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NARRATIVA CON MYRIAM

EL NOVIO DEL OTRO MUNDO*    por MANUEL CUBERO                                                     
En una preciosa aldeíta, escondida en el corazón de un frondoso bosque, vivía María, una agraciada joven que, meses después, cuando acabasen las faenas de recolección, iba a contraer matrimonio con Luis, un apuesto mozo del lugar. Honesto y trabajador, el muchacho le había jurado su amor desde hacía tiempo.
Pero no quisieron los hados que aquella historia tuviese el fin que todos esperaban. El orgullo y la ambición se apoderaron del corazón del reino vecino. La guerra fue inevitable. Y  Luis fue llamado a las armas por su señor. Tomó parte en diversas batallas demostrando en ellas su arrojo y valor de tal manera que, muy pronto, fue destinado a las fuerzas de choque. Semanas después hubo de tomar parte en el sitio de una ciudad enemiga. Ésta se defendió con tanto arrojo que sólo se rindió después de un largo y sangriento asedio.
En venganza, el conde que mandaba las fuerzas sitiadoras autorizó el saqueo del lugar. Palacios e iglesias fueron destrozados y robados sin consideración. Tampoco escapó una ermita situada en las afueras de la ciudad. En ella, buscando entre los objetos  de valor, el joven encontró un valioso cáliz. Deseando ocultarlo a los ojos de sus compañeros lo escondió bajo una roca cercana con el fin de recogerlo a la vuelta camino de regreso a la aldea.
Pasó el tiempo, siguió combatiendo en los más diversos lugares hasta que fue herido de muerte en una batalla. Mientras tanto, en la aldea, su novia lo esperó meses y meses. Las noticias de su joven amado nunca llegaron. Así fue cómo, imaginando lo peor, María aceptó las propuestas de otro joven casadero vecino de una aldeíta cercana.
Unas semanas después de la boda comenzó a sufrir unas tristes pesadillas en las que, cada noche, se aparecía su antiguo novio desde el otro mundo. El joven permanecía en silencio absoluto. Sólo su triste mirada se clavaba en el corazón de la joven una y otra noche provocándole un gran pesar.
Ella presa de terror no se atrevía a confesar la familia sus dolorosos encuentros espirituales. Así pasaron días y días hasta que, ahogada por la tristeza, su rostro comenzó a entristecerse. Su madre, adivinando que la joven vivía momentos muy dolorosos, convenció a la muchacha para que fuese al monasterio cercano y confiase sus cuitas a uno de los frailes, famoso por la bondad que rezumaban sus palabras cada semana en el sermón dominical.
Días más tarde, la joven se dirigió al monasterio donde ejercía su labor pastoral aquel bondadoso fraile.
-¿Sabes qué es lo que desea? –preguntó éste después de oír su confesión.
-No, no me atreví a hablar con él…
-Pues no tengas miedo. La próxima vez que se te aparezca salúdalo amistosamente y le dices: “Si vienes de buena parte, di que quieres. Si de mala, húndete en el infierno por los siglos de los siglos”.
La muchacha se volvió al hogar. Aquella misma noche, el joven fallecido volvió a aparecer en sus sueños. Ella, dominando su miedo, le habló así:
- Si vienes de buena parte, di que quieres. Si de mala, húndete en el infierno por los siglos de los siglos.
-Vengo de buena parte. Y estoy a las puertas del cielo. Pero sólo entraré cuando devuelva el cáliz que robé y oculté bajo una gran roca que hay junto a la ermita donde cometí mi pecado. Sólo deseo que lo restituyas tú, la persona a quien más amé en la tierra.
Nada más pronunciar estas palabras, el joven desapareció.
A la mañana siguiente, apenas las primeras luces del alba iluminaron los senderos, la muchacha preparó un hato de ropa y se dirigió en peregrinación hacia la ermita. Una vez allí narró al ermitaño cuanto le había sucedido en sueños. Luego de oírla, ambos fueron hasta el lugar indicado por Luis, buscaron la preciada joya y después de bendecirla, la devolvieron a su antiguo altar.
Aquella misma noche, apenas la joven había conciliado el sueño, sintió cómo el aleteo de una suave mariposa besaba su rostro. Nunca más volvió a aparecerse el joven.
*Este relato está  basado en una leyenda recogida en una cortijada cerca de Olvera, Cádiz

MANUEL CUBERO

BUCEO LITERARIO por DANIEL CAMPODÓNICO

Estábamos todos en silencio, yo, miraba la copa de grapamiel… y me recordaba el frío que hacía afuera; vos, tenías la vista perdida en mis ojos, dulces de licor; y sentados en una mesa tres niños pequeños devoraban muzarellas, haciendo uso de sus manos, enchastrándose el pantalón, limpiándose la boca con sus mangas y chupándose los dedos, mientras sus padres discutían afuera.
En ese momento, entró ella al bar. Traía consigo una cartuchera de lata, con muchos lápices de colores y varios papelitos sueltos; pasó con toda su adolescencia junto a nosotros. Yo levanté la vista, vos te prendiste un cigarro; me llamó la atención esa flor roja que le prendía en el pelo a la altura de la sien y la seguí con la mirada. Vi cuando se sentó en una mesa, aislada, abrió su latita, y comenzaron a surgir palabras. Yo apuré el trago, vos fumabas, y los niños seguían a sus anchas cuando le hice la seña al mozo pa´ que me traiga otra grapa:

—¿Por qué camina usted así?  —le preguntaste.
—Para no pisarlas —respondió el mozo encogiéndose de hombros y recién ahí notamos, que había palabras regadas por todo el suelo, hasta la altura del tobillo.
Observé a los padres, que seguían discutiendo afuera, mientras los niños chapoteaban en un mar de letras. Tú apagaste el cigarro, yo me agaché para tocar el agua, y allí viste por encima de mi hombro como emanaban las palabras, se escurrían por la mesa de la muchacha y ya las teníamos por la cintura cuando me terminé la grapa. Los padres, entraron con las palabras por el pecho, las iban apartando con sus manos y braceando al avanzar llegaron donde los niños; pasó una muzarella flotando; jugaban una guerrilla de agua locos de la vida. Pero a vos te molestó, porque ya no podías fumar. Claro, es que a esa altura los dos flotábamos, si yo, para terminarme la grapa, tuve que bucear. El trago se me había quedado abajo y logré sacarlo a flote mientras que el mozo, arrodillado sobre la más alta estantería, de cara contra el techo se niega a traerme la cuenta, insiste en que no las quiere pisar… y ella cierra su latita, todos caemos, dejamos de flotar, la poetisa se retira, se despalabró el bar.

DANIEL CAMPODÓNICO

PALABRA DE HONOR, novela de Deb Stofen, párrafo

 Me empuja el espejo, este espejo del cual no puedo escapar. Saco parte de mi cuerpo y como si hubiera adherido un hilo fino a mi cordón, vuelvo a él. Giro y giro hasta que me mareo y caigo sobre el piso de madera.
     Las piernas desnudas, los zapatos abotonados, el saco azul de lana sobre el vestido a cuadros que la abuela nos cosió igualito a las tres.
     Todo me da vueltas y vueltas. El sol entra por la ventana, calienta mi cuerpo y me voy quedando dormida. Una mano hacia arriba de la cabeza y la otra palma sobre el ombligo. Es la hora de la siesta, entré y casi sin quererlo comencé a girar como un trompo hasta caer al piso, muerta de risa.
     El sillón yace vacío y los placares están con sus puertas cerradas. Hacia un lado, el gran ventanal y la cortina color verde agua. Hacia el otro, el espejo de tres hojas, y también estoy dentro de él, durmiendo bajo el mueble, bajo los cajones con lágrimas de bronce, bajo las cartas que nunca debían llegar. Feliz, inconciente de ese día y de los demás días. Nadie quiere contarle a Irina que la muerte llega como un invitado inesperado.

DEB STOFEN
de la novela PALABRA DE HONOR

 EL VAGANTE DE GRACIELA ALFONSO


Cuentos de Vértices: “El Vagante”

El diagnóstico había sido insomnio por estrés post traumático, Isaac había sufrido un terrible accidente donde estuvo en estado de coma por varios días.
Cuando regresó a la vida le costó contactar con la realidad, sus sueños en lentos y vertiginosos pasadizos, lo conducían a eternos viajes de los cuales le costaba cada vez más regresar.
Temía dormir y no retornar de sus insólitos viajes, pasaba las noches despierto bebiendo café y deambulando solitario por bares con el objetivo de no llegar a la caverna de Morfeo.
Pernoctando conoció una extraña y hermosa mujer, pronto se hicieron cómplices de sus confesiones y miedos ancestrales.
Belle, le propuso hacer una regresión a vidas pasadas, Isaac desconocedor del tema y perturbado por su falta de descanso accedió.
Enlazados de sus manos entraron en trance, Isaac se entregó nuevamente al temido sueño, en estado de abandono se sintió flotando por desconocidas galaxias, pasado, presente y futuro era una constante en el flujo del devenir.
Se sintió un ser primigenio y poderoso, pero el viaje no tenía retorno, la puerta del tiempo se había cerrado para convertirlo en un eterno vagante desdoblado en una galaxia insondable.



                                              GRACIELA ALFONSO



CUENTOS DE BIESTIARISO: LA GÁRGOLA por GRACIELA ALFONSO

Una tarde a la hora del crepúsculo la Gárgola fue sorprendida por una joven que intentaba fotografiarla, la muda figura observaba la belleza de Jeanette, subyugado utilizó el poder otorgado por su creador, la noche se acercaba, Jeanette, realizó sus últimas tomas y se fue alejando lentamente; fue ahí cuando la criatura diamantina levantó vuelo entre las bóvedas y ojivas, tomó forma humana y alcanzó a la joven, como una hermosa criatura logró despertar emoción en Jeanette, había olvidado su misión de guardián del templo, la medianoche lo sorprendió solo el único beso en forma humana lo transportó por un instante sintiéndose mortal, pero su piel de piedra comenzó a mutar y tuvo que sobrevolar ante la mirada espantada de la joven, quien comprendió la metamorfosis.

GRACIELA ALFONSO



EL SUMIDERO: 1.- FRASQUITO Y LA ESCUELA por MANUEL CUBERO



Si hay algo que le guste a Frasquito más que comer con los dedos es tumbarse a la sombra de una encina a contemplar la vida. Dos horas suele dedicar cada día a tan filosófica tarea. Y como Frasquito es persona de preclara inteligencia popular, atinadamente decidió hacer coincidir la referida actividad con otra no menos gratificante: la siesta.

Póngase usted en su lugar y contémplese levantado desde las siete de la mañana. Imagínese cinco horas seguidas dándole a la azada. Véase con el estómago, sonando a tambor de guerra, vacío como ojo de tuerto. Vislúmbrese, después de dar buena cuenta de una tortilla acompañada de un filete empanado, dos lonchas de panceta y tres manzanas, todo preparado con el cariño que le pone su parienta. Y dígase, llegado este momento, si hay algo mejor que esas dos horas filosofando al pie de una encina que, por si fuera poco, creció bebiendo de sus propias manos adolescentes allá por los años de Matusalén.

Nueve o diez años tendría cuando uno de los escasos días que asistía a la escuela tuvo ocasión de oír la más hermosa lección que aprendió en su vida.

-Las plantas nacen de una semilla… -inició el maestro su magistral disertación.

Aquella misma tarde tuvo ocasión de poner en práctica la enseñanza adquirida de boca de don Juan. Después de merendar, su padre lo mandó a recoger los dos marranos que, atados al pie de un chaparro desde tempranas horas del día, habrían dado ya buena cuenta del manto de bellotas que alfombraba los dominios del árbol. Cavilando que si aquel alimento generaba luego unas carnes tan apetitosas como las de sus dos acompañantes algo bueno debía guardar, se echó al bolsillo un par de docenas de bellotas elegidas de entre las más apetitosas.

