascarrabias, expulsase al viento. Era ya noche cerrada. La Luna, en su paseo, vio a un grupo de estrellas que entonaban una linda canción. Le pareció tan hermosa que a la mañana siguiente, cuando se cruzó con el Sol en el horizonte, le preguntó si él también la conocía.
-Como son tus hermanas… -le dijo.
- Sí. Claro que la conozco.
-Es que está tan triste el bosque.
-Déjalo de mi cuenta –respondió el Sol.
Y aquella misma mañana, envió tanto calor al bosque que éste pidió al viento que viniese a visitarlo. El viento, olvidando al viejo árbol que un día lo expulsó de allí, volvió a cantar con las hojas de los árboles. Y ambos, unidos a los pájaros, inundaron el bosque con sus preciosas melodías. A partir de entonces,  la alegría reinó de nuevo en aquellas tierras y todos, animales y plantas volvieron a sentir la felicidad de saberse útiles unos a otros.

MANUEL CUBERO URBANO




ÑAÑA Y SU TELARAÑA MÁGICA por EDGARDO BOITEUX


Ñaña era una araña chiquita, con una cola redondita, carita simpática, pelirroja y era muy inquieta. Ñaña tenía la maña de subirse a una caña para ver las peñas de Cosquín donde cantaban folclore. Decía que le gustaba mucho como cantaba el Chaqueño Palavecino, que no es del Chaco, es del chaco salteño. 
Sus amigos le decían que una buena araña no precisaba subirse a una caña para estar bien alto. Toda araña, se sabe, teje telarañas y no se baña. 
Ñaña no quería tejer para que todos vieran sus obras, porque era muy tímida. A ella le gustaba inventar sus telarañas con la imaginación. Todos le reclamaban por telarañas reales y con duras palabras le decían que ella era mosquito, abeja, gusano, todo, menos una araña, sólo por no tejer. Pobre Ñaña, lloraba mucho cuando quedaba solita. 
Un día dijo que había hecho una telaraña tan bonita que nadie iba a creer, pero que la iba a mostrar por la noche, cuando estuviera terminada. Como era una telaraña tan especial y estaba hecha con hilos mágicos, Ñaña la llamó la telaraña mágica. El problema fue que nadie le creyó. Y por más que jurara por su madre, la araña peluda y por su abuela, la araña pollito, todos decían que era mentira. Para probarla le pidieron una demostración, que tejiera ante toda la población de arañas y de araños, por lo menos un hilo desde lo alto de su caña. Ella se disculpó diciendo que le dolía una uña. Entonces la amenazaron mostrando sus puños y ella para terminar tanta saña, comenzó despacito a tejer un hilito. Mientras tejía aquel hilo, Ñaña temblaba y temblaba. Soltaba un poquito de hilo y paraba, soltaba otro poquito y paraba. 
La mamá, que también estaba allí, se preocupó mucho y les pidió a todos que la dejaran tranquila. “Ñaña está muy presionada”, gritó. “¡Que teja, que teja, que teja!” los demás gritaban. Una lagrimita se deslizó hacia el suelo. Ñaña, la araña, tenía miedo de bajar por su propia telaraña. Ella sólo confiaba en la telaraña de sus fantasías. Eso lo sabía su mamá y nadie más. Era la vergüenza más vergonzosa de todas las vergüenzas, que una araña tuviera miedo a las alturas por no confiar en su propia telaraña. 
En eso estaban cuando un araño huraño, que tejía con matemática precisión y muy conocido por su mal humor, pidió con mucha autoridad que terminaran con la ejecución y dijo que si querían ver telarañas mágicas, las vieran con la imaginación. El araño se acercó, trepó velozmente por la caña y llegó hasta Ñaña. Todos tenían miedo de ese araño extraño y no confiaban en él. Para sorpresa del público y de la misma Ñaña, el araño tejió un hilito finito, que ató al hilito de la pequeña araña. Tejió un hilo tan largo que llegó hasta el suelo y por él bajaron los dos, Ñaña con su araño. Nadie dijo nada y se fueron a sus telarañas que tenían en las cabañas cerca del río Cosquín. 
Ñaña fue a recorrer el mundo con su araño. Soñaron que fueron, o fueron realmente, no se sabe, porque a los dos les gustaba inventar telarañas que tejían en un rincón. Al final, a nadie se daña con soñar que se teje una telaraña que une la tierra, el mar, el cielo, el sol. Muchos creen que no se ve, pero Ñaña sabe que de noche brilla, en el cielo oscuro, la gran telaraña con millones de luces pequeñitas. Las demás arañas aceptaron que Ñaña no tejiera reales telarañas, bastaba con que tejiera al menos con la imaginación. 


EDGARDO BOITEUX



SELVA DE LOS ESPEJOS por JULIA DEL PRADO

Mirombomba, la niña gorda como una bola  le pide con sonidos  a lo Tarzán al tucán Camilino  que ponga su pico hacia arriba y cante gozoso, así vendrá la lluvia, al poco rato se hace nubloso el cielo y zas: tormenta.  Camilino se mete  a su nido y Mirombomba vuelve a su choza,  sabe que dentro de una semana  habrá  mas  agua en el río y reirá con ellos, la selva de los espejos.

JULIA DEL PRADO

TEORÍA DE LA RELATIVIDAD (Un litro no siempre es lo mismo)
por MANUEL CUBERO

Yuppo es buen bebedor. Eso no lo pone en duda ninguno de sus amigos. Como buen alemán que, además anda por los cien kilos, es capaz de trasegar un litro de cerveza en el tiempo en que usted y yo nos comemos diez céntimos de jamón de Jabugo.
Por eso, recién llegado de sus tierras germánicas, no pudo evitar su extrañeza cuando al llegar a una taberna jerezana un amigo  lo invitó a una copa de vino. El bueno de Yuppo, al ver aquel mínimo receptáculo en que el camarero vertió el precioso líquido, no pudo reprimir su decepción:
-A mí me lo pone en una de esas -exclamó señalando una jarra que reposaba en lo alto de una estantería semejante a las usadas en su tierra germánica.
Una vez consumido el sabroso y espirituoso líquido, los vapores se apoderaron del alma del germano. Éste, adivinando los eventos que de un momento a otro acaecerían en su organismo, comenzó a comprender eso que llaman Teoría de la Relatividad.

MANUEL CUBERO URBANO




EL HADA DE LOS SUEÑOS por MANUEL CUBERO


En un país muy lejano existía un bosque que, cada mañana, alargaba las raíces de sus árboles hasta un arroyuelo cercano para beber de sus aguas limpias y frescas como el amanecer. Dicen las leyendas que las sombras de aquel bosque, tan limpias como el agua que bebían, eran las más divertidas del país. En cuanto el Sol comenzaba a iluminar la mañana, éstas salían de sus escondites y comenzaban a jugar entre los árboles.
Recorrían los senderos y, escondidas tras las zarzas, acechaban el paso de los niños que, camino de la escuela, atravesaban el bosque cada mañana. Cuando éstos pasaban junto a ellas, las sombras salían en avalancha y los acompañaban bailando al compás de las ramas.Los niños estaban encantados con aquella compañía que les ayudaba a burlar a los rayos del Sol. Se divertían tanto charlando y saltando con ellas… Sobre todo por las tardes, cuando volvían a casa. Ya no tenían tanta prisa, y las sombras, cansadas de una larga jornada transcurrida entre carreras y piruetas jugando con el aire y las ramas de los árboles, se tendían a lo largo del camino persiguiendo a las hojas secas.   Inés, que era una niña muy traviesa, se adelantaba a sus amiguitos y echaba a correr detrás de su sombra. Ésta se encogía y alargaba en una carrera sin fin. Cada tarde, al llegar a un recodo del camino, se escabullía entre los matorrales y no volvía a aparecer hasta que la niña llegaba a su hogar. Allí, apoyada en una pared blanca como su alma, la sombra de Inés esperaba a que la niña llegase a la puerta de su casa.-Hasta mañana, sombrita –se despedía.Y la sombra, respondiendo al saludo de su amiga, levantaba su mano y desaparecía. A la mañana siguiente, como os podéis imaginar, apenas Inés abandonaba su casa, lo primero que hacía era buscar su sombra, que la esperaba apoyada en el castaño situado frente a la puerta. Le lanzaba un beso y, juntas, iniciaban su diario camino hacia la escuela entre continuos saltos y piruetas.Un día, al llegar a la escuela, Inés se sorprendió al ver que una sombra distinta, llena de tristeza, se había posado en la cara de la maestra. Al salir al recreo, Inés no dejó de observar, mientras jugaba, la expresión de pena de la maestra. Por la tarde, cuando llegó al bosque y la sombra iba a esconderse al llegar al recodo de costumbre, Inés la siguió. A pesar de que se ganó más de un arañazo de algunas ramas enfadadas por la intromisión de la niña en sus dominios, pero no cedió en su intento de alcanzar a la sombra. Ésta, sorprendida, se volvió temiendo que la niña se perdiese entre la floresta.-Sombra, sombrita linda, espera –gritaba la niña.La sombra se detuvo al llegar a una enorme pared de musgo. La niña llegó hasta ella:-Hola, amiga. Hoy, al llegar al colegio, he visto que una sombra muy triste se había parado en la cara de mi maestra, la señorita Ana. ¿La conoces?La sombra no pudo evitar ponerse un poquito más oscura que de costumbre. Claro que sabía por qué la sombra triste se había posado en el rostro de la maestra. Pero… ¿qué podía hacer ella?-Yo sólo soy la sombra de una niña. Una sombra sin importancia a la que sólo le hacen caso los niños y algunas sombras del bosque.-Pero tú conoces a todas las sombras… ¿No podrías ayudarle? Es tan buena… -imploró la niña.-Bueno, tratándose de ti, que eres mi mejor amiga…  –respondió.Bien sabía la sombra que se había comprometido a una difícil tarea. Esperaría la llegada de la noche, entonces… Y llegó la noche. Cuando las sombras abandonaron el bosque se encaminó rápidamente  a la casa de los sueños.-Necesito que iluminéis la mirada de la señorita Ana –rogó al hada de los sueños-. La pobre se encuentra tan triste y tan sola desde que vino al pueblo…-¿Y qué quieres que hagamos? –respondió el hada.Casi toda la noche estuvieron hablando los sueños y la sombra. Aquella noche mientras Inés dormía plácidamente, el hada de los sueños sopló suavemente sobre el rostro de la niña. Momentos después, una sonrisa comenzó a flotar en sus labios… Entonces, el hada se deslizó sobre un rayito de luz y abandonó la habitación. Pero qué tonta soy, se dijo Inés en cuanto se despertó, con lo fácil que era...  Aquella mañana, cuando la maestra entró en clase, vio sobre la mesa un sobre, lo abrió, y en su rostro se dibujó la sonrisa más hermosa que jamás habían visto Inés y sus amigos. Al momento, todos los niños de la clase se sintieron contagiados por ella.-Gracias, amiguitos. Gracias por regalarme lo más hermoso que tenéis –dijo la señorita Ana mientras levantaba la cuartilla garabateada por aquellas manos inocentes.En ella sólo había  cinco palabras: “Señorita… ¿Sabe cuánto la queremos?”