A la vuela, al pasar por el pilar de Genazar, después de sacar agua para saciar la sed de los cochinos, y mientras éstos retozaban en un charco, recordó la enseñanza de don Juan, tomó un par de bellotas y las enterró junto a unos peñascos. Desde entonces nunca dejó de regalarles su diario cubo de agua hasta que, pasado el tiempo que la madre naturaleza dedica a sus tareas ocultas, vieron la luz del día dos retoños cuyas verdes y vigorosas hojas mostraban un prometedor futuro.
Años después, coincidiendo con el comienzo de nuestra historia, el prometedor futuro se había transformado en frondosa realidad. Bajo ella encontramos a Frasquito dedicado a su diaria labor meditadora.
Pero no era sólo la función reproductora de las plantas lo único que mi paisano aprendió en la escuela. Desgraciadamente, aquellas sesiones escolares también dejaron algún que otro mal recuerdo. Entre estos, están los referentes a la llamada gramática española, materia escolar constituida en causa y origen de tantos palmetazos como el otro enemigo visceral de cualquier infante que se precie: las matemáticas. 
Primero fue lo de m antes de p y b, cosa que no le costó más de un par de repasos. Luego vino lo de nombres propios, comunes, colectivos…  Eso ya comenzó a ponerse más negro que la boca de un túnel. Con lo del género y sus dichosas terminaciones, creyó encontrar un momento de respiro… hasta que llegaron las excepciones y don Juan, con una cara de guasa digna de la foto del año, le salió con lo de “mano, género de mano, Frasquito”. Esa vez fueron dos palmetazos, uno por mano, que para eso don Juan era muy equitativo...
Pero cuando llegó a lo del diccionario no pasó de la primera prueba. A partir de ahí, lo de asistir a clase fue un continuo martirio chino hasta que cambió la escuela por los marranos y por la azada. Ahí es nada, pasó de recibir golpes a darlos. La culpa de todo la tuvo una palabrita tan sencilla como “sumidero”. Gracias a ella, su ánimo se precipitó por el mismo, el sumidero digo, hasta profundidades insondables. Y conste que en un principio el asunto se presentó con buenas perspectivas.
-A la vuelta de Navidades os quiero aquí a todos con un diccionario nuevo –dijo el maestro.
Frasquito, por aquello de la mala cosecha, se presentó con un diccionario de bolsillo, de bolsillito más bien, tan escaso de páginas como de contenido. Cuanto más pequeño, más fácil de manejar, se dio ánimos al ver cómo Pascualín, el niño de don Pascual, sacaba de su macuto un diccionario enciclopédico de esos que ni el mismísimo don Juan te hacía sostener en la mano, brazos en cruz, cuando hacías una de las tuyas.
La cosa funcionó bien durante un par de semanas, hasta que el maestro consideró que ya era hora de comprobar hasta qué grado dominaban los chicos aquella herramienta de trabajo.
-Probaremos con una palabra. Tenéis que buscarla y copiar su significado en el menor tiempo posible. Preparados, ¿listos? ¡Ya!
Don Juan agarró la tiza y escribió en el encerado la palabra maldita: “sumidero”. Medio minuto tardó Frasquito en encontrarla y otro medio minuto en copiarla. Inmediatamente, levantó la mano y su boca soltó un “¡yaaa!” que resonó por los pasillos del colegio como aquel EUREKA, del que tanto les había hablado el maestro.
-A ver, lee, Frasquito.
Y Frasquito, consciente de su protagonismo, se levantó, miró sonriente a sus avergonzados compañeros, tomó el cuaderno en su mano, y leyó:  
-Sumidero. Sima por la que penetra un riachuelo.
Un silencio sepulcral respondió a las palabras de Frasquito augurando el drama que se cernía sobre el infeliz. Dos sardónicas sonrisas -la de don Juan y la de Pascualín- cayeron sobre su rostro con el peso de mil toneladas de cemento y empequeñecieron su figura hasta confundirla con un minúsculo grano de arena.
-¿Nada más? –inquirió el maestro  interrumpiendo su mueca.
-¡Yo, yo! –gritó triunfante Pascualín atrayendo sobre sí la atención de toda la clase.
La mirada de don Juan se tornó amplia y dulce como los regalos que, en vísperas de Navidad, visitaron su hogar acompañados de una amabilísima tarjeta de don Pascual. Animado por ella y sin esperar más requisitorias, Pascualín se levantó cuaderno en mano, se regodeó en los cuarenta pares de ojos clavados en su rostro, y con voz firme y clara, declamó a modo de heroico cantar de gesta:
-Sumidero. Sima por la que penetra un riachuelo –hizo una pequeña pausa, como el actor que espera el unánime aplauso del público asistente, y continuó-. Actividad o mecanismo que absorbe un gas de efecto invernadero. Aerosol o precursor de un gas de efecto invernadero. Receptáculo donde se reúnen las aguas de una cubierta para ser conducidas a un bajante de aguas pluviales.
Aquel combate léxico culminó, al salir a recreo, en un duro encuentro deportivo entre los dos equipos del colegio. Como en tales batallas suele triunfar la fuerza natural, el Alpargatas C.F. logró una victoria histórica y aplastante sobre el Zapatos C.D., victoria que, por culpa de las múltiples lesiones sufridas por los jugadores del equipo derrotado, fue sancionada  con media docena de palmetazos, todos ellos aplicados directamente sobre las posaderas de Frasquito, que para eso era el capitán del Alpargatas C.F.
Frasquito recordó una vieja enseñanza de su abuelo, “al miserable y al pobre, todo les cuesta doble”. Pero como también recordó que “quien la sigue la consigue”, se limitó a esbozar una sonrisa cuando salía de la escuela. Aquella mañana decidió no volver a pisarla.

MANUEL CUBERO

TUYO ES EL PLAN, TUYO ES EL PASAJE por MYRIAM JARA

Esperas de mí, que lo haga por ti. Mas… ¿Cómo podría? ¿Acaso soy parte de tu humanidad? No, no lo soy. Es cierto que ambos transitamos el mismo sendero en busca de idéntico rumbo, pero tú con tus piernas, yo, con las mías. Y aunque las espinas que punzan las resecas carnes, sean las mismas, cada cual sobrelleva el dolor como puede, y no siempre se puede de igual modo.
Verás, tu y yo somos partículas de un mismo átomo, ese al que algún día retornaremos, pero mientras esta dimensión sea nuestro espacio vital, sólo puedo escoltarte, apuntalarte, ser firme cuando lo precises, ser apacible cuando el tormento te hace presa del miedo, pero no me pidas que te muestre los límites, pues cada cual sabe hasta dónde pretende llegar.
¿Lo sabes, pensaste en ello? Me parece que no, estás muy enfrascado mirando la meta conquistada por otros pero ¡Amigo, tú meta te aguarda! Entonces focalízate en ella, no mires la mía, no mires la de nadie, y si has de hacerlo, hazlo sin perder la demencia que es imperiosa, hazlo pero sólo para ver que otros lo lograron, y si ellos lo consiguieron ¿Por qué no tú?
Sí, sí, siempre redundas  en lo problemático, siempre desmenuzando esas deliberaciones que no hacen otra cosa que volverte obtuso, infinitamente díscolo. Quimeras, ilusorias expectativas, desencantos y aprensiones.
Quizá no advertiste que en ocasiones, es inevitable replegarse ante el desengaño, que no es lo mismo que subsistir aprensivamente, no… si has de retroceder será para echar una ojeada a la distancia, desde otra perspectiva, y luego,  tomar envión y pegar el gran salto.
Un sinnúmero de inconsistentes humanos se despeñaron en la tentativa. Son los que no creyeron en su fortaleza, mas no es tu caso ¿Recuerdas tus logros? ¿Cuántas caídas le antecedieron? Veo que vamos entendiéndonos. Fueron muchas, y no obstante, continuaste.
¡OH! No retomes la vieja cantinela de que ya eres poco más o menos  que un anciano, me agota tu tonta verborragia. El espíritu de lucha es atemporal, no hay días ni años, hay necesidad, y de ella prorrumpe el valor.
¿Puedes imaginar cuántos dolores he debido atravesar para ser quien hoy soy? No voy a detallarte mi historia, de nada te serviría si no forjas la propia.
Ahora te dejo, mi sueño más grande está a punto de cumplirse…hasta la próxima meta. Ojala te encuentre allá, en la cúspide de la montaña, con los brazos en alto, gritando: ¡SÍ, LO LOGRÉEEEEEEEEEEEEEEEEEEE!

 MYRIAM JARA


EL ROBO DE LA SARTÉN por MANUEL CUBERO


Creo que ya he hablado alguna vez de don Nicolás, uno de los caciques de mi pueblo. Don Nicolás es rico de nativitate. Dicho para entendernos, que antes de nacer ya tenía cuartos para garantizarse una vida libre de jaquecas económicas y demás dolores de bolsillo. Y por si faltaba poco, gracias a su previsión y a su tendencia a apretar el puño hasta clavarse las uñas en la palma de la mano cuando fue menester, su cuenta bancaria había ido aumentando paulatinamente hasta ganarse el respeto y la amistad sin límites del Director del banco, que como en el pueblo no hay más que uno, tampoco es cosa de hacer publicidad del mismo.

Como recordará alguno de ustedes, don Nicolás ya pasó por nuestras páginas dejando profunda huella de su agarrada personalidad. Baste recordar lo que le sucedió el día que, equivocadamente, soltó en la bandeja del sacristán un reluciente y novísimo billete de cinco euros confundiéndolo con uno de quinientas pesetas al que, desgraciadamente, no pudo dar salida a tiempo. ¡Ay, aquellas quinientas pesetitas que, contra su voluntad, habían permanecido ocultas entre los pliegues de su vieja cartera hasta convertirse en una simple estampita fuera de curso legal! Aquello lo puso al borde de un infarto. Peor aún fue cuando, ante todo el beaterío local, intentó darles ostentosa y caritativa salida. Fue un precioso billete de cinco euros quien tomó las de Villadiego por mor de una desdichada confusión.

Pues resulta que nuestro don Nicolás está tan dotado de vergüenza como de esplendidez. O sea, que anda más bien escasillo de ambas cuestiones. Viene esto a cuento de nuestra historia de hoy. Dicen por Villabermeja que, no hace mucho, apareció por el pueblo un pordiosero que, por toda riqueza, ostentaba una gracia natural tan poco acorde con su situación económica que en pocos días acabó por ganarse la simpatía de mis paisanos, cosa que llevó aparejada una considerable reducción de la hambruna que el buen hombre traía por equipaje.

Restituto, que así se llamaba el pordiosero, llegó al pueblo con una mano delante y otra detrás. Aún así, hay que reconocer que su porte y sus maneras eran las de todo un caballero, y dado que estas cosas, porte y maneras, sólo las vislumbraban nuestras paisanas en sus contadas visitas a la capital, es absolutamente comprensible que nuestro desheredado visitante despertase una serie de enamoriscados sueños que, contra lo que podríamos esperar, residían en el corazón de doña Esperanza de los Corrales, ilustre y simpática solterona de la villa. ¿Consecuencias? Las que ustedes quieran imaginarse, salvo las estrictamente consideradas como pecado contra el sexto mandamiento.

Hasta el jamón llegó a presentar sus respetos a la fiambrera de Restituto cuando éste visitaba el hogar de doña Esperanza. ¿Consecuencias? Que Restituto, haciendo honor a su nombre, sufrió –o gozó, para ser exactos- una restauración total de su presencia física gracias a dos hechos fundamentales: la visita diaria a la sala de baños para indigentes del hogar parroquial y la no menos restauradora visita a la cocina del dulce hogar de doña Esperanza.

El caso es que entre jabones y jamones dieron a la presencia física del mendigo tal prestancia, que más se asemejaba a un pulcro chupatintas que al infeliz mendigo que vivía de la caridad. Incluso llegó a correr el bulo de que era un chupatintas venido a menos a causa de un ataque de honradez acaecido en una empresa constructora.


Cierto o no, el caso es que don Nicolás, que era malpensado por naturaleza y envidioso por educación, se subía por las paredes cada vez que tenía noticias de una de las ya reiteradas visitas de Restituto al domicilio de doña Esperanza. Temiéndose lo peor, y deseando ardientemente experimentar en su propia persona la supuesta aventura que Restituto vivía en casa de aquella señora, se dio las trazas para conseguir una entrevista con el pordiosero en su propia mansión. Con la discreción que las circunstancias aconsejaban, lógicamente. Y como Restituto había adquirido, a base de palos, el doctorado cum laude en picardías varias, adobó todo lo que don Nicolás quería saber con su particular condimento para dejar el plato al gusto del prócer, que bien se ahoga quien lo hace en su propia baba.
En trescientos euros valoró don Nicolás la traición del mendigo, que una señorita de buen ver, por muy madura que fuese, siempre tendría su aquel. Y lo cierto era, al decir de más de un cliente del casino, que aquella gallina aún hacía buen caldo.
-Mucho dinero ¿eh? –concluyó su oferta el cacique local-. Y además, una buena siesta en mi finca mientras yo ocupo tu lugar en casa de doña Esperanza…
Restituto hizo sus cuentas, calculó las ventajas e inconvenientes que esta concesión le acarrearía y…
-Por mí, ahora mismo si usted quiere, don Nicolás.
-Todo a su tiempo, amigo. Todo a su tiempo. Cuente, cuente… Que bueno es conocer todos los caprichos de doña Esperanza…
Y los conoció… al menos en la versión de Restituto. Una vez conocidos, sólo quedaba fijar la fecha del histórico cambiazo. Una condición puso Restituto, para dejar las cosas atadas y bien atadas, debía conocer la fecha con dos días de antelación.
Cuando llegó el momento acordaddo, Restituto se dirigió a la finca de don Nicolás. Éste, aprovechando la soledad de las calles, se dirigió a casa de doña Esperanza con el sigilo que la ocasión requería. Llegó a la casa, empujó suavemente la puerta y, de repente, se encontró sumergido en la más absoluta oscuridad. Vaya con los caprichos de esta solterona, se dijo casi en un susurro.
-¿Resti? –se oyó una voz que rasgaba suavemente las tinieblas-. Ya sabes que me gusta oír el rumor de tus movimientos por la casa… Deseo soñar con tu presencia rondando por los últimos rincones del hogar… saberte metido hasta las narices en mi vivir diario… Pero todo, todo, en silencio absoluto ¿verdad?
Y don Nicolás, sin pronunciar palabra, fue siguiendo segundo a segundo, deseo a deseo, paso a paso, todas las órdenes que la cálida voz de doña Esperanza dejaba caer desde la penumbra del salón con la monotonía de lo cuotidiano: con la escasa iluminación de un viejo candil, don Nicolás se movió por todos los rincones de la casa sabiéndose vigilado por la solterona. Todo sea por disfrutar de una fruta madura en plena sazón, se repetía una y otra vez mientras barría la cocina, fregaba los platos, arreglaba cuatro chapuzas pendientes desde hacía un mes, planchaba con movimientos tan instintivos que algún dedo fue a caer bajo la candente superficie de la plancha…
Dos horas de prolegómenos habían colocado ya a don Nicolás a punto de dejar brotar en todo su esplendor aquella fuerza animal que lo consumía. Por fin, cuando la paciencia del cacique estaba ya a punto de agotarse, sonó la voz de doña Esperanza:
-Sé que estás agotado, cariño. Por fin ha llegado la hora de premiar tu esfuerzo. Ven al salón, hay que reponer fuerzas.
Y don Nicolás fue al salón. Junto a una ventana que únicamente dejaba pasar un mínimo rayo de luz, pudo observar una mesita con un suculento plato pleno de manjares. Como un poseso, sorprendiéndose por su propia hambre, se lanzó sobre la comida hasta dejar el plato limpio como una patena.
-Veo que has aprendido lo que significa ganarse el pan con el sudor de tu frente. Bien es cierto, querido Nicolás, que el avaro a pordiosero, por quitarle algo, le quita hasta el sombrero, pero no lo es menos, y esto me lo invento yo, que para coger la sartén por el rabo hay que saber manejarlo. Y tú de eso…
Como quiera el gato escaldado del agua fría huye, don Nicolás se juró silencio absoluto sobre aquella aventura. La noticia de este hecho no se supo en Villa Bermeja hasta meses después de suceder. Y eso, porque vino desde la capital. Por cierto, que desde entonces no se ha vuelto a ver a Restituto por el pueblo, aunque hay quien dice que su físico le recuerda al de un señor que anda por la capital llevando los negocios de doña Esperanza...

Cierto o no, el caso es que don Nicolás, que era malpensado por naturaleza y envidioso por educación, se subía por las paredes cada vez que tenía noticias de una de las ya reiteradas visitas de Restituto al domicilio de doña Esperanza. Temiéndose lo peor, y deseando ardientemente experimentar en su propia persona la supuesta aventura que Restituto vivía en casa de aquella señora, se dio las trazas para conseguir una entrevista con el pordiosero en su propia mansión. Con la discreción que las circunstancias aconsejaban, lógicamente. Y como Restituto había adquirido, a base de palos, el doctorado cum laude en picardías varias, adobó todo lo que don Nicolás quería saber con su particular condimento para dejar el plato al gusto del prócer, que bien se ahoga quien lo hace en su propia baba.

En trescientos euros valoró don Nicolás la traición del mendigo, que una señorita de buen ver, por muy madura que fuese, siempre tendría su aquel. Y lo cierto era, al decir de más de un cliente del casino, que aquella gallina aún hacía buen caldo.

-Mucho dinero ¿eh? –concluyó su oferta el cacique local-. Y además, una buena siesta en mi finca mientras yo ocupo tu lugar en casa de doña Esperanza…

Restituto hizo sus cuentas, calculó las ventajas e inconvenientes que esta concesión le acarrearía y…

-Por mí, ahora mismo si usted quiere, don Nicolás.

-Todo a su tiempo, amigo. Todo a su tiempo. Cuente, cuente… Que bueno es conocer todos los caprichos de doña Esperanza…

Y los conoció… al menos en la versión de Restituto. Una vez conocidos, sólo quedaba fijar la fecha del histórico cambiazo. Una condición puso Restituto, para dejar las cosas atadas y bien atadas, debía conocer la fecha con dos días de antelación.

Cuando llegó el momento acordaddo, Restituto se dirigió a la finca de don Nicolás. Éste, aprovechando la soledad de las calles, se dirigió a casa de doña Esperanza con el sigilo que la ocasión requería. Llegó a la casa, empujó suavemente la puerta y, de repente, se encontró sumergido en la más absoluta oscuridad. Vaya con los caprichos de esta solterona, se dijo casi en un susurro.
-¿Resti? –se oyó una voz que rasgaba suavemente las tinieblas-. Ya sabes que me gusta oír el rumor de tus movimientos por la casa… Deseo soñar con tu presencia rondando por los últimos rincones del hogar… saberte metido hasta las narices en mi vivir diario… Pero todo, todo, en silencio absoluto ¿verdad?
Y don Nicolás, sin pronunciar palabra, fue siguiendo segundo a segundo, deseo a deseo, paso a paso, todas las órdenes que la cálida voz de doña Esperanza dejaba caer desde la penumbra del salón con la monotonía de lo cuotidiano: con la escasa iluminación de un viejo candil, don Nicolás se movió por todos los rincones de la casa sabiéndose vigilado por la solterona. Todo sea por disfrutar de una fruta madura en plena sazón, se repetía una y otra vez mientras barría la cocina, fregaba los platos, arreglaba cuatro chapuzas pendientes desde hacía un mes, planchaba con movimientos tan instintivos que algún dedo fue a caer bajo la candente superficie de la plancha…
Dos horas de prolegómenos habían colocado ya a don Nicolás a punto de dejar brotar en todo su esplendor aquella fuerza animal que lo consumía. Por fin, cuando la paciencia del cacique estaba ya a punto de agotarse, sonó la voz de doña Esperanza:
-Sé que estás agotado, cariño. Por fin ha llegado la hora de premiar tu esfuerzo. Ven al salón, hay que reponer fuerzas.
Y don Nicolás fue al salón. Junto a una ventana que únicamente dejaba pasar un mínimo rayo de luz, pudo observar una mesita con un suculento plato pleno de manjares. Como un poseso, sorprendiéndose por su propia hambre, se lanzó sobre la comida hasta dejar el plato limpio como una patena.
-Veo que has aprendido lo que significa ganarse el pan con el sudor de tu frente. Bien es cierto, querido Nicolás, que el avaro a pordiosero, por quitarle algo, le quita hasta el sombrero, pero no lo es menos, y esto me lo invento yo, que para coger la sartén por el rabo hay que saber manejarlo. Y tú de eso…
Como quiera el gato escaldado del agua fría huye, don Nicolás se juró silencio absoluto sobre aquella aventura. La noticia de este hecho no se supo en Villa Bermeja hasta meses después de suceder. Y eso, porque vino desde la capital. Por cierto, que desde entonces no se ha vuelto a ver a Restituto por el pueblo, aunque hay quien dice que su físico le recuerda al de un señor que anda por la capital llevando los negocios de doña Esperanza…

 © Manuel Cubero

LA SALVACIÓN DE MOISÉS por MANUEL CUBERO
Hay situaciones en la vida que, cubiertas por un velo difuso, se pierden entre sueños y realidades apenas reconocibles como tales. Éste es el caso que traigo a colación. Comenzaré confesando que, a pesar de la lluvia que caía, la visibilidad era buena. En un momento determinado se fueron difuminando las líneas laterales de la carretera. Luego, las centrales. El suelo se transformó un espejo negro y profundo en cuyo seno se introducía mi coche como en el corazón de un infierno gélido y apagado.
Delante, a una distancia prudencial, avanzaba otro coche. Sus luces rojas eran la huella a seguir en aquel abismo que se abría a mi paso.
La duda comenzó a apoderarse de mí. Iba sólo. Unos metros más adelante, y de manera insistente, mi predecesor ejercía sobre mí una extraña atracción hipnótica. Por un momento sentí el deseo de pararme a un lado, descansar unos momentos y reemprender la marcha más relajado. Miré por el espejo retrovisor con la esperanza de ver algo tras la estela de agüilla que iban levantando las ruedas de mi coche. Sólo una leve neblina me acompañaba.
Delante, aquellas luces rojas se habían convertido en mi único contacto con el mundo. Por unos momentos, parecieron iniciar un extraño vuelo. La calzada, espejeaba unos metros más abajo en su inmensa y brillante negrura. Por unas décimas de segundo sentí el deseo de abandonar la persecución, de seguir mi camino, completamente ajeno a aquella insólita invitación. Fueron unos momentos eternos. Pero la atracción fatal de aquellas luminarias era superior a todas las voluntades.
Con la sola ayuda de mi potencia mental di un último impulso a mi coche, transformado en imperial nave espacial. Me sumergí en aquella etérea atmósfera conformada por un extraño gas mitad agua mitad aire. Floté a través de unas densidades que lenta e inapreciablemente iban comprimiendo mi vehículo hasta convertirlo en una minúscula nave en la que se habían concentrado todos los colores del universo mundo...
Mis gritos de socorro se extendían por el éter hasta distancias infinitas. Sentí durante unos breves segundos cómo me hundía en un fatal agujero negro. Fui consciente de que mi salvación era ya metafísicamente imposible. Un calor sofocante penetraba en lo más profundo de mi ser. En ese momento...
-¡Oiga! ¡Oiga!
Adiviné, más que vi, a un Guardia Civil de Tráfico que volcado sobre mí trataba de comprobar si aún seguía con vida. Apenas pude susurrarle un tímido “gracias, señor”, cuando él solícitamente me preguntó si necesitaba algo.
-Ya nada, gracias. ¿Qué me sucedió?
Su respuesta fue rápida y esclarecedora.
-No, nada. Perdone que le haya despertado. Es que estamos aquí desde antes del amanecer. Lleva usted varias horas durmiendo en el coche. Y como  el sol le está dando de plano, se  va a asar de calor...

MANUEL CUBERO



 GRACIAS por MYRIAM JARA

Sí, a vos, joven desconocido de ropas harapientas y mirada triste. A vos, joven de vida dura, plena de carencias. A vos muchachito que desde temprana edad supo que lo “mejor” de la vida no le pertenecía. A vos que aceptaste condescendiente las migajas que la sociedad te daba. A vos que salís día a día a buscar lo que otros tiran para llevar alegría a tu familia. A vos que no tuviste tiempo de jugar a la pelota porque las obligaciones te impelían a saltar la infancia para ser adulto sin pausas, sin tregua, con prisa y sin dudas.
 A vos que elegiste el camino del sacrificio para poder comer, tal vez una vez al día. A vos que nunca pensaste en delinquir porque no fue lo que te enseñaron. A vos que soportás estoicamente la mirada desdeñosa de la gente que pasa por tu lado.
  Sí, a vos, jovencito que no alcanzaste a decirme tu nombre, a vos que me pediste con temor si te podía regalar el árbol de navidad que yo dejaba en la calle porque tenía uno nuevo, cada siete años, siguiendo la tradición, un árbol nuevo, adornos nuevos, luces intermitentes nuevas. Indiferente a tu dolor, como si me preguntaras la hora, te dije que sí, que te lo llevaras. Ni siquiera te miré, mi cabeza no estaba en vos, mi preocupación era que se estaba haciendo tarde y tenía que comprar los regalos para mis hijos, ropa para estrenar, disponer el menú, acondicionar la casa para cuando llegaran los invitados.
“Gracias” dijiste con una inflexión tan extraña, inflexión que denotaba dolor y alegría en un puntual encadenamiento de emociones. No sé qué mano invisible me levantó la cara y me obligó a mirarte. Y te vi… y vi tu mirada… y vi tus ojos inertes… y vi tu rostro emocionado… pero no vi lágrimas, no las tenías, vos no podías llorar, no te lo permitió la vida, llorar es para el que sabe que puede recibir consuelo. También eso le consentiste a la vida, la insuficiencia de ternura y lo aceptaste porque simplemente la vida es como es y la tenés que aceptar porque no está en vos cambiar el mundo, volverlo más humano, hacerse cargo de vos y tu enorme pandilla que conforman “La familia”, un grupo de inocentes que esperan que los resguardes del hambre, de los rigores del frío y del calor porque tu casa es un oxidado y abandonado vagón de un tren que hace tiempo dejó de cumplir su función pero que hoy es tu hogar. El calor abusivo cuando el sol se afirma en la aleación de tus paredes, el insensible y cruel frío cuando el viento se infiltra por las grietas de tu enmohecida residencia y las cobijas no son suficientes para abrigarlos a todos.
 “Gracias” dijiste con esa dulce modulación de sumisión y fue entonces que te miré por primera vez. Repentinamente pasaste de cartonero a ser humano en mi obtuso y egoísta mundo. Y levanté la cabeza y vi tu mirada y en ella comprendí tu historia, imaginé tu vida, sentí tu presencia pegoteándose a la mía. Por un instante, el universo nos unió.
 Nada se destruye, todo se transforma. Dijiste “Gracias” en voz baja y mi mundo se transformó, mis miserias perdieron valor y se agigantó el desprecio a mí misma y a mis pares, a los que nos movemos en la indiferencia del diario andar.
 Son las doce de la noche. El cielo se iluminó de fuegos artificiales. Mi familia y mis amigos se abrazan, se besan, levantan la copa para desearse unos a otros ¡FELIZ NAVIDAD!
 Tomé una copa, brindé con ellos, les dí un beso, seguí puntualmente cada uno de los pasos que tradicionalmente damos cada año a las doce de la noche…luego me aparté.
 Mi mirada buscó la Cruz del Sur, mi constelación favorita, levanté mi copa y te dije:
 “Muchachito, aunque ignoro tu nombre, sé quien sos, sé que estás levantando tu vaso con agua - ¿Algún alma caritativa te habrá regalado una botella de Coca-Cola? Espero que sí- y estás brindando por mí, porque yo te lo pedí. Yo brindo por vos y si bien no espero que tu vida cambie, deseo que el arbolito nunca deje de iluminar tu viejo y oxidado vagón”
 Sé que estás mirando la misma constelación que yo. Te identifica, sos del sur, el continente de los discriminados; tu vida es una cruz que cargás sin cuestionarte nada porque nada hay que cuestionar en tu orbe. Y brindé porque te lo pedí, te pedí que a cambio de llevarte mi vencido arbolito de navidad, brindaras por mí, que sólo me dedicaras un segundo, que yo sentiría que algo muy profundo iba a morir en mí para renacer con una cosmovisión diferente. No entendiste, pero sé que estás brindando por mí, porque así fue, es y será tu vida, un compromiso, una obligación, una palabra que se da y se cumple. Por lo tanto te devuelvo tu “Gracias” porque en esa apacible y dócil entonación y en la mirada curtida del que no conoció más que el rostro de la infelicidad, prorrumpió una nueva mujer y te lo debo a vos.
 Muchachito desconocido, espero que tu existencia sea de aquí en más y por siempre una ¡FELIZ NAVIDAD!