MANUEL CUBERO URBANO

BURRITOS SERRANOS por MANUEL CUBERO

Hace muchos, muchos años, en una humilde cabaña perdida en las arboledas que cubren los alrededores de la Peña de Zaframagón, vivía un joven pastor llamado Adrián. El muchacho, ágil como los cervatillos que corretean por aquellos lugares, conocía desde pequeño los rincones más escondidos de la sierra. Tanto es así que, cuando se extraviaba alguna res, el dueño siempre acudía a él:
-Adrián, si encuentras mi ternerillo antes de que se lo zampe algún lobo, te doy dos reales.
Unos dieciocho años habría cumplido Adrián cuando comenzó esta historia. Se encargaba por entonces del pastoreo de un numeroso rebaño cuando comenzaron a correr rumores de que se acercaba al lugar una extraña compañía de soldados. Al decir de Servando, otro pastor que se había tropezado con ellos, hablaban un idioma desconocido para los muchachos. Francés lo llamaban:
-Una jerigonza imposible de entender aunque, eso sí, se hacen comprender a base de gestos y malos modos.
Servando tenía su ganado por los cerros de Algámitas, pueblo cercano a Olvera, lugar al que se dirigían aquellos soldados. Cinco corderos y otras tantas cabras le habían costado al muchacho tan desgraciado encuentro. Y como viese que a este paso peligraba todo su rebaño, una madrugada decidió salir de aquellos montes encaminándose a Zaframagón.
-Aquellas quebradas y barrancos me servirán de refugio mientras esa gente esté por aquí –dijo a su madre antes de iniciar la huida.
Así fue como se encontró con Adrián. Cuando éste conoció la proximidad de aquellos invasores y su afán destructor, decidió ayudar a su nuevo amigo. Buscarían los rincones más recónditos del lugar para esconder sus ganados mientras el extranjero anduviese por los alrededores.
Llevaban varias semanas gozando de la placidez de aquellos lugares cuando, una buena mañana, vieron acercarse a una familia por el camino de Olvera. Venían huyendo de los extranjeros.
-¿Sucede algo? –preguntó Servando a una joven que se acercó a los pastores a pedir algo de leche para su hijo.
 -Han llegado hasta el pueblo los gabachos. Mala gente -respondió.
Preocupado por la noticia, Adrián decidió ir al pueblo. Preparó algo de comida, agarró un corderillo para la familia y emprendió la marcha hacia el hogar. Por el camino se cruzó con gentes del pueblo que huían con sus ganados.
-Arramblan con todo –le contó uno de ellos-. A este paso, dejarán al pueblo sin nada que llevarse a la boca. 
Al oír esto, Adrián voló en busca de los suyos. Tan alocadamente corría hacia el pueblo que, sin percatarse del peligro, fue a caer en manos de un grupo de soldados franceses. De un empujón lo arrojaron al suelo mientras uno de ellos le arrebataba el corderillo y de un tajo acabó con su vida.
-¿Dónde has encontrado esto? –preguntó mostrándole el cordero.
-No entiendo, no entiendo…
-¡Fuera, fuera de aquí! –chapurreó el que parecía mandar el grupo mientras lo levantaba del suelo.
Adrián echó a correr camino de Olvera. Anochecía cuando llegó a casa de sus padres. Su madre, al saber lo acaecido, lo abrazó llorando. Aquella noche pudieron comer algo gracias al tasajo de carne que llevaba escondido en el zurrón. Éste había pasado desapercibido para los franceses, los cuales se conformaron con el cordero y no se molestaron en registrarlo más.
Iban a retirarse a descansar cuando sonaron en la puerta unos fuertes golpes que llenaron de pavor el corazón de aquella humilde familia.
-¡Abran o tiramos la puerta abajo! –gritó un soldado francés.
Como sabían que aquella gente era muy capaz de cumplir su amenaza, el padre del joven abrió la puerta dejando pasar a una pareja de soldados. Sin mediar palabra, éstos tomaron del brazo a Adrián y a su padre y se los llevaron al cuartel donde se encontraban los mandos del ejército invasor.
-¿Es éste el que traía el cordero? –preguntó un capitán al soldado que le arrebató el animal aquella tarde.
-Sí, capitán –respondió.
-¿De dónde lo sacaste? –se volvió ahora hacia Adrián.
-Lo encontré abandonado en el campo, señor –mintió el joven.
-Bien, bien… Vosotros, los enemigos del rey José, coméis como reyes mientras sus soldados llevamos cinco días sin probar la carne…
-Señor, yo…
-Retírate. Pero oye esto, muchacho: tu padre y nueve hombres más quedarán retenidos. Si pasado mañana nuestros cocineros no tienen aquí cinco terneras listas para cocinar, todos ellos serán fusilados.
El joven salió de allí temblando de miedo y odio. Aquellos hombres eran capaces de cumplir su amenaza. Y no les temblaría la mano. Cuando llegó a casa sólo dijo que su padre se había quedado para acompañar a los gabachos a un manantial que desconocían. Pero no quiso perder tiempo e inmediatamente, aquella misma noche, salió de vuelta a Zaframagón. Llegó con las primeras luces de la mañana.
Un vigilante, apostado en lo más alto del peñón, fue quien dio el aviso de su regreso:
-Adrián viene por el camino de Olvera…
Al llegar se dirigió inmediatamente al lugar en que su amigo Servando cuidaba su ganado. Una vez allí, y después de contar lo sucedido en Olvera, decidieron reunir a todos los pastores que andaban ocultos por los alrededores.
-Entre los diez rehenes hay familiares de casi todos nosotros –advirtió Adrián.
-Y esos bandidos son muy capaces de cumplir su amenaza, si lo sabré yo… -añadió Servando.
Toda la mañana estuvieron discutiendo posibles soluciones visto el peligro que corrían sus familiares retenidos por los soldados enemigos…
-Tengo la solución –dijo Adrián mientras una pícara sonrisa asomaba a su rostro.
-¡Habla, Habla! –pidieron a una todos los presentes.
En voz baja, como temiendo ser oído por los buitres que sobrevolaban el peñón, Adrián les explicó su plan. Todos los presentes escucharon en absoluto silencio la propuesta del joven.
-Perfecto –aprobó Servando cuando Adrián concluyó su explicación-. Esa gente formará parte del ejército más poderoso del mundo, pero de ganado, no entiende ni papa…
-Entonces ¿estamos de acuerdo? –preguntó un viejo pastor.
-¡Sí! –aceptaron todos como un solo hombre.
-Bien. Esta tarde, saldré con un grupo a buscar lo que necesitamos y al amanecer irán cuatro de los nuestros, con un carromato a llevarle al gabacho su carne… limpia y preparada para ser cocinada –propuso el viejo con una sonrisa.
El eco multiplicó por mil la carcajada de los pastores. Apenas terminaron de comer, emprendieron las tareas acordadas. Antes de anochecer los hombres ya tenían preparados los animales recién sacrificados para ofrecerlos al enemigo.
Despellejados, sin cabeza ni pezuñas, y una vez extraídas sus entrañas, aquellas carnes brillaban apetitosas a la luz de las hogueras. Colgadas al relente, esperaron el amanecer para emprender su camino hacia el cuartel de los franceses.
Con las primeras luces del día, Adrián, Servando y dos compañeros más, después de recoger y preparar el material que tanto ansiaba el enemigo, partieron hacia Olvera. Marchaban tan alegres y felices a cumplir las órdenes del enemigo que el camino se hizo cortísimo.
-Muy alegres venís… -saludó un sargento francés mientras comenzaban a descargar las carnes.
-Claro… -respondió Adrián con una amplia sonrisa-. Estamos muy contentos al saber que vais a liberar a nuestros familiares…
Y así fue, varios soldados se hicieron cargo de la carne preparada y a punto para ser cocinada. Un sargento ordenó a los pastores que esperasen un momento. Poco después el padre de Adrián y los demás rehenes salían a la calle. Después del abrazo, el padre de nuestro amigo no pudo evitar unas palabras de reconvención a su hijo:
-Esta gente no merece un solo bocado de nuestro ganado. Prefería la muerte…
-No, padre. Espera, luego te cuento –respondió Adrián. 
Al día siguiente, las tropas francesas acuarteladas en Olvera salieron con destino al cerco de la heroica ciudad de Cádiz. Habrían recorrido un par de millas cuando observaron cómo, en una de las lomas cercanas, una gran bandada de buitres se daba un banquete a base de algo que no acababa de distinguirse bien en la distancia.
El capitán francés envió a un sargento. Acompañado por un soldado de origen campesino, se acercó a comprobar el origen de la gran comilona que se daban aquellas rapaces.
Grande fue su sorpresa al comprobar que sólo se trataba de las pieles, las cabezas y las pezuñas de unos burros viejos y sarnosos, a juzgar por la presencia de aquellos despojos…
-¿Dónde estará el resto de estos animales? –preguntó el capitán.
El cocinero se dirigió a él casi en un susurro:
-Mi sargento… La carne de ayer estaba durilla, ¿no?
-Cierto, ¿Por qué lo preguntas?
-No es por revolverle el estómago, pero me parece que la carne de estos burros viejos y enfermos está en nuestras barrigas…
Y desde entonces, para regocijo de los olvereños, cuando un francés quiere decir a otro que parece tonto le dice:
-Pero ¿es que tú has comido burro en Olvera?
Relato basado en un dicho francés: C´est que tu as mangé d´âne a Olvera?