MYRIAM JARA


UNA NAVIDAD EN EL SUR DEL MUNDO por VALENTÍN ROMANO


Esa Noche Buena salí al balcón, cerré los ojos y vi una manada de pegasos surcar el cielo azul rumbo a un rincón del barrio. Dirigí mis pasos al lugar donde los baguales alados se posaban, aleteando entre las nubes de Buenos Aires, la luna nueva y todas las estrellas. Allí, en la tierra, arrancaba el tren de los cartoneros con sus pasajeros de vuelta de la jornada camino a sus pagos. Y en un costado de la estación, entre la vía y el cerco de la plaza, vi a una joven pareja con su carro de cartones. Ella estaba recostada entre los yuyos y él la acariciaba. Un perro perdido se echó a su lado y algún zorzal desde los árboles entonó su canto. La piba había parido a un niño allí mismo. Pronto se fueron acercando a la pareja otros que posiblemente también habían seguido a los pegasos, chicos de la calle, mendigos, algún borracho y otros personajes de la ciudad y de otras partes. Un joven y esmirriado monje vestido con harapos y descalzo, tomó al bebé entre sus brazos y loco de contento y cantando nos lo mostró a todos. No tuve dudas de que se trataba del “Juglar de Dios”. Dos hombres de a caballo llegaron al tranco, desmontaron y se arrodillaron ante el niño y su madre. Los reconocí, uno era el gaucho Martín Fierro y el otro Don Quijote de la Mancha. Luego, llegó el inconfundible vagabundo, Carlitos, que venía del brazo de la bella Marilín, él repartiendo sonrisas y ella besos a todos los presentes. Y vi al viejo peregrino hindú del “Alma Grande” que detuvo sus pasos y dejó su callado. Juntando las palmas de sus manos y haciendo un gesto reverencial con la cabeza, dejó perfumando el aire su maravillosa sonrisa. Fue entonces que observé arribar a los tres sabios de occidente. Se acercaron a la pareja y al niño y le ofrendaron sus obras. Ejemplares de “El Manifiesto Comunista”, “La Teoría de la Relatividad” y “La Interpretación de los Sueños”. Mientras tanto, un pibe morochito y con el cabello enrulado hacía un jueguito increíble con una rotosa pelota de trapo y un fueye sin rezongos, venido de no sé dónde, le daba el jubiloso compás.  Una vecina me convidó un mate y un turista fotografió toda la escena, mientras una chica judía y un muchacho musulmán se daban un beso de película que se multiplicaba por todas partes hasta hacer florecer todo el desierto. Era como si se descontaminara el aire, produciéndose el efecto primavera. Se escuchó la sirena de la ambulancia y yo no me quise quedar apartado, me arrimé más y más y mientras permanecía arrodillado frente al recién nacido noté que se había hecho pis y miré a la chica que me sonrió y… abrí los ojos para salir del balcón y volver al interior de mi casa porque mi familia me avisaba que ya eran las cero horas del 25 de Diciembre y brindaríamos por la Navidad.

VALENTÍN ROMANO


 EVIDÉNCIATE EN LOS MATICES por MYRIAM JARA


En estos extraños círculos donde impera la deserción de astros, refugiados tras tupidos celajes, cohabitan los individuos no dérmicos…no son perniciosos,  tampoco beneficiosos, simplemente son y están; aunque te niegues a verlos, ellos están.
Cierto es que no hacen daño, mas yo digo que su imposibilidad de sentir, peculiaridad  primordial que los define, los torna incompetentes en tiempos de misericordia… Es el tiempo del Ángelus anunciando el ocaso del  tránsito sideral que acrecienta el frío de tu cuerpo…no tanto como el de tu alma…aunque frío es frío, extrínseco a tu esencia o resulte de tu interior; y en aquel tiempo, vas escudriñando la mirada de los entes que solapadamente, marchan tú mismo sendero; buscas en ellos esos brazos que te abriguen, pero no pueden, no todos pueden…
Deberás confiar en mí, no tienes opciones sino quieres ser un eterno errante embriagado de escarcha…
Préstame mucha atención pues soy quien atestigua la existencia de dérmicos que exhalan hálitos candentes, precisamente lo que requiere tu cuerpo…no tanto como tu alma.
En el color de las pupilas está el secreto, la identidad oculta.

-¿Por qué la ocultan si son de noble condición?- me preguntas.-

Porque las dosis son exiguas y se debe cuidarlas; no está permitido el derroche, el calor es finito, meramente conservado para quienes no fueron nutridos por la sustancia materna. Ellas, las madres no dérmicas, han exprimido sus senos y arrojado los nutrientes a las aguas del olvido.

- ¿Cómo distinguir el color si la cerrazón es profusa?

El brillo dorado que irradian los dérmicos, te cegará un instante, y en ese mismo segundo, el aurífero rojo circundará tu cuerpo, aislándolo del rocío perenne que muere en los azules del cielo. Duérmete, cierra los ojos, acurrúcate en mi pecho…Soy una de ellos, soy una dérmica.

Autora: Myriam Jara- Autora de sus vivencias
(Protegido en el Registro Nacional de los Derechos de Autor)


EL SECUESTRO por MANUEL CUBERO
“Nunca pude imaginar que algo así pudiese suceder a mi humilde persona. No soy  un famoso que aporte popularidad a la noticia de su secuestro por tal o cual movimiento político, no tengo un capital adecuado para suministrar un rescate apetitoso a nadie, no milito en partido alguno, por consiguiente, ¿qué beneficio puede obtenerse de mi secuestro?
“Y sin embargo, aquí estoy, en una tenebrosa habitación iluminada por la escasa luz procedente de una ridícula bombilla. Una silla, una mesa y un catre viejo, polvoriento y sucio acompañan mi soledad. En uno de los cajones he encontrado un bolígrafo y unas cuartillas arrugadas. En ellas estoy dejando testimonio de la soledad de mi secuestro.
“Aun reconociendo que hasta ahora no he sido maltratado, ni desposeído del reloj, el leve rumor de una desastrosa música lejana contribuye a crear suma inquietud en mi interior haciendo que los minutos se transformen en un martirio lento, atroz, desesperante...
“Por todos los medios he tratado de hacer ver a mis vigilantes que carezco de interés para ellos. Sus miradas de desprecio y burla son la única respuesta que recibo. Como mucho, un “no es para tanto, joder, ya te enterarás de lo que vale un peine” pone una gota de ácido humor a sus amenazadoras actitudes.
“He intentado dar vida a unos versos de despedida dedicados  a mis seres queridos. Imposible, este bolígrafo soez quedó paralizado como por ensalmo. Vueltas y vueltas, entre mis dedos, cada una de sus estrías, sus manchas y suciedades me han mirado mil veces sin conseguir despertar en mí el más simple verso capaz de trasladar esas inquietudes y miedos que recorren mi espalda como si de una corriente eléctrica se tratase.
“Nunca pude sospechar que en unos escasos segundos pudiese visionar mi vida con tal velocidad: errores, fallos, desprecios… Lo peor de mí gira y gira en torno a mi cabeza amenazando con hacerse eterno en el dolor. No puedo menos que despreciarme a mí mismo, odiarme por esos desdenes que tuve con quienes me rodeaban, por mis respuestas inoportunas, por mis ultrajes, por mis ofensas todas.
“Mis plegarias vuelan como cohetes hacia un cielo de cuya existencia tantas veces me he burlado... Y todo, por este secuestro cuyo alcance no llego a comprender.
“Un ruido en la puerta... Esconderé esta vieja cuartilla, testigo de mis últimos momentos...
-Bueno, bueno, bueno... -dijo uno de los que penetraron de forma violenta.
-Este es el individuo... Ja, ja, ja... –se burló el que parecía ser el jefe.
Tras él, entró un joven con una guitarra eléctrica, el amplificador correspondiente y  una amplia sonrisa en su rostro, muestra de su inmensa felicidad.
-Bueno, hijo –habló el jefe- ¿no querías dar un concierto? Pues que te aguante este infeliz. Espero que lamente durante el resto de sus días haber sido tu profesor de Música.

MANUEL CUBERO

EL ESTIGMA por MYRIAM JARA
Las calles de Venecia estaban solitarias y le gustó, como le gustó el viento que, impetuoso, arremolinaba su pollera dejando al descubierto sus bonitas piernasúbonito que había tenido. La fealdad fue su estigma y la causante de su vida solitaria. Ni siquiera su simpatía, exageradamente pretendida, le había proporcionado la felicidad de sentirse la dueña de un corazón. Tuvo muchos amigos, hombres casi todos, pero ninguna se fijó en ella como mujer. No los podía culpar; la culpa era de la maldita sociedad de consumo que promovía la belleza como el estandarte del éxito. No era socióloga que pudiera hablar desde la investigación, a duras penas había conseguido un cargo de jefa de sección en una pequeña empresa. Cada entrevista, esperaba ansiosa, sentada con la cabeza gacha, apretando el currículum que años de estudios, congresos y simposios, guardado con prolijidad en una voluminosa carpeta, atestiguaba su capacidad. El resultado era siempre el mismo. Cuando a su lado se ubicaba una que otra jovencita vestida provocativamente, con el cabello largo y rubio, dueña de un rostro que tocaba la perfección y un cuerpo esculpido por manos hábiles tras largas horas de quirófano, Marisa sabía que había perdido la partida. A nadie le importaba su experiencia laboral, ni su doctorado en Recursos Humanos, sólo ponían atención en su aspecto. Era así, debía aceptarlo, de todos modos no tenía opción. No había cirujano que pudiera mejorarla. Era fea y se sabía fea. Había heredado la osamenta masculina de su padre y la nariz deforme de su madre; los labios pulposos no la ayudaron mucho, un poco de pintura no hacía más que resaltar esa boca desagradablemente carnosa. La abuela, viejita generosa, le legó los ojos de un turquesa asombroso pero la hipermetropía la obligaba a ocultarlos detrás de gruesos lentes con marcos igualmente gruesos, acordes al tamaño de su rostro, de sus facciones todas. También la cabellera era herencia de su madre, cabello mixto y rebelde que únicamente pudo manejar cuando el peluquero le sugirió que lo cortara, una melenita insulsa que se abultaba en la nuca, entonces lo recogía a los costados con unas hebillas o con una bincha hacia atrás, brindando un aspecto prolijo aunque pasado de moda. No podía usar pantalones como le hubiera gustado, esos trajecitos ejecutivos que tan bien le hubieran sentado dada su estatura, pero la cola plana, chata como sus pechos, no se lo permitían. Se había resignado a la condena perpetua de la falda que tenía la contra de ocultar sus bellas piernas que algún antepasado ignoto le había conferido. Si hubiera tenido una cara pequeñita, unos rasgos más finos, un cuerpo menudo, podría haber usado minifaldas, era joven para hacerlo, pero se vería ridícula con su metro setenta y ocho y esa cara de equino, como solían llamarla sus compañeros.
   Tenía suficiente inteligencia para hacerse cargo de sus defectos, bastaba con mirarse al espejo cada mañana, no esperando el milagro de una transformación divina, sino en la ardua tarea de volverse presentable. Cuando volvía del trabajo preparaba algún bocado, se quitaba los zapatos y con la bandeja sobre las piernas se reclinaba en el sillón para mirar la televisión. Películas de época con las que no pudiera identificarse, que no la hicieran sentir tan fuera de contexto. Le hubiera gustado vivir en esa época donde los vestidos ostentosos eran los protagonistas ensombreciendo la figura, pero le tocó ésta, la era de la belleza, de la pollera corta, de los pantalones apretados perfilando glúteos redondeados, blusas escotadas por donde asomaban bustos prominentes, cabelleras al viento enmarcando rostros angelicales con dientes como esculpidos en porcelana, o tal vez, esculpidos en porcelana pero con un aspecto tan natural que nadie se atrevería a apostar por lo contrario. A ella, en cambio, ni siquiera le habían hecho ortodoncia, un gasto que no valía la pena, decía su papá, el dueño de la osamenta gruesa.
   Nada de lo que intentara podía convertirla en lo que no era, entonces apelaba a sus buenos modales, modales femeninos en un cuerpo cuasi masculino. Aprendió a reírse de sí misma y eso la volvió encantadora para las horas de trabajo, pero nunca era invitada al cine, nunca una cita, nunca un beso apasionado. Tuvo sexo, sí; no faltaba quien quisiera llevar a la cama a cara de equino. Aceptó ilusionada las primeras citas, podía ser tan fogosa como cualquiera, más aún; ella no precisaba ocuparse de verse bien a la hora de hacer el amor, sería inútil, entonces se entregaba en cuerpo y alma, brindaba placer a destajo, sin pudores, sin restricciones, siempre con la luz apagada. Los audaces que se animaban a arrojarla en la cama se cuidaban de mirarla, disfrutaban de sus manos recorriéndoles con avidez el cuerpo, de su boca amplia que, al momento del sexo oral, resultaba insuperable, pero no se preocupaban del placer de ella, la manipulaban como a una muñeca inflable, y cuando lograban el éxtasis, se vestían y se iban dejándole un beso en la frente y el vacío que se produce cuando no hay abrazos, cuando se despierta sola en la cama, cuando no se espera que le preparen un café. Gozaban y se iban. Pero se había acostumbrado y pensaba que era mejor eso que la autosatisfacción, al menos podía disfrutar del placer que sentía al oírlos gemir…aún con la luz apagada o porque la luz estaba apagada; mejor así, podía dar rienda suelta a la mujer hambrienta de sexo, apretar nalgas fibrosas, enredarse en las piernas peludas del caballero de turno, lamer el pene con apetito hasta sentir el semen derramado en su cara. Con el transcurrir del tiempo lo comprendió y le sacó provecho. Eran ésos momentos en que el poder lo tenía ella, a ella le pedían más, por ella gemían y se retorcían y se sacudían frenéticamente. Sí, era la mejor hembra, capaz de superar a ésas frígidas carilindas. No le faltaban hombres que la acompañaran hasta su casa para meterla en la cama sin preludios. Se había convertido en una leyenda sexual. Suponía que la información había corrido como reguera de pólvora “Cara de equino es una fiera, una maniática sexual, imperdible…para una noche” Si el placer tocaba el punto más álgido, podía esperar una segunda oportunidad, pero eso no sucedía a menudo, era bocado de una noche, una vez a la semana, con suerte, generalmente cada quince días.
   Llegó a las calles estrechas esperando encontrar a algún desesperado, ansiando ver la cara de la miseria, pero no encontró a nadie, la miseria sólo se reflejaba en la fachada de las casas de dos plantas con sus paredes sucias y descascaradas. Era de madrugada; la gente dormía, algunos en soledad, otros, abrazados a otro cuerpo, estarían los que no dormían cuidando al hijo con fiebre, o que febriles, galopaban sobre sus mujeres, arrancándoles gemidos que ella nunca experimentó, salvo cuando usaba su inseparable vibrador, fiel amante que se ocupaba de proporcionarle placer; así y todo, prefería un hombre a su lado, aunque se ocupara de dirigirla a sus puntos más vulnerables sin preocuparle qué le apetecía a ella. No le importaba, por un par de horas se fusionaba con un cuerpo varonil y si no lograba el orgasmo, cuando se iba, le quedaba el recuerdo del pene agitando su vientre y el recurso de su compañero a pilas.
   Una vida patética que no merecía la pena de sufrirla; podía disfrutar, tenía derecho. Aunque los demás no lo apreciaran de ése modo, Marisa cara de equino, era un ser humano y no debía privarse de aquello que tanto deseaba. Planificó con cuidado su viaje. En primer lugar, retirar todos sus ahorros del banco, una suma considerable. Ganaba bien y gastaba poco. Bueno, había llegado el momento de dilapidar tantas horas de trabajo. Luego visitar agencias de viaje en busca de un hotel cinco estrellas, vuelo en primera clase, limusina en el aeropuerto, ropa nueva, extensiones que le otorgaran la cabellera que tanto había ambicionado, sin importarle si estaba al tono con su rostro. Estaba dispuesta a permitirse todo aquello que había relegado por fea. Solicitó las vacaciones que nunca tomaba ¡Si no tenía a dónde ir ni con quién! Prefería ocupar su mente en el trabajo, llevando una vida mediocre pero metódica, a la espera de la oportunidad que la hiciera sentirse alguien. Bien, ya hablarían de ella, al menos le dedicarían una semana; sería el tema de cuchicheo en las oficinas, en los bares y hasta en los dormitorios. Sí, iban a hablar de ella porque les daría un buen motivo.
   La tarde anterior al viaje, fue a la empresa vestida como una reina, con su nuevo cabello, las uñas perfectas y sin anteojos, aunque no veía nada, pero percibía, claro que percibía las miradas burlonas de las mujeres y las de los hombres, pasmados. Caminó con paso firme, poniendo todo su empeño por mantener la cabeza en alto, la frente erguida, el cuerpo recto. Entró al despacho de su superior y le dijo que tal vez necesitara más de un mes, un viaje tan costoso era para aprovechar. Su jefe quiso protestar pero ella no se lo permitió, de ninguna manera estaba dispuesta a ceder un mínimo de su tiempo por una empresa que nunca la valoró; le debían dos meses de vacaciones y los iba a tomar sin fraccionarlos. Fue su última palabra y sin esperar respuesta, salió pegando un portazo. Sonrió satisfecha al imaginar la cara rubicunda de ese petiso, calvo y barrigón, que se atrevía a mirarla con desdén. Se dirigió a la salida sin volver la vista, presuponiendo las estúpidas miradas de los empleados, clavadas en su espalda, la boca abierta, la lengua colgando, los ojos desorbitados ¿Qué le pasó a cara de equino? Sí, sí, seguro que era la pregunta obligada pero no obtendrían nunca la respuesta.
   El último y doloroso compromiso a cumplir, fue ir al departamento de su amiga Mimi, para dejarle en custodia a Lucrecia, su gatita siamesa, el único ser que se alegraba al verla llegar, que se enroscaba en su cuello a la hora de dormir y compartía, sentada sobre su falda, largas sesiones de televisión y chocolates que se repartían entre las dos.
- Cuidala como si fuera tuya. No la dejes salir al balcón, le gusta andar por la cornisa.
- Quedate tranquila, mujer. Lucrecia y yo nos vamos a llevar muy bien ¿Verdad,
   Lucrecia?- dijo Mimi acariciando el lomo del animalito que ronroneaba mientras caminaba en círculos, rodeando las bonitas piernas de Marisa. Y Marisa salió sin voltear, no por pedantería, sino por no llorar.
   Fueron hermosos los días en Italia; recorrió durante un mes y medio distintas ciudades, cenó en los mejores restaurantes, visitó museos, compró ropa de alta costura, trajes de saco y pantalón y hasta disfrutó de los amantes latinos, los únicos que le proporcionaron celestiales e intensos orgasmos…y con la luz prendida.
   El problema de Marisa no había sido la fealdad sino su sentido de la fealdad. En Italia había nacido una nueva Marisa, cara de equino había muerto. En las calles napolitanas, romanas y florentinas, descubrió su verdadera esencia. Una mujer que se plantaba segura ante los otros, que podía disfrutar de una copa de vino tinto, no en soledad, sino sola por elección. Para entonces era ella las que abandonaba en el lecho al caballero de turno para irse sin siquiera dejarles un beso en la frente.
    El viento volvió a arremolinar su pollera y la luz intensa la deslumbró. Era hora de volver, estaba amaneciendo y no quería perderse el espectáculo. Entró a su suite y miró la gran cama, luego se miró en el espejo del tocador y esbozó una sonrisa. Sus ojos estaban más turquesas que nunca, un brillo especial resaltaba el color de los ojos de la abuela, en su mirada había paz, su rostro se había vuelto bello porque bella era su alma. Luego volvió la vista a la cama de dos plazas y miró con piedad a cara de equino. El veneno ingerido le había dejado una mueca de horror que Marisa creyó entender que ésa la que efectivamente veían las personas en ella, provocando el rechazo que la llevó a tomar una decisión drástica pero simple.
   Se sentó en la butaca blanca mirando la puerta. En cualquier momento entraría la chica de la limpieza y no quería perder detalle de los sucesos que sobrevendrían al grito inicial. Podía imaginar la ambulancia, la cara de horror del conserje, la policía, los pocos turistas agolpados en la puerta, tratando de averiguar qué estaba ocurriendo.
   Marisa no estaría para entonces. Otro destino la esperaba, recorrer las calles de Venecia por toda la eternidad, sin ver y sin ser vista.


MYRIAM JARA

                                                                 
 EL NOVATO por MANUEL CUBERO


Uno, en su inocencia de hombre de pueblo, siempre pensó que si algo distinguía a la democracia de otras formas de gobierno es que nuestros gobernantes vienen del pueblo y, por lo tanto, forman parte sustancial del mismo.

Qué quieren ustedes que les diga. Estaba seguro de ello. Además, en un mitin de la pasada campaña electoral eso es lo que nos dijo uno de los que querían representarme. Bueno, representarme a mí y a todos ustedes, tampoco me las voy a dar de interesante.

Yo, incrédulo y desconfiado, medité las palabras que acababa de oír. Me dio por pensar que, como decía mi abuela, del dicho al hecho hay un gran trecho. Hablando en plata, no acababa de verlo claro. Más de medio siglo de español profeso y confeso y ahora casi me daban ganas de irme con la música a otra parte. Entre la falta de trabajo y lo negro que veía el panorama pensé que, posiblemente, en otro país podría vivir mejor que aquí y que, mire usted por dónde, hasta ahora no me había dado cuenta. ¡Vaya problema!

Pues nada, puestos a hacer bien las cosas, y para que el señor Presidente del Gobierno no creyera que soy un simple tránsfuga de esos que se cambian de país como otros cambian de partido -o de opinión- por un cámbieme usted este sueldo, le escribí una carta. Como ya le hablaba desde la perspectiva del renunciante a la nacionalidad española, me dirigí a él con la confianza del colega que quiere abandonar el barco: que mira que esto no me va demasiado, que quiero irme de este barco, que no me acaba de gustar el rumbo que va tomando...

Lo normal. Pero con su debido respeto, que conste. Pues resulta que, a vuelta de correo, me encuentro una misiva del señor Presidente del Gobierno de la nación. A juzgar por las prisas en contestar, me dio la impresión de que se estaba quedando solo como la una. Me dijo que no me preocupara, que España va bien, que lo de la crisis son cosillas sin importancia. Para terminar me juró que, si Dios quiere, vamos a ir de la manita de los bancos extranjeros, que esos sí que saben, y de los amigos alemanes. Que nos vamos a poner de grana y oro, vaya. Mira qué bien.

A estas, que yo me pongo a pensar y no me salían las cuentas. El caso es que lo llamé por teléfono:

-Mira Presi -le dije-, a mí no me van esos líos de grandezas. Que yo soy de buen conformar y me avío con poca cosa...

Porque, creo que no se lo dije a ustedes, hasta me dio su teléfono para charlar un ratito ¿tan sólo se encontrará el muchacho? Y yo, claro, pues le eché un telefonazo. Más que nada, para darle ánimos, porque lo veía de un tristón...

-Pero hombre... -me respondió-. Mira que estamos formando un grupo de amigos, gente de confianza... Vamos a montar un negocio que nos vamos a forrar.

-Yo es que no le veo claro, la verdad –le respondí-. Piensa que soy muy cortito de miras y me conformo con que me vaya bien en el pueblo, que cuando vuelva de noche, de pasar un diíta en la sierra, las dichosas rayas blancas de la carretera se vean bien, que no me dé el coche muchos yantazos, que mi niño no tenga que esperar dos meses a que le hagan una radiografía de la pierna, que no sabes tú cómo se ponen estos niños con el dichoso fútbol, que pueda tener plaza en el Instituto del barrio... En fin, menudencias de esas...



Y el Presi, dale que dale.

-Que mira Manuel, que la cosa va bien, que eso no es mi culpa que es del de antes, que hay que mirar al futuro…

-Si eso es lo que yo miro. Pero pasito a paso, que mira, que por mí, no te preocupes. ¿Que tienes que privatizar emisoras públicas de televisión, en lugar de hospitales y suprimir asesores y personal de confianza? Pues lo haces, hombre, que mira que por mí no hay problemas. ¿Qué tienes que mantener los impuestos para mejorar las carreteras, los colegios y la sanidad? Pues también, chiquillo. Que ya te lo dije, que soy de buen conformar...

Y él, que sin duda sabe de estas cosas un montón, nada. Que si los parámetros de la economía mundial, que si la libertad de los pueblos, que si la historia...

Ahí, lo reconozco, me puse un poco borricote. Porque si ahora nos vamos a meter en grandezas y dejamos los tejados sin arreglar… Vaya, que casi le cuelgo el teléfono. Pero él, todo hay que decirlo, me cortó muy amablemente, me pidió que le contase mis problemas y mis ideas para mejorar esto de la cosa pública. Nada, que se puso tan amable que seguimos la charla.

-Mira, Presi -terminé-. Tú sabes que las cosas de palacio, deben ir despacio. Y que quien mucho abarca, poco aprieta, que ya lo dice el refrán. Y como más vale un toma que dos te daré y tú sabes muy bien lo malo que es entrar en la casa de un vecino como un elefante en una cacharrería...

Total, que me dijo que sí, que llevo mucha razón y que iba a reunirse con  unos cuantos gobernantes de esos que hay por el extranjero, iban a arreglar todo por las buenas y que se iban a dejar de guerras económicas y discusiones inútiles.

-Todos unidos en amor y compaña –me prometió.

Yo, muy contento, le dije que qué alegría saberlo y que ya lo dijo aquel sabio de los de antes, que más vale un mal acuerdo que una buena guerra...

Recuerdo tan bien todo esto que les cuento porque en ese preciso momento del sueño, me despertó una escuadra de reactores que volaba bajísimo en dirección Este. ¿Irían a Siria?

MANUEL CUBERO


OLVIDO Y EXPIACIÓN por MYRIAM JARA

No me persigas, renuncia a la carrera puesto que he dejado de reconocerte como mi sombra… aun así te sigo amando, tanto que no deseo perjudicarte. Es posible que sientas que te retiro de mi vida y sí, eso hago, pero lo hago por tu bien, te mereces algo más que el infierno hacia donde me dirijo…
Evoca tus sonrisas que fueron regocijo de seres alados, retén las melodías y danza entre halos y limbos, recuerda aquella niña solitaria que  renacía en su aislamiento, sólo evócala porque ya no es real, ella ha sucumbido, ella ya no es la que tú conociste un día…
Deja que transite sola… ¿No ves tus alas abatidas? Es por mi caída, yo te las profané y ahora debo resguardarte de mí encono, de ese corazón que se tornó peñasco, que ya no late, que perdió el ritmo.
Estás a tiempo de recobrar tu horizonte, el mío se evaporó entre llantos y desasosiegos.
Pronto será el fuego de la expiación, en un tiempo no muy remoto, el que descomponga mi osamenta…Ya no habrá más sombras pues no habrá masa que la manifieste.
Apártate antes de que sea tarde… estoy a las puertas del infierno, siento su vehemencia aguijoneando mi piel… Vete, aquí sólo hay padecimiento, aquí somete el desconsuelo, aquí es donde he de concluir mi denigrada existencia.
Busca alguien que te asista, que no te sojuzgue, que te otorgue el albedrío que hasta las sombras han de investir.
Ya deja de sollozar, no he de secar las lágrimas que ruedan por tu mejilla. No soy la indicada, mi alma es incomprensible como la de Satán, él me llama, hacia él voy…
No me sigas o arderá tu áurea corona, esa que una vez te confirmó rey. ¡Recupérala! Recupera tu dignidad, no sigas a este despojo humano que no sabe amar, rescátate tú…Ya es tarde para mi…

MYRIAM JARA


 TAHU por RICARDO COPLAN

El amanecer iba rompiendo el horizonte en un naranja rabioso. Tahu miraba con ojos bien abiertos, la aparición de su padre de  arriba. Sabía que de los próximos momentos dependía el resultado de la caza. Sabía que si  Padre se mostraba dichoso, mostrando radiante toda su majestad, el día sería benigno y el espíritu de los animales permitiría  que él, Tahu, lograra atraparlos. Si así era, comería todo su clan y él mismo, dejando ambos muslos para ofrecer a Padre, en agradecimiento.
Pero algo sucedió, algo que le hizo sentir  miedo. Vio al espíritu de la  tormenta descerrajar una nube negra por el oeste, que envolvió a Padre, mientras el espíritu del viento descargó andanadas de lluvia. Las gotas caían como lágrimas por su rostro; supo que hoy volvería a sentir hambre. Los hermanos animales se  retiraron a sus guaridas.
Siguió caminando hasta un promontorio rocoso buscando algún alero, algo que lo protejiese de la lluvia y el frío.
Sentado sobre una piedra vio  recrudecer el  aguacero  mientras sus tripas se cerraban y retorcían.  Miró hacia arriba y vio a Padre llorar lágrimas de fuego. Una de ellas cayó sobre  unos matorrales, incendiándolos.
Tahu saco un cuchillo de pedernal,  hizo un corte en su muñeca derecha y ofreció la sangre derramada  a Padre,  cantando la siguiente canción:

Aquí te doy mi vida Padre, te la doy, te la doy.
Dame la tuya Padre, dame tu vida.
Yo te la doy, te doy mi vida, te la doy.
¿Que más quieres, que más quieres?