Manuel Cubero


LA CRÍA por MANUEL CUBERO


Su madre le dijo que ellos eran una familia de valientes. Fue la última vez que se agarró a sus tetas para sacarle unas gotas de leche que aún quedaban en ellas. El día siguiente despertó solo en su jaula. "A tu madre se la han llevado a otro lugar", le dijo un vecino.
Ya no la necesitaba para alimentarse, eso era cierto, pero esa manera de hacer las cosas, no estaba nada bien. Con un agresivo gruñido se lo dio a entender al cuidador la mañana siguiente cuando lo despertó barriéndole el lomo con un escobazo antes de mandarlo a un rincón.
La semana transcurrió con la rítmica monotonía del jardín zoológico hasta que, llegado el sábado, el cachorro del cuidador se coló en la jaula junto a su padre. Enseguida se fue por él. Primero fue un lametón en la cara del cachorro, había que saber de sus olores. La respuesta fue un abrazo del visitante. Éste también quiere saber a qué huelo, se dijo el animal. El miedo a hacer daño al chiquillo hizo que el cuidador desistiese de hacer uso de la escoba. Ambos cachorrillos, el humano y el cánido, entre aullidos y charloteos, se revolcaron jugando por toda la jaula mientras que el hombre aprovechaba para terminar su tarea.
Cuando salió de la jaula, el niño apretó muy fuerte la mano de su padre. Levantó la mirada y, en un susurro, preguntó: 
-Papá, es un lobezno, ¿verdad?
-Sí, hijo, una cría de lobo. Menudo charloteo os traíais. Ni que os entendierais hablando.
-Pues claro que nos entendemos, papá.
-No me digas -bromeó el cuidador-. ¿Y qué te ha dicho?
-Me ha preguntado que si yo soy un cachorro como él por qué a mí no me separan de mis papás.
La encallecida mano del cuidador se transformó por un momento en guante de seda al acariciar la cabeza del chiquillo. Un mínimo relámpago de tristeza asomó a su mirada. En la puerta del zoológico un crío de apenas diez años extendía su mano hacia los transeúntes que pasaban por el lugar.

Manuel Cubero


GHOR, EL DUENDE BAILARÍN por RUTH BOVINGDON 

Danzando en cada paso, canturreando melodías antiguas. Se dejaba llevar con el revuelo de las aves. Se convertía en parte del viento, sin mostrar ni un ligero esfuerzo.  Llevaba una cesta con albaricoques para su madre, más algunos fresones para los conejos de aquel bosque.  Daba saltos en el aire, creando un buen equilibrio.


Las vistas del bosque eran hermosísimas, tan verde y florido, lleno de color y sonido. Tan fresco para el alma, tan puro para la vida.

Era un duende de edad joven con pelo castaño bajo un gorro medio sucio. Se llamaba Ghor . Y tenía los ojos azules, tan brillantes como las luces del cielo al caer la noche. Le gustaba pasar por entre las hierbas largas y altas de las sendas ocultas por la arboleda. Y fingir ser un animalillo más de aquel buen paisaje. Le encantaba oler las flores recién caída la lluvia de la mañana, y sentir como aquellas gotas correteaban por su piel como si de un amplio pasillo se tratase.



Solía sentarse junto a un árbol mientras llamaba a los conejitos. Y uno a uno iban apareciendo por entre las hojas de los arbustos asomando tiernamente el hocico, olisqueando y dando dóciles brincos hacia aquel ser. Ya cercanos, Ghor les ofrecía las fresas en la palma de la mano, y éstos valientemente la usaban de recipiente. Después del desayuno, el joven se levantó lentamente, y se despidió volviendo a su paso radiante de movimiento jovial, volvía a balancearse con un ritmo paradójico, tocaba en el aire una especie de laúd, mientras posicionaba una pierna hacia delante, dejando atrás la otra, haciéndole de impulso en unos saltos desenfrenados. Movía las manos con agilidad, con un toque algo peculiar.

Mientras iba llegando a la aldea, el cielo se cubría más de azul, dejaba el morado y el anaranjado para más tarde, quizás. Y el aire se dejaba caer, minuciosamente desnudaba las copas de los árboles y se llevaba cada hoja hacia delante, adornando, con esmero cada espacio. 

Las nubes se agolpaban una contra otra, formando filas indias, y pareciendo contornos de cosas conocidas, para mentes creativas, y sensaciones de vivir.  Berridos de ciervos se escuchaban lejanos,  adormiladas marmotas salían de su madriguera. Cantaba alegremente un duende como cada día, se ponía el cesto en la cabeza y hacía mil maravillas, no caía ningún fruto, mientras batía fuertemente dos cañas que del suelo se encontró desde el principio del viaje. Sonreía confiado. Finalmente frente a la casa de su querida madre, terminó con las rodillas en el suelo tirándose, sobre la arena del sendero.  Cayendo levemente el cestillo en sus brazos.