Después, cubrió la herida con hojas que llevaba en su morral y se durmió.
Cuando despertó,  el padre de arriba ya había hecho casi la mitad de su camino diario hiriendo  suavemente con flechas ígneas la  encorvada espalda de Tahu. Este se levantó, y sonrió, pues el buen señor le dio otra oportunidad. Sin embargo, levantó sus ojos y tuvo un mal presentimiento. Su padre no brillaba como siempre, no estaba completo. Dejó de pensar en ello, ya que sus tripas lo apremiaban.
Esa noche regresó a su hogar con varias piezas de caza, que ofreció a su clan y a su Dios, como estaba convenido.
A la noche durmió y tuvo un  sueño: él cocinaba a Padre en una olla y se lo devoraba.
Cuando despertó aún estaba oscuro y la luna presentaba un color rojizo. Recordó el presentimiento del día anterior y tuvo miedo.
Pasaba el tiempo pero su padre no aparecía. Entonces cantó:

¿Dónde estás Padre, a dónde te has ido, adónde?
Padre que no te veo, ¿a dónde te has ido, adónde?
Padre, te necesitamos, ¿a dónde, adónde te has ido?

Miró la luna roja, y siguió  cantando, cantó varios días y varias noches, cantó canciones fúnebres, hasta desgañitarse.
Entonces salió caminando hacia el oeste, adónde su Padre suele irse por las noches.
Juntó sus avituallas y se marchó. Caminó, cruzó  ríos, subió montañas.
Cuando las llagas de sus pies sangraban y cayó rendido, escuchó la voz de su Padre atronando desde el horizonte,
-¡Hijo mío, se termino mi reinado solitario, ahora tú tienes que compartirlo conmigo! Sorprendido, escuchó. Era una voz imponente. Parecía una montaña.
-         ¡Yo seguiré saliendo todas las mañanas, pero te dejaré solo! ¡Te dejaré solo!

Tahu lloró mientras emprendía el regreso. Al llegar a su aldea, entró a su tienda.
Y por primera vez, se dijo: - ¿Quién  soy yo?. Miró a su mujer  y a sus hijos : - ¿Quiénes son ellos? Entonces decidió llamarse Tahoen, el solitario.Y cantó una canción:

Soy el que está solo, soy Tahoen, el solitario.
Ando por los campos, tengo mujer e hijos, soy Tahoen.
Soy Tahoen, el solitario. ¿Quién soy, quién soy?


RICARDO COPLAN


 QUIEN A BUEN ÁRBOL SE ARRIMA por MANUEL CUBERO

Pasado el tiempo, mucho tiempo, he vuelto a mi pueblo. Dos meses hace de eso. No sé si fue la distancia o, por el contrario, algún extraño fenómeno natural. Lo cierto es que hoy me parece mucho más pequeño. La calle Mayor,  antes enorme y anchísima, es hoy una callejuela íntima  y recóndita.
Lógicamente mis primeros pasos y mis primeros recuerdos me encaminaron a los rincones de la infancia. Los nombres de amigos y compañeros, desembarcados del viejo desván de la memoria desempolvaron aventuras rocambolescas hoy reconvertidas en nimias travesuras inocentes...
Mis viejos cómplices de correrías infantiles, el “Botija”, el “Rubio” o Perico “Vinos”, se han transformado en Pedro, Juan, Luis... Señores casados y con algún que otro nieto andando entre sus piernas.
Creo que es precisamente esto último lo que más los aproxima a aquellos momentos de “Prietas las filas”, camisa azul y Día de los Caídos. Épicos momentos que, en el recuerdo, no pasan de ser amables retazos de infantiles travesuras...
Pero, amigos, dejemos la nostalgia y  despertemos a la realidad del momento.
Y la realidad del momento tiene como protagonista al “Encasquetao”. No sé si se lo llegué a decir a ustedes alguna vez, según el maestro se llamaba Rubén, como su padre. Casó con una “comercianta” de El Alamillo y allí sentó sus reales renunciando al puesto que le buscó su padre en los ferrocarriles nacionales.
Pues bien, henos aquí de nuevo en la tertulia después de cuarenta años. Canas donde había piquetes y cicatrices de alguna que otra pedrada. Gafas donde antes una mirada saltaba con agilidad gatuna distinguiendo un gorrión de un verderón a cincuenta metros de distancia. Reuma donde antes las articulaciones se doblaban con más elasticidad que aquellos chicles descoloridos de sabor monotemático. Sí, esos que hicieron las delicias de algún vengativo amigo cuando lo dejó caer sobre el asiento del compañero empollón.

Por lo demás... todo igual. Que de ilusión también se vive. Pero... Siempre el pero que rompe la baraja de naipes falsos. En este caso, El “Encasquetao”. Perdón, ya va siendo hora de llamar a la gente por su nombre, Rubén. Comerciante desde su matrimonio, hijo y nieto de los ferrocarriles españoles. Algo así como el “Camborio” pero en el gremio del ferrocarril.
Pues bien, Rubén había decidido meses atrás hacerse labrador con los ahorros de muchos años vendiendo gato por liebre. O percal por seda, para ser exactos. Dice que está hasta el gorro de paredes cubiertas de piezas de tela, combinaciones de seda y sujetadores. Sobre todo, de estos últimos. Vendidos según la talla que, a ojo de buen cubero, creía la adecuada. Tardó años en adivinar que, más de una vez, el algodón sí que engaña. Sobre todo cuando se usa de forma sibilina y adecuada, repartida en los interiores de un sujetador adecuado para la tarea.
-Tú sabes –me dijo una tarde cuando apareció por el bar buscando a Perico-. El campo está expuesto a tormentas, terremotos y lo que haga falta, pero la finca, las cuarenta fanegas de tierra, siguen ahí y tienen su valor.
Total, que la revolución social comenzaba a hacerse patente ante nuestros ojos. Un comerciante, antes ferroviario, encarrila ahora su rumbo profesional hacia las tardes de casino mientras el sudor de la frente del jornalero enriquece sus arcas.
Poco le faltó a la pretensión de Rubén para convertirse en motivo de un pleno municipal. ¿Qué Rubén, cambia los tejidos y novedades de El Alamillo por el tractor y el abono? Más de un convecino recordó, en voz alta, aquello de que más sabe el loco en su casa que el cuerdo en la ajena. Las clases sociales, las estructuras ancladas en la historia comenzaron a resquebrajarse en Villa Bermeja.
-¿A dónde vamos a llegar? Si ya no hay fincas ni para quienes las tuvimos de toda la vida –sentenció don Pedro, el bodeguero.
Ese era el comentario que corría de boca en boca cuando llegué a Villa Bermeja. Como la piedra del arroyo arrastra en su loca carrera todo el chinarro que encuentra en su camino, así se desplazaba el rumor por las cuatro esquinas de la villa.
-He pensado en una viña, ya sabes –soñó Rubén en una tertulia vespertina-. De ahí a la bodeguita para embotellar la cosecha propia... Y a forrarse, que uno ha sido comerciante y de eso sabe un rato.
Dicho en plata, agricultor y bodeguero. Mientras, los viejos labradores mandando a sus hijos a la universidad para hacer de ellos buenos veterinarios, o peritos agrícolas, o lo que sea, que ya el campo no da para tantas bocas.
Ajeno a todo esto, ahí tenemos al “Encasquetao” buscando sitio para sus hijos en el terreno de la labranza. Y es que sus hijos, todo hay que decirlo, en lo de los estudios no fueron más allá de las cuatro reglas. Y malamente. Cosa que sufren las clientas a la hora de repasar las cuentas de “Tejidos y Novedades Rubén”.
Bien es verdad que cuando se equivocan siempre lo hacen en la misma dirección: la suya. Siguiendo con su sueño,  puesto a buscar una viña Rubén fijó su atención en la que vendía Perico cerca del Cerro de la Oreja. Y Perico, que en el fondo no quería engañar a un amigo de la infancia, comenzó a hacerse el remolón.
-Pero hombre, Rubén, ¿ahora te vas a meter en esto?
-Si es que mi chiquillo no quiere más tienda, leche. Que está loco por el campo...
Total, que entre la parienta, loquita perdida por hablar entre sus amistades de las fincas familiares, y la perra del chiquillo, como dice su padre, la cosa no tenía remedio.
-¿Cómo le voy yo a vender a éste la peor viña del pueblo? -Comentaba Perico una y otra vez entre los amigos de la vieja pandilla.
En el otro bando la familia se empecinaba cada día más. Y en vista de que Perico seguía reacio a venderle su viña, Rubén buscó en Alamillo un marchante de fincas a ver si le localizaba otra por los pueblos del entorno, aunque no fuese la de Perico.
El marchante, que como buen alamilleño, tiene aversión a todo lo que suene a  Villa Bermeja, se las juró para meterle a Rubén una bacalada como Dios manda. Cuatro copas de vino y dos platos de jamón fueron suficientes para comprender que Rubén sabe de viñas tanto como el loco en casa ajena. Y considerando que el negocio es el negocio, decidió sacarle los cuartos al precio que fuese.
-Aquí traigo los papeles para la venta de su viña –fue la frase con que saludó días después a Perico-. Los firmamos y dentro de unos días, a la notaría. Ya le tengo la finca “encasquetá” a un novato...
Una semana después, esta misma mañana para ser exactos, se han encontrado en la notaría el marchante, Perico y, contra lo que éste se esperaba, Rubén. Pero ya no había vuelta atrás. Como decía el guasón de mi abuelo cuando le daba por jugar con los refranes, quien a mal árbol se arrima, viene un perro y lo orina. Y aquí ya se imaginan ustedes quien ha sido el orinado.

©Manuel Cubero

EL DUEÑO DE MIS LÁGRIMAS por MYRIAM JARA
Sigilosa, pretendiendo no ser descubierta, casi a gatas, voy aproximándome al castillo donde habita el dragón que no escupe fuego sino que guarda escabrosidades, secretos, revelaciones, todo eso que me ayudaría a comprender el por qué de mi existencia, más siempre aparece ella, su custodia: La gran SOMBRA negra, viscosa, espesa y maldita. Cumple su misión, la misión que se le ha encomendado: “Proteger los secretos a costa de tu malograda esencia” Es lógico entonces, temerle…Ella no cesará en obstruir la entrada, pues debe preservarse salvaguardando lo que el Castillo cerca, ese dantesco dragón que devora las verdades y vomita falacias haciendo que todo se torne confuso.
Estoy a punto de conseguirlo, lo presiento: en cuestión de minutos estaré frente al monstruo catador de realidades ajenas y sé, sí, estoy convencida de ello, que mi aspecto lo asustará, pues detrás de este rostro angelical hay una fuerza arrolladora que mutilará su cabeza para liberar el pasado que me pertenece, que es mío y en mi poder debe estar.
Cada jornada, puntualmente, desde la firme convicción hasta la desidia más profunda, no desisto de mi propósito, pero ella siempre está alerta, nunca duerme; la SOMBRA, la maldita y endemoniada SOMBRA que engulle vanidades y soberbias, no descansa nunca, posee antenas que pueden detectar el aleteo de un mosquito…Así me siento cuando la veo venir, amenazadoramente, dispuesta a acabar con mi vida, y entonces, tal como un mosquito, la pico y huyo.
Me queda la ilusión de saber que algún día le transfundiré sangre de piedad y ella morirá, irremediablemente, la guardiana de mi historia fenecerá… será el momento mismo en que, al caer como un velo que de un hilo pende, habré adquirido la SABIDURÍA para continuar por este sendero que me ha sido dictaminado, con la frente en alto… vencedora y no vencida.

MYRIAM JARA


BARTOLO por MANUEL CUBERO

¿Recuerdan ustedes aquel personaje llamado Bartolo, el as de los vagos? Pues sepan que en Villa Bermeja tenemos un vecino que nada tiene que envidiarle. Y también se llama Bartolo. Bartolomé, para ser exactos. Aunque doña Gertrudis que es sabia a la hora de bautizar al personal, lo rebautizó como Bartolo en cuanto lo vio dar los primeros pasos. Y con Bartolo se quedó.
Y no se enfada por ello, que conste. El hombre, pues ya es un hombre, compensa su escasísima actividad física con una simpatía que, según esta misma vecina, Dios le regaló a espuertas.
Primo del “Pulga”, la madre naturaleza, que en esto de los porcentajes es sabia, ha logrado  la media perfecta entre los dos parientes. Si el “Pulga”, en su infancia, era un mono, Bartolo se transformaba en un perro perfecto: rascarse el cogote bajo la sombra de un árbol mientras se revolcaba por la hierba, fue, y sigue siendo, un placer inigualable para él. Y si el “Pulga” corría que se las pelaba, Bartolo era capaz, en sus momentos de rabia mal contenida, de lograr la velocidad media de las tortugas bobas que, por el aquel del apodo, deben de ser lentas como la cocina tradicional.
A pesar de su carácter tranquilo y poco dado a excesos de tipo alguno, he de reconocer que, según testigos fidedignos, una vez hasta levantó el tono de voz. Este hecho, dada su rareza y extravagancia, ha pasado a los anales del pueblo como una fecha señalada y casi declarada fiesta de guardar. Menos mal que el párroco intervino a tiempo y convenció a los parroquianos –de la parroquia, no a los de la taberna–, de que dado el carácter de Bartolo, más que milagroso, lo de levantar levemente el tono de voz se puede llegar a considerar que fue un gravísimo pecado de ira.
Por otra parte, Bartolo tiene una tendencia innata y lógica a la línea horizontal. Se dice por el pueblo que el día que fue a trabajar al campo –y que conste que digo “el día”, porque no se han tenido noticias de que haya vuelto a repetir la experiencia– el manigero se sorprendió por el hecho de que había aparecido en el pueblo un jornalero aún más vago que el “Botija” en plena siega. Y eso que empinar el codo para beber un trago de agua suponía para éste un esfuerzo sobrenatural. 
Localizado nuestro protagonista, sólo nos queda decir que su arma preferida siempre fue la retranca, exteriorizada por medio de una voz contenida. Que, como él dice,  tampoco es necesario gritar mucho para tener la razón.
Bajo su aspecto inocente y bonachón, se esconde un hombre listo como el hambre. Poco dado, a gritos ni a salidas extemporáneas, cuando estas puedan dar lugar a momentos tensos, pasó siempre entre la gente del pueblo por algo tontorrón.
–Quitando a los cuatro señoritos del pueblo y a mí, a ver quien come aquí todos los días sin darle un palo al agua… –argumenta Bartolo en defensa propia, ante un buen vaso de vino y respirando los aromas del naranjo que florece cada primavera en el patio de la taberna.
Y es cierto. Ya hemos dicho que una vez, un día, y, por supuesto no toda la jornada laboral, llegó a realizar un intento de conato de inicio de movimiento para comenzar a trabajar en el campo.
Como quiera que en el pueblo siempre habría quien quisiera comprar o vender una bestia, un ternero, una finquita o similar, se decidió a ganarse la vida como tratante de ganado, fincas y enseres agrícolas, profesión perfectamente compatible con el disfrute de una buena mesa a la sombra del naranjo que hay en el patio de la taberna. En ésta, constituida en despacho laboral de nuestro protagonista, compatibiliza desde entonces siesta y trabajo.


Pues bien, cuentan las malas lenguas que don Nicolás, tan rico en fincas y ganados como pobre en entendederas, decidió vender parte de sus cuadras con el fin de renovarlas con sangre nueva y más fuerte.
He de informar, con el fin de que los lectores tengan los suficientes elementos de juicio, que nadie ha osado jamás poner en duda la sabiduría y experiencia de don Nicolás. Y no porque en Villa Bermeja ignoren las carencias intelectuales que lo adornan, sino por miedo a su carácter arisco y jactancioso. Esto, unido a las mil fanegas de tierra de olivar de don Nicolás, hace que sus contertulios y deudos tengan una tendencia innata a la alabanza de la inmensa sabiduría de don Nicolás. Muchos reales deja nuestro sabio vecino en los comercios bermejinos como para que sus convecinos osen poner tal cosa en duda.
Ante este panorama se impone la caridad cristiana de los vecinos. Todos alaban la sagacidad de don Nicolás a la hora de los negocios y, por supuesto, todos se deshacen en elogios ante las sentencias con que da por resuelto cualquier problema que a una persona normalita, como usted o como yo, nos pueda suponer de un quebradero de cabeza.
Sin embargo, él, en su dulce y sabia ignorancia, resuelve con una facilidad pasmosa muchos de los enigmas que generaciones de filósofos aún no habían llegado a esclarecer y, todo hay que decirlo, con visos de que más de una vez, su simplicidad acarreaba mucho de verdad.
En esta tesitura de la historia nos encontramos, pues, con dos personajes embarcados en la difícil tarea de engañar al prójimo con el fin de mantener su estatus social y económico.
–Amigo don Bartolomé, sepa que quiero deshacerme de dos de mis mulas que, como sabes son de primera calidad aunque, eso sí, algo pasadas de edad.
A nuestro amigo Bartolo, eso de sentirse llamado don Bartolomé le llegó al alma. Aunque, al mismo tiempo, se despertó en sus magines ese sexto sentido que le advertía de un peligro próximo e indefinido. Son muchos los tiros que ha tenido que sortear en su larga vida social por culpa del negocio.
–¿Por...? –Respondió Bartolo, poco dado a consumir un exceso de saliva innecesariamente.
–Ya ve usted: hay que renovar la cabaña. Vender esta yunta y renovar, amigo don Bartolomé. Renovar... Negocio doble, ¿no le parece?
“Peligro, peligro”, masculló Bartolo ante tanta amabilidad.
–¿Y cómo andamos de dispuestos? –Continuó, ya en voz alta–. Vayamos directos al grano, don Nicolás: ¿cuánto pide usted? Y lo otro: ¿Cuánto pagamos por la yunta nueva? 
–¿Lo dejamos en doscientos cuarenta mil reales por mula y diez por ciento para usted?
–¿Y cuánto pagamos?
–No más de doscientos cincuenta mil.
–Y otro diez por ciento para mí.
Bartolo, parco en palabras y listo en cuentas para sus adentros, no acabó de ver bien el negocio pretendido por don Nicolás. Eso de llevarse una mula nueva por sólo diez mil reales de diferencia era como pegarle a Dios con una caña... Viendo que poco podía exigirle don Nicolás por semejante negocio, Bartolo, entre pensamientos de picarón y cara de inocente, se limitó a recordar en voz baja aquello de que a la mujer y a la mula, por el pico le entra la hermosura.
–Esas son las cuentas –respondió don Nicolás.
Y olvidando que la avaricia rompe el saco, se dio a pensar que duro trabajo le esperaba al inocentón de Bartolo para ganarse esos cien mil reales escasillos. Mientras haya pobres infelices como este Bartolo, bien nos va el negocio, susurró para sus adentros don Nicolás.
A falta de hombres, buenos, a mi padre le hicieron alcalde, y este don Nicolás, tiene menos de bueno que mi padre de alcalde, se dijo, por su parte, Bartolo. Dispuesto a poner en práctica aquello de que donde las dan las toman, decidió que había llegado el momento de comprobar si era posible que un real se convirtiera en dos.
Pasaron un par de días en los que Bartolo cambió el duro trabajo de empinar el codo, en su despacho profesional y taberneril, por la cama blanda y acogedora de su dulce hogar hasta altísimas horas de la mañana. Del mediodía, diría un malpensado. Este ímprobo  sacrificio que pensaba cobrarse y bien cobrado, no tenía otro objeto que el de simular un esfuerzo sobrehumano para poder satisfacer la avaricia de don Nicolás.
Al tercer día de tan duras tareas, la paciente esposa de Bartolo hubo de usar de  toda la autoridad de que era capaz con el fin de sacar a su laborioso marido de las obligaciones que se había echado encima y ponerlo de patitas en la calle. Bartolo, que lucía en su rostro un rictus de agotamiento gracias a sus muchas horas de ensayo, se echó a la calle camino de su despacho.
Llegó. Se sentó con el ceremonial propio de un rey al tomar posesión de su trono. Acomodó su asiento a la medida de la sombra del naranjo. Pidió su cafelito con leche. Miró al tendido, y saludó a los pocos clientes que en ese momento rendían honor a su copita de aguardiente. Echó mano a un purito. Lo paseó entre sus dedos mientras sospesaba su textura. Mordió su extremo, y escupió ceremoniosamente por la comisura izquierda de su boca el restillo de tabaco que quedó entre los dientes.
–¿Ha venido por aquí don Nicolás? –Preguntó a nadie en concreto.
–Por la cafetería lo vi hace un rato –contestó uno de los vecinos.
Como habrán podido comprobar los señores lectores, en Villa Bermeja los establecimientos de restauración no necesitan de un nombre especial, nada de “Cafetería Venecia”, ni “Restaurante Miami”, ni cosa por el estilo. La cuestión es evidente: por grado ascendente de categoría social, que no de calidad de lo en ellos consumido, tenemos la taberna, el bar, la peña, la cafetería, el casino y el hogar parroquial.
Podríamos decir que la señal de distinción entre un local y otro, viene dada por la asistencia de señoras y señoritas al establecimiento. Sin olvidar, claro está, los componentes de calidad y cantidad de las citadas asistentes.
Evidentemente, a la taberna no asistirá ni una sola representante del sexo femenino. En el bar, será alguna descocada jovencita, de las que estudian bachillerato en un centro público de la cabeza del partido judicial, la que cometa el grave desliz de honrar con su presencia el referido antro. En la peña, lógicamente, es posible ver a la joven esposa del joven socio aunque, eso sí, no se podrán librar de ser objeto de estudio y crítica por parte de la veterana tertulia que tomó posesión, tiempo ha, de los veladores situados junto a las ventanas.
Así, llegaríamos hasta el hogar parroquial en el cual, como comprenderán los amables lectores, campan por sus respetos las más augustas y venerables señoras de la localidad quienes, caritativamente, poseerán cumplida referencia del resto de las componentes del sexo débil que mancillan su honor visitando los antros de perdición. El resto de los locales, claro. Estas venerables señoras hacen exclusión, lógicamente, de las damas que visitan el casino, éstas, aunque algo ligeras de cascos, son casi tan respetables como ellas.
Tras este inciso sobre los establecimientos de restauración de Villa Bermeja, retomamos el hilo de nuestro relato. Dejamos a Bartolo en la puerta de su despacho profesional después de haber degustado su espléndido puro habano, recuerdo del último negocio de compraventa. Aún quema su garganta la última gota de aguardiente que la regó de un solo envite. Carraspea en vano intento de aclarar su garganta, bastante más confusa que sus ideas. Calmosamente, como mandan los cánones, sin prisas y con alguna que otra pausa, encamina sus pasos hacia la cafetería.
Efectivamente, don Nicolás descansa, apoyado en la barra, de la dura tarea de encomendar las labores del día al manigero. Se miran frente a frente. Don Nicolás se yergue levemente y adquiere una actitud señorial y medidamente distante. Bartolo, mantiene su cuerpo recto mientras avanza hacia don Nicolás equilibrando una falsa actitud de respeto hábilmente conjugada con el seguro caminar de quien posee lo que al otro le falta.
–Don Nicolás...
–Don Bartolomé...
Tras el consiguiente apretón de manos Bartolo continúa su breve discurso con el lógico y necesario esfuerzo:
–El negocio va encarrilado.
–Bien, don Bartolomé. Vamos al casino. Es allí donde los hombres de palabra ultiman sus negocios.
Hombro con hombro, hablando del tiempo, la cosecha, el precio del grano y otras hierbas, nuestros amigos dirigen sus pasos hacia el casino. Es el ceremonial protocolario del buen ciudadano y mejor negociante. El tema vendrá al final, como de soslayo, ante un cafelito, y van dos, humeante y regado con su copa de coñac.
–Eh, camarero, un carajillo para el amigo –pide solícito don Nicolás.
–¿Y bien, amigo don Bartolomé? ¿Cómo fue el asunto?
–Bien, don Nicolás. En cuatro o cinco días tiene usted sus mulas nuevas. Eso sí, para cubrir los primeros gastos de papeleo no estarían nada mal que me adelantase parte de la comisión. Ya sabe, hay que mojar algún gaznate para cerrar el negocio.
Bartolo tomó aliento. Era mucha perorata seguida la que acababa de soltar. Todo sea por la necesaria elocuencia en orden a lograr que don Nicolás afloje la faltriquera, pensó tras el ímprobo esfuerzo.
–¿Cuánto?
–Pues verá, don Nicolás, si mañana me suelta usted la badana, sobre la marcha me llevo las bestias. Y en dos días, mulas nuevas.
Dicho y hecho. A la mañana siguiente, noventa y ocho  mil reales en el bolsillo y dos mulas viejas en su cuadra, comienza Bartolo sus tareas diplomáticas. Primero la peluquería de su sobrina:
–Niña. Tu tía que se ha empeñado en teñirse el pelo. Las canas, ya sabes. Dame un par de botes.
–¿Dos botes? Ni que fuese usted a teñir dos mulas...
–Niña... –se limitó a responder Bartolo mirando a diestro y siniestro.
De nuevo desapareció nuestro Bartolo un par de días de la vía pública. Y esta vez, justo es reconocerlo, conoció, en vivo, lo que es el duro castigo divino por el primer pecado.
Pareció como si las dos mulas supiesen eso de que ¿a do ira el buey que no are, sino al matadero? Sea porque como si fuesen inquilinas del dómine Cabra, hacía años que sabían poco de un buen yantar, sea porque esto de verse lavados, pelados y pintados les trajo nuevas fuerzas, el caso es que hasta sus miradas se habían alegrado.
Ganas le dieron al bueno de Bartolo de deshacer el trato y subir el precio de las bestias remozadas. Pero la prudencia se impuso y recordando que en arca de avariento, el diablo yace dentro, decidió ser prudente y conformarse con el negocio tal y como había quedado.
Así que, muy al amanecer, nuestro amigo cogió las mulas, las sacó de su cuadra y se encaminó a un pilar en las afueras del pueblo. Allí les dio de beber, mojó su pelaje, por aquello de que cuando la avaricia se acerca la sobrina se aprovecha y, comprobada la calidad de la pintura, se encaminó al pueblo.
–Don Nicolás, he aquí sus mulas.
–Bonitos animales –dijo don Nicolás.
–Pues hala, cerremos el negocio y deme los diez mil reales de diferencia por mula que hay que pagar al dueño...
–Ahí van, amigo don Bartolomé. Si ya lo he dicho mil veces, con usted es un placer hacer negocios –concluyó con sonrisa burlona.
“¿Quién será el inocentón que te compró esas mulas por tal dinero?” Remató en su pensamiento.
“Administrador que administra, y enfermo que enjuaga, algo traga” Se dijo por su parte nuestro inocente amigo.
A continuación, con la más cándida de las miradas, concluyó en voz alta:
–Cual el amo, tal el criado, señor don Nicolás, Lo mío sí que fue un placer.