Abrió la puerta aún danzando, hasta llegar a la despensa. Sus piernas parecían que sufrían espasmos, con dotes entrecortados a veces en simulación de una gallina. Cuando dejó por fin la fruta, sintió un pinchazo detrás suya. Su madre la esperaba frustrada mientras gritaba y éste no lograba oírla, la madre le quitó el gorro, y descubrió lo que llevaba guardando, unos auriculares provenientes de un cachivache con botones.

- ¿De nuevo cogiste el reproductor de los humanos? Te tengo dicho que te va hacer daño.
-Pero mamá si es una delicia para mis oídos. Si te dignaras a escuchar... -La cogió de improvisto, y le colocó uno en el oído. La madre cambió la cara tan malhumorada que tenía y sonrío y empezó a danzar como antes hacía su hijo. 

Así fue como  Ghor y su madre propulsaron la música rock en la comarca, y fue el día a día más alegre y las ganas de sonreír volvieron a cada rincón.

RUTH BOVINGDON

FELI EN BUSCA DE SU FELICIDAD por LINO



¿Desde dónde partes y hasta dónde quieres llegar?

Para que los sueños se cumplan hace falta como mínimo trabajarlos mucho. 
Para que se cumplan los deseos hace falta, como mínimo, formularlos  ¿BIEN?


Hace mucho, muuuucho tiempo (es decir, ayer) había una niña llamada Feli.
Feli era feliz, alegre, espontánea, activa, curiosa, risueña, imaginativa, tenaz, rebosante de vida, energía, emociones... Una niña, vaya. Un ser humano al comienzo del camino.

Estaba Feli con sus amigos jugando, al aire libre, corriendo y saltando, relacionándose y aprendiendo, cuando los adultos padres se acercaron para lanzar una de esas preguntas que lanzan los padres adultos con gran importancia.

"Vemos que estáis jugando a papás y mamás, a médicos, a policías, a piratas, a bailarinas y princesas, a dinosaurios y cobardes, a fantasmas y científicos... Entonces, ¿ya sabéis qué queréis ser de mayores?"

Los amigos de Feli rieron y comenzaron a contestar rápidamente, con esa ansiosa prisa de la niñez.
Había muchas respuestas ya que había muchos niños. "Tendremos profesoras, bomberos, jefes, astronautas, músicos y maestros. “¡Muy bien!" Contestaron los adultos.

Excepto Feli. Alguien le preguntó: "¿es que no lo sabes?" y ella respondió: "Tengo que pensarlo bien. Es mi respuesta para siempre..."

Así que siguieron jugando aquellos que respondieron muy bien y Feli se quedó pensativa.
Nadie había querido ser soñador, luna, gaviota, libro, mar, montaña... "¿Por qué? Será que no se puede... bueno, voy a ver cómo formular mi deseo para cuando sea mayor"

Y escribió en un papel: "Cuando sea mayor quiero ser.....

Tengo imaginación. Puedo transformar con las manos el mundo. Lo haré con dedos ágiles y sensibles.  Que ejecuten mis pensamientos. Que puedan acariciar siendo firmes, que transmitan ternura siendo fuertes, que expresen emociones y sentimientos. Que se comuniquen con las personas.... ¡podré dibujar!

Me siento fuerte. Seré una mujer con control sobre su cuerpo. Lo haré vibrar, sentir. Será armonioso y flexible. Resistente y ligero. Preciso. Mis movimientos transmitirán emociones. Podré sentir la música de una manera muy especial. ¡Posiblemente seré bailarina!



Poseo un tronco sano. Que guarda un mecanismo complejo: el corazón, los pulmones, las tripitas... Tengo que cuidarlo mucho porque me ayuda mucho. Además, así aprenderé cómo cuidar de otros. Me servirá si quiero ser madre. Como voy a saber muchas cosas, podré contarlas a mis pequeños.

Soy curiosa. Mamá lo dice. Por lo visto no hago más que preguntar. Creo que a Papá le cansa un poco... aunque suelen contestarme lo mejor que saben y pueden. Hay momentos en los que no me apetece nada saber nada. Pero otros, cuando estoy tranquila y relajada, puedo preguntar y preguntar hasta quedarme dormida... ¿Los científicos duermen?

Tengo pies fuertes. Me dan equilibrio. Los utilizo para avanzar rápido. Para desplazarme. Me vinculan al suelo. Transmiten la fuerza de la tierra. La suavidad y frescura de la hierba. La dureza del asfalto. El frío de las baldosas. La adaptabilidad del agua. Seguramente podría hacer más con ellos...

Me gusta el deporte. Me gusta correr.  Correr, correr y correr sin parar... veloz como el viento... Con seguridad, con precisión, con fuerza. Y el público se sabrá mi nombre y lo aclamará. Haré levantarse de la butaca a más de uno. Mis compañeros me respetarán. Quizá sea atleta!

Abrazos. Adoro los abrazos. Hacen sentir tantas cosas bonitas... Para darlos se necesita una gran preparación. Una predisposición innata. Algo que transmitir. ¿Se podrá ser abrazadora profesional? Lo preguntaré.

Además de mi cuerpito dispongo de 5 sentidos para conocer y reconocer la realidad de lo que me rodea. Aquello que me hará aprender y ser mejor persona. Conseguiré verlos, sentirlos y saborearlos. He oído que son 6. Aunque me huele a mí que se me escapa algo..."

Feli volvió donde estaba el resto del grupo. Se acercó a los adultos y les dijo:
"Ya tengo mi deseo para cuando sea mayor”. Me ha costado mucho, casi 3 minutos, darme cuenta pero lo tengo claro.
Creo que para dibujar, bailar, pensar, ser mamá, pianista, atleta, abrazadista o maga sólo necesito una cosa: Conocer el motor de mi acción. Creo que lo llamáis MOTIVACIÓN.
  Aquello que hará que persiga mis sueños y mis ilusiones. Que alcance mis metas. En mi vida habrá diferentes etapas y escenarios. Tengo todo lo que necesito para vivirlos: soy capaz de esforzarme.
Sin embargo todavía no sé cómo llegar a mi motivación personal.


 Desde hoy, os pido ayuda para desarrollar mi propio entrenamiento que hará que lo consiga. Con cada día que pase y esas palabras "con-juntas" superación-esfuerzo, tendré más confianza en mí misma, más aplomo, más serenidad, mayores recursos... Fomentando todo lo positivo que soy hoy y mejorando aquello que me haga avanzar más lento. Con trabajo seré capaz de no avergonzarme cuando no soy la primera, aunque tenga claro cuándo soy la última. Disfrutaré mi minuto de gloria de una manera sana y consciente. 
Me ayudará a poner nombre a mis emociones, mis miedos, mis retos. A saber dónde he guardado mi saquito de la energía y no perderlo.

Motivada, seré capaz de escuchar y comprender mi co-razón.

Todo lo demás lo puedo buscar en los libros... o en internet...

Lo tengo claro: de mayor quiero seguir siendo YO, consciente de mi motivación personal  y mis años de experiencia-s".
¡Ah, si se me olvida, me lo recordáis!

LINO                 


LOS DERECHOS DE PEPÓN por MANUEL CUBERO

De hoy no pasa que pida una entrevista con el Director. Yo, violador nato de la legalidad vigente, llevo varios meses totalmente imposibilitado de quebrantar, aunque sea mínimamente la más nimia de las leyes. Y eso, amigo lector, es que no lo aguanto. ¡Vamos, hombre!

Además, que uno tiene sus derechos. Y a mí nadie me va a negar lo que me corresponde por muy temprano que se levante. ¿Soy un asesino? No. ¿Que mi domicilio oficial radica en unas dependencias públicas? Vale. Contra mi voluntad, que conste. Pero díganme ustedes dónde está escrito que, de ese hecho, incuestionable, ineludible e inherente a mi situación social, se deduzca alguna otra obligación.

Muy bien he leído de pe a pa, lo menos cuarenta veces, la disposición legal que autoriza mi alojamiento en las referidas dependencias, y de ella no se infiere que tenga que renunciar a determinados derechos fundamentales en orden a poder disponer de mi cuerpo como se me antoje.

Resumiendo, que mañana me planto en la puerta del despacho del Director y allí me quedo hasta que vengan los antidisturbios o el mismísimo Director atienda mis requerimientos. ¿Qué tiene que ver el hecho de que oficialmente haya establecido mi domicilio en un edificio público con que yo tenga que renunciar a determinados derechos?

¿No viene el otro día uno de los funcionarios dándoselas de listillo?

-Debe usted saber que la Ley 28/2005 de 26 de diciembre es clara al respecto, y, se ponga como se ponga, está obligado a cumplirla. Y yo, a hacerla cumplir. ¿Está clarito?

-Pues no –le respondí.

-¿Cómo que no? ¿Usted no pasa las veinticuatro horas del día en una dependencia de la Administración Pública?

-Sí...

-¿Usted no disfruta de unas atenciones mínimas pagadas por el erario público precisamente por vivir en esas dependencias?

-Sí...

-¿Puede decirme qué excusas tiene, repito, para dejar de cumplir la citada Ley 28/2005 de 26 de diciembre?

-Ninguna.

-Entonces... ¿qué quiere?

-Exactamente lo mismo que usted: abandonar estas dependencias públicas diez minutos cada dos horas para poder ejercer mi derecho a fumar un cigarrillo.

-¿Y no redundará eso en perjuicio de su estado físico? No olvide que sus marcas deportivas podrían verse afectadas por ese vicio del tabaco.

-¿Y qué?

-Veamos: nueve segundos en los cien metros lisos, dos cincuenta metros en salto de altura, cinco metros y medio en salto con pértiga...

-¿Y qué?

-Lo más importante: dice el Director que con esas marcas aprovecha usted medio segundo y no hay quien le eche el guante. ¡Y ya es la cuarta vez que se fuga de la cárcel!


MANUEL CUBERO URBANO



¿ POR QUÉ ME MIRA ASÍ? relato de 
RUTH BOVINGDON
¿Por qué me mira así? ¿Acaso es tan difícil de creer? Lo sé, es algo inusual, estoy hablando con un pájaro, pero es que es verdaderamente extraño y encima es feísimo parece que esté acomplejado. 
Tengo la sensación de no querer estar aquí. Pero es que no lo entiendo. Quieto en la rama, perplejo delante de mí. Parece que nunca hubiese visto un gusano. A lo mejor es porque no me parezco a él. Quizás es que tiene envidia de poder ver las cosas desde el suelo. Un momento, shh… cállate, me parece que se acerca, ladea un rato la cabeza se agacha y…

RUTH BOVINGTON

MARIPOSAS EN EL RÍO por EDGARDO BOITEUX


La historia es de una niña que abría un cajón y encontraba un poema y lloraba de emoción y felicidad, pero como lloraba lágrimas de perlas, luego las juntaba para hacerse un collar y lo colocaba en una cajita con forma de corazón. La cajita suspiraba con ritmos parecidos a los latidos. Al ver su cajita la niña tenía la sensación que le sonreía.
Un día la niña fue a abrir la cajita de recuerdos y vio salir volando una mariposa, pero no encontró sus joyas.
No entendía nada, primero pensó que alguien se las había robado. Después pensó en la mariposa y cómo pudo entrar allí... un lugar secreto, sagrado.
Recién entonces comprendió... la mariposa, la bella mariposa estaba hecha de todos los recuerdos y querían ver la luz, sentir el aire fresco de las tardes de verano.
Corrió detrás de su mariposa, llegó hasta las piedras bañadas por el agua cristalina y fresca del río y el asombro le erizó la piel.
La costa estaba llena de mariposas entre las plantas y las flores. ¿Serían todas ellas los recuerdos felices de tantas personas?
Entonces se dejó caer entre la hierba fresca con el sol justo en la cara que tuvo que entrecerrar los ojos y vio su mariposa posarse en su blusa, la amó y rió y lloró de alegría.
Las alas mágicas se montaron en la brisa de esa tarde para ir junto a las demás y volaron al cielo formando un gran arcoiris que jamás olvidará.
La niña soñó un nuevo poema y el poema nuevo soñó con ella, porque los poemas que nacen de los sueños no duermen en los cajones.

EDGARDO BOITEUX


LOS DRAGONES por ANY CARMONA

Cuando miré aquella criatura, vi en su cara, la siniestra cara de la realidad. Uno a uno había coleccionado todo tipo de dragones, esos que están por todos lados, en los sueños y en las sombras y que no cesan de acechar.
Decidí seguir con mi metódico hobbie, que a esa altura se había convertido en una obsesión. Seguí observando, recortando y guardándolos por todos lados. En mi armario, debajo de mi cama, en cajas que yo misma construía a ese fin. Cuando finalmente estuve satisfecha con mi enorme colección, me miré al espejo y vi que habían pasado muchos años, quizás siglos. Estaba vieja y decrépita y no sólo eso, me encontraba en un laberinto de dragones y no podía salir. Ellos habían persistido y sobrevivido a todo y yo…yo estaba casi sin aliento, al final de mi vida y sin esperanza de poder escapar. ¿Cómo hacer para que ellos desaparecieran y me dejasen salir, respirar y sentir la libertad? Sólo yo tenía en mi poder esa gran llave…
De pronto lo vi claramente. Agucé mi mirada interior y comprendí que las criaturas no eran dragones sino simples duendes que uno a uno irían desapareciendo siempre que yo lo deseara. Cada duende era un personaje, un paradigma, alguien o algo que tenía significación para mí. Mis padres, mis madres, mis maestros, mis jefes, mis sombras, mis soledades y algo que por fin había adquirido un rostro. Algo que me había perseguido minuto a minuto  en ésta y otras vidas y que ahora tenía muy cerca, tanto que hasta  podía sentir su respiración: mi muerte, ese dragón eterno que nos espera al final…¿O será quizás, al comienzo?
Esforzándome en lograrlo, me concentré sobre mí misma, en el centro de mi ser, tratando de bucear dentro de mi, de conocerme un poco más. Y así estuve, en esta meditación, por un tiempo breve o largo, no lo se, hasta que vi que mis pies se levantaban, lentamente y de una manera imperceptible. ¡Estaba levitando! Volé dejando debajo mío la intrincada telaraña de dragones-duendes que me envolvía. Me  elevé muy alto y me fui muy lejos, hasta que ya no pude distinguir nada más. Al fin soy libre, libre para pensar, libre para crear, libre para sentir y dejarme llevar.
No me pregunten si existo o no. No me pregunten qué hora o que año es o si estoy en la Tierra o en otro planeta del Universo. Diré solo que al fin los destruí, a ellos, mis duendes, mis dragones.

ANY CARMONA




TÚ, MI GATO por ÉRIKA PALOMO



Delicado tigre anaranjado, afiladas garras de acero y terciopelo, te llamaron infiel, pero tú —sin ánimo de ofenderte—, cual perro doméstico, aunque de tu áspera lengua no hagas uso como él, posees la independencia y la amabilidad, la vileza y la dulzura.
Rozando el cariño de tu suave lomo, tú, mi gato, tendido sobre mi regazo; tu fina cabeza posas sobre tus patitas, rezando al cielo con tu ronroneo.
Tu pupila de Luna ilumina el firmamento, absorbiendo toda luz blanquecina y transparente, para someter tus maullidos a la pícara mirada de tus ojos dorados.
Con la cabeza siempre erguida, tú, mi gato, simple y a la vez complejo, a la par que inalcanzable, soberbio, elegante, respetuoso, orgulloso, sereno, inquieto y misterioso.
Como portador del secreto de la vida, pareces reconocer en cada momento la necesidad del alma humana; la comprendes, la compartes, y te haces o no partícipe de ella, recogiendo con tu maullido las lágrimas de tu corazón amigo.
Y cuando te llamo en soledad, lo escucho a lo lejos; bajo tu pisar silencioso, queda el eco de un susurro, un cascabel: eres tú, mi gato.
ÉRIKA PALOMO




UNA PATATA cuento de SANDRA GONZÁLEZ SILVA


Nunca había pensado que una patata podría tener significado en su vida más allá que en un plato lleno de kétchup. Pero así fue, la historia de la patata. Y es que, aunque suene realmente absurdo, esa patata fue quien le cambio la vida.
Esa misma mañana, Africa había ido con su madre al mercado. Siempre le había gustado ir allí y envolverse con todos los olores de los puestos, con los gritos de los tenderos anunciando lo frescos que son los tomates de los Martes, con su gente, vengan de donde vengan, y hagan lo que hagan. Porque en el mercado, los días de verano por la mañana, hay cientos de historias, algunas cruzadas, y otras más lejanas. Hay historias humanas, de las que nos hacen débiles y fuertes a la vez. Que el pescadero no siempre había sido pescadero, sino que una vez llego a ser capitán de barco, que esa señora mayor que busca un céntimo en el último rincón de su monedero aún recuerda su primer amor y que, el de las verduras, como todos, aún tiene sueños a medias de cumplir.
Allí estaba ella, observando el bullicio, el viene y va de la vida. Las impaciencia y el no tener nada que esperar. Pero Africa, si que tenía algo por lo que esperar, y por si lo habíais pensado, no, no era una patata. Esperaba tener cosquillas, tener cosquillas en su corazón y aviones en su barriga. Esperaba sentir eso que leía en libros sobre cosas imposibles antes de irse a dormir. Quería aventuras que no la dejaran dormir por la noche de la emoción, que la alimentaran de alegría y nunca jamás volviera a tener hambre. Pero aquella mañana de verano,  aún tenía hambre, y allí, delante de un puesto de verduras y hortalizas, un hombre con bigote y aspecto amable le vendía a su madre medio kilo de patatas que ella ya se estaba imaginando en la sartén y al punto de sal.
Y como el mercado está lleno de historias, esas patatas no podían ser menos. En concreto una de ellas. Fue así como empezó todo, cuando una vez en casa, Africa  ayudo a su madre a colocar la compra. Colocaba las patatas cuidadosamente sobre una cesta que había en la encimera, fijándose en su aspecto. Y entonces vio la patata, si, era LA patata. La piel de esta estaba escrita delicadamente con una pintura negra, probablemente con la ayuda de un pincel muy fino. ¿Qué que ponía? Bien, en la piel de esa patata estaba escrita la declaración de amor más bonita que había visto Africa en sus 17 años de vida, mejor incluso que la de sus libros de cosas imposibles. Al leerla, se puso a reír, un ataque de risa en toda regla ¡¿Una declaración de amor en una patata?! ¡Que enamorado más loco! Y más... ¿Y más que?, pensó Africa. Si se reía era de alegría, de nervios, de estar presenciando tal cosa, en este mundo ya lleno de e-mails y llamadas telefónicas. En este mundo en el que los primeros besos han perdido su inocencia y donde solo se recuerda el romanticismo gracias a la expectación del día de San Valentín. Solo quería que esa patata fuera suya, y nada más que suya, que ella hubiera sido la inspiración de cada una de esas palabras.Y de pronto, una idea vino a su cabeza, una idea absurda, pensó, pero eso no quiere decir que lo fuera de verdad… ¿Y si esas palabras eran para ella? ¿Qué pasaría si la patata estaba en el lugar adecuado? Entre sus manos. En su corazón.
Así, locamente enamorada de una ilusión de la que no era muy seguro aferrarse, comenzó una búsqueda que duro un mes, todo un proceso de investigación ideado por una revolucionaria, una revolucionaria por amor. Y es que, si sientes eso, si tienes cosquillas en el corazón, ya sea lógico, ilógico o por una patata, tienes que ser de todo, de todo menos trapecista.
Por lo que, paso 31 mañanas de verano en el mercado, conociendo a sus gentes y las vidas que escondían detrás de sus sonrisas, conociendo sueños que se quedaron entre cajas de cartón y camiones de reparto; aprendiéndose de memoria los nombres de todos los encargados de la distribución de patatas y soñando, sobre todo eso.
De este modo descubrió que el hombre con bigote y de aspecto amable del puesto de verduras y hortalizas sí que tenía muchos sueños a medias de cumplir y otros que ni eso, como todos, pero que también, había cumplido uno del todo, el de amar. Amar a una mujer que fue su mejor amiga, su amante, su esposa, su compañera, su apoyo, la madre de sus hijos. Su vida. Y que su vida se había ido hacia dos años y siete meses con su propia vida. Y aunque parezca una historia demasiado triste para un hombre tan amable, no es así, porque tal y como le dijo él mismo a Africa en el día 27 de su investigación, entre patatas con palabras vacías, lo que vale es que una vez estuvo, que fueron revolucionarios juntos, y que se sintieron dichosos muchos días seguidos,  hasta los Domingos. Que lo que vale es que vio su sonrisa tantísimas veces que se la aprendió de memoria y que, desde que la toco, lleva su olor pegado a la piel. Que eso, las cosquillas del corazón, valen tantísimo, que nadie debería perdérselas, por breves que puedan llegar a ser. Y aquí está la explicación de nuestra patata, la que una mañana cualquiera llego a las manos de Africa y la hizo creer en imposibles. La patata que el señor de bigote y aspecto amable puso en su pequeño rincón del mercado después de escribir en ella las palabras que le dedicó una vez a su amor, y que ahora, dedica a personas, que como Africa, quieren tener cosquillas en el corazón.

SANDRA GONZÁLEZ SILVA
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                                      SANDRA GONZÁLEZ SILVA ¡BIENVENIDA!!!



Mi nombre es Sandra, tengo 17 años. Nací en Zamora, España y es donde vivo actualmente. Estoy en segundo de bachillerato por ciencias sociales y me gustaría estudiar pedagogía en el futuro. Empecé a escribir más o menos a los 8 años, escribía cuentos, poemas...solo como entretenimiento. Cuando crecí un poco más aparque bastante esa faceta. Sin embargo, hace un par de años decidí hacerlo de nuevo como medio para desahogarme y poco a poco se ha convertido en parte de mí. En la actualidad tengo un blog y de momento no me he planteado ir más allá, aunque me gustaría.
Muchas gracias por hacerme un sitio, estoy encantada de conoceros.

12 comentarios:

Ana Carmona dijo...

¡Bellísimo tu relato, Sandra! tienes una imaginación que vuela y hasta a las verduras ha llegado...Vamos, que queremos seguir leyendo cada mes tus cuentos...Te felicito...Any

pd: no olvides leer y comentar a los demás autores

Ruth dijo...

Enhorarabuena, por este magnífico cuento. Me encantó la forma de expresarte de una manera que engancha y no sólo por el qué pasará.

Saludos y buen día. Ruth

Verónica Domínguez Bogado dijo...

Esta historia tan entrañable ha despertado la niña romántica que llevo dentro.
Desde el comienzo, he rejuvenecido algunos años y he leído con otra piel y otra mente.
Es curioso cómo lo empiezas, invita a seguir sin pausas y casi con prisas.
Se lee muy bien, sin trabas, es fluído.
Sabes dominar la intriga, y eso es un factor muy importante, por lo que te felicito por tu nivel adquirido.

¡Sigue así!

Ana Carmona dijo...

Querida Erika: la forma en que hablas a tu gato es soberbia. Los amantes de los gatos tienen mucho de ellos ¿lo sabías?...Te felicito...Lo puse en narrativa para jóvenes pero bien podría ser para adultos...Besos...Any

Ana Carmona dijo...

Edgardo: tu relato es tierno, original y lleno de magia. Me encantó. Está la buena redacción unida a lo fantástico que tanto atrae a los niños y jóvenes. Creo que tu llegada a ellos y a los adultos con alma de niños, será inigualable…Besos…Any

Ana Carmona dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Verónica Domínguez Bogado dijo...

Ruth, cada vez que lo leo me río. La gracia que tiene es la forma en que lo has escrito. Me encanta.

Ruth dijo...

Gracias, Vero. Reconozco que aunque haya pasado un año aún me sigue sacando una sonrisita.
Me alegra saber lo que en un momento quería que fuese un entretenimiento de mis neuronas haya finalizado en algo como esto.

Ana Carmona dijo...

Querido Manuel: Impecable redacción, sugestión y sorpresa, es lo que entrega este relato que mantiene en vilo al lector hasta el final. Me encantó...Besos...Any

Ana Carmona dijo...

Querida Lino: buen relato lleno de enseñanzas para los chicos y adolescentes. Me encantó...Besos...Any

Anónimo dijo...

Grande Manolo!...Como decimos en Argentina cuando algo nos parece magnifico...Ete relato me encanto por su redaccion impecable, su suspenso hasta el final y su originalidad al tratarse de un cuento que salio de un dicho frances...Muy bueno, amigo...besos...Any

Ana Carmona dijo...

Edgardo: ¡Qué homenaje a la letra Ñ tan típica del idioma español (que también la porta), me encantó por su originalidad y dulzura, este relato infantil...besos...Any