© Manuel Cubero Urbano


APRENDIZ DE NADA por MANUEL CUBERO

La luz primaveral se hacía presente en toda su plenitud a través de las ventanas. La araña, bronce y luz, ponía la nota de solemnidad en aquel frío y sobrio salón. Allí era posible oír sin interferencias, con nitidez absoluta, el sonido del silencio que, de pared en pared, de objeto en objeto, iba mostrando el mal gusto más exquisito y solemne que se pueda pensar.
Aquella incómoda fealdad de muebles baratos y meramente funcionales, unida al hecho de tener que soportar toda una serie de resultandos, considerandos, hubieres, circunstancias concomitantes y demás ralea de antiguallas lingüísticas que plagan el lenguaje jurídico en busca de la más absoluta claridad, era suficiente castigo para el más grave de los delitos. Sobre todo si el reo era un hombre de la sensibilidad del que nos ocupa en este caso.
La mayor parte de los presentes en aquella vista estaban a punto de llegar a la conclusión de que se habían equivocado de país, de época, o de lengua cuando, tras un breve silencio, sonó fría, impersonal y mecánica la voz de la Señora Juez:
–¿Tiene algo que alegar el acusado?
–¡Jesús, ya era hora! ¿Puedo, Señora Juez? Pues verá. No es que yo quiera presumir de ser la persona más honrada del mundo, que, al fin y al cabo, cada uno es cada uno. Y no es que sea un santo, pero si soy culpable, y usted perdone, ese hijo de la gran puta, perdón, ese jovencito,  lo es más que yo, porque, verá usted, Señora Juez, ¿ve esa carita?
Efectivamente, cerca del abogado de la acusación particular había un joven de unos diecisiete años, alto, fuerte  y con un rostro impertinentemente simpático. Todo en él era agradable.
–Pues sepa usted –continuó el acusado– que yo soy más inocente que él de aquí a Madrid. ¿Qué me gustan los hombres más que las mujeres? Igual que a usted, Señora Juez. Vaya, pienso yo...  ¿Qué yo abusé de ese niño? Vamos, anda.
Pues verá, Señora Juez, iba yo por la calle, recién salido de la trena, mire usted, para qué le voy a contar, más limpio que una patena, de dinero, claro, y ese niño, salta, coge, pilla, va y me dice: 
–Oye, guapa...
Y yo que lo miro. Y él que me guiña... Y yo que me tiro de los pelos. Meses  y meses sin ver una cosa así, Señora Juez. Y él que me dice:
–¿Tienes cuartos?
 Y Yo:
–Ni de dormir, ni de los otros...
Y él que me dice:
–Pues si quieres...
Y yo:
–Lo que tú quieras, eso quiero yo, preciosidad.
Usted perdone, señora, que uno es así de charlatán. Porque… a todo esto ¿sabe usted?, yo ya no distinguía un solomillo de la suela de una alpargata.  Y estando mi estómago más vacío que un botijo lleno de agujeros ¿qué podía hacer? Porque no vaya usted a pensar que uno es un delincuente. Vaya, que dos días en la trena por llamar hijo de la gran puta al cabronazo del madero que me dio de ostias por mear en una esquina...
Sí, sí. Usted perdone, pero lo cuento tal y como pasó. Más hambre que un conejo en una pita es lo que yo tenía. Y esa criaturita que va y me dice:
–Esta noche detrás del quiosquillo de la Plaza del Rey. Si me haces un buen trabajo, cinco talegos para ti.
Y yo… ¿qué iba a pensar? Porque hay trabajos que a uno… que le encantan, vaya. Pues nada, esa noche, allí que me planté:
–Maricona, ¿quieres un canuto?
Y yo:
–Cuanto más grande, mejor...
Y él:
–De los de fumar, cacho guarra...
Y yo:
–De eso nada, que yo le doy al Winston, pata negra...
Y él:
–Peor para ti. A lo que íbamos, ¿te quieres ganar cinco talegos por un mandadillo?
Y yo:
–¿Cómo?
Y él:
–Mira, so “jodía” maricona, ¿Tú tienes lo que hay que tener para ir a Sancti Petri esta madrugada?
Y yo:
–Yo sí. Vosotros, por lo visto, no.
Y él:
–Lo que pasa es que la pasma nos tiene vigilados, maricona de mierda. Lo único que hay que hacer es ir allí, buscar en un sitio y traerte un paquete... Si te ven a ti, lo único que piensan es que te vas de jodienda con un chulo.
Y ¿qué hago yo, Señora Juez? ¿Usted no ha tenido nunca las tripas más huecas que el bombo de la banda del Nazareno? Pues las mías hacían hasta el redoble.
Así que... allá que voy. Nunca me había visto en cosa igual ¿sabe usted? Con más  miedo que Curro Romero delante de un Miura. Porque si uno tuviera los redaños de un torero valiente... Además, que si no voy yo, va otro... Y yo, por lo menos, me iba a gastar los cinco talegos en chorizos. Porque, la vedad, Señora Juez, no me como un buen chorizo desde la feria de Jerez, ¿sabe usted?
¡Ay, que gracia! Si no me juzga usted por eso... Pero bueno, antes de que se lo cuente el señor este, que no sé qué le habré hecho yo para que ande buscándome las cosquillas, se lo cuento yo. Por lo menos, se lo voy a contar tal y como ocurrió. Mire usted, iba yo por la feria, a ver lo que caía... que como los señoritos también tienen “su arma en su armario” como se dice por aquí... algo pillaría de tanta jarana. Porque, la verdad, Señora Juez, no sé si usted lo sabe, pero hay cada señorito por ahí que es más maricón que un palomo cojo.
Bueno…, pues como le iba contando, detrás de una caseta me encuentro una olla vieja con su buena tapadera, pero sin culo... Tal como lo pensé, lo hice. Cogí la olla, la metí en una cesta, salto, pillo y cojo y me voy a una tienda. Muy relimpio yo, porque, cuando me cuido, soy la mar de limpio, ¿sabe usted? Pongo mi cesta, con la olla dentro, encima del mostrador. Pido cinco kilos de chorizos. Para un hartón, vaya. Me los sirven. Los pongo en la olla. Pregunto el precio. Muy serio yo, como si tuviera dinero...
¡Ay, mire usted!, digo al tendero, que con las prisas, me he venido de mi puesto de chucherías sin acordarme de coger el dinero, así que le dejo aquí la olla con los chorizos en prenda. Ya mismo vengo con el parné.
Y yo, que saco la olla de la cesta, bien tapadita y con mucho cuidado para que no se viese la parte de abajo... Ni un chorizo se quedó en la olla ¿sabe usted? La pongo encima del mostrador: más vacía que el ojo de un tuerto.  Y con mi cesta, muy retrechero, me doy un “naje” que ni “El Lute” ese que fue tan famoso.
Cuando acordaron, estaba yo en El Puerto de Santa María y harto de chorizos. Hasta cambié un kilo de chorizos por una barra de turrón en una caseta. Para el postre ¿sabe usted?
Bueno, pues desde entonces no comía un buen chorizo...
Volviendo a lo nuestro, Señora Juez. Pues el menda este me da pelos y señales del sitio donde tengo que buscar el dichoso paquete ese. Me cojo una motillo “prestada” de la puerta de una discoteca y tiro para Sancti Petri, con tan mala pata que cuando llego a la Venta de Vargas se me pone en la reserva. Total, que tengo que poner veinte pavos de mi bolsillo para gasolina, veinte pavos que me habían adelantado para un bocadillo...

 A todo esto, llego a Sancti Petri. Tal como me dijeron, allí estaba el recado. Lo cogí. Por lo que pudiera pasar, lo abro y, mire usted, allí estaban las bolitas esas, lo que usted sabe. Y yo, prudente, las cojo y hala,  a guardármelas donde usted se imagina... Para que le voy a contar, del miedo que traía, si no llega a ser porque aquello me servía de tapón...
Pues nada, que cuando más tranquilo venía… ¡toma del frasco, Carrasco!, que si no quieres caldo, dos tazas: los picoletos. Muy serios ellos, mire usted, pero con una mala jindama debajo del bigote que para qué le voy a contar.
Bueno, que me paran:
–Los papeles...
Y yo, que no me atrevo ni a mover el culo del asiento, mire usted, Señora Juez. Entre el aire de las tripas, que hacía horas que allí no entraba nada más que aire, los “tapones”, y la contemplación de aquellos angelitos... ya no sabía ni dónde mirar, ni cómo ponerme... mire. Parecía que tenía el culo pegado a la moto.
En esto, dos coches que pasan a toda pastilla. Ciento ochenta por hora, una locura. Los picoletos que cogen el carro, tiran detrás de ellos, y yo que me quedo solo allí en medio, más solo que la una, Señora Juez. Me quedé como si me hubiera tocado la lotería, mire usted, que yo no me sentía así de a gusto desde que estaba con mi santa madre que en gloria esté.
Porque ella sí que era una santa ¿sabe usted? ¿Que tenía hechos por la Calle Plocia más kilómetros que el baúl de la Piquer? Sí, llevan razón los que la conocían, pero todo lo hacía por mí. Una santa, ya ve usted...  Que si tenía que hacer lo que usted piensa, era por lo que era. ¡Que la “Tona” era mucha “Tona”!
Huy, que se me va el santo al cielo. A lo nuestro. Yo, que cojo la moto y hala, para la Isla. Llego a la Plaza del Rey y me dice el colega ese:
–Tira para el Barrero, que estamos más tranquilos.
Y allá que me voy yo.
Bueno, verá usted, llego... y unos cuantos chulapones que me esperan.
–Venga, caga. ¡Caga ya de una puta vez!
Y claro, tanto, tanto insistieron que yo, ¡catapún! Suelto una carga que pesaba más que un embarazo de nueve meses. Y ellos:
–¡Joder, tío! ¿Y esto es lo que había? Maricona... me parece que te estás pasando de listo...
Y yo:
–¡Coño, que no! ¡Que eso es lo que había!
–Bueno, Si quieres lo tomas, y si no, lo dejas, medio talego, eso es lo que hay. Y a tomar por culo, que es lo que a ti te gusta...
Y yo, señora Juez, que cuando me cabreo soy muy mío, que me tiro por éste, los demás que me sujetan. Y va uno de ellos y dice:
Vamos a meterle el dinero por el culo, que por ahí es por donde se lo gana...
Y en ese momento, ¡plaf!, los focos de la pasma. Los otros que cogen las bolitas y se largan, yo que me agarro a este por la cintura: el niño que se cae con los pantalones abajo. Y yo, tres cuartos de lo mismo, encima de él. Para qué le voy a contar la cara de cachondeo de los maderos. Y el niño va, me señala y dice:
–El maricón este...
Y mire usted, Señora Juez, lo que yo le dije al madero:
–Usted piense lo que quiera, porque si le digo la verdad, no se lo va a creer...


MANUEL CUBERO




¿SOY O ME HAGO? por MYRIAM JARA



Hoy es el día “D” ¿De qué? Vaya uno a saber… Sé que estoy sumergida en esta loca carrera de entes ciegos, individuos fundidos en una masa compacta y sin embargo no lo es. Si uno pudiera subirse al último piso del edificio “Burj Dubai”, sería sencillo de comprobar puesto que desde allí podríamos notar que se asemejan más a células en pleno proceso de catabolismo, aunque yo diría que los humanos a los que me refiero, más que catabólicos parecen catatónicos, pero como yo estoy en Buenos Aires, pleno centro de la ciudad, y no en Dubai, sostengo que son una masa compacta moviéndose a una velocidad tal que me marea, me provoca nauseas y politraumatismos leves…gracias a DIOS porque si fueran graves, estaría en una cama de alguna Terapia Intensiva, quizá intubada, coma inducido o naturalmente comatosa por los golpes recibidos ¿Y por qué? Pues porque estoy sumergida en esa masa de modo involuntario…creo que en el trajín perdí mi ruta y la voluntad; no importa, a estas alturas de nada me serviría ya que mis compañeros de itinerario me llevan de aquí para allá y sin embargo no dejo a un lado la esperanza de escapar por algún huequito, aprovechando el desmoronamiento de alguien, lo que haría que los otros se desvíen para no ensuciarse los zapatos con la sangre del caído en acción.
Comprendo raudamente que para ellos, los demoledores de mis huesos y órganos vitales, soy invisible puesto que no he dejado de recibir empujones, codazos y todo tipo de acciones que no calificaré de agresiones sino distracciones. Pues bien, antes que nada, es preciso aclarar que siempre, en primera instancia, soy de las que piensan bien; pensar mal me llevaría a elucubraciones con la consabida pérdida de tiempo y desgaste de energía.
Entonces digo: estas unidades con extremidades, tórax y cabeza, bípedos, por supuesto, que corren o caminan a paso vertiginoso cual atletas que ansían alcanzar la meta para situarse en lo más alto del podio, transitan como ciegos desesperados, repartiendo bastonazos a diestra y siniestra en busca de…¿Qué buscarán? En fin, es asunto de ellos, y de personas educadas no entrometerse en asuntos ajenos, al menos es lo que me enseñaron de pequeña y yo, mujer de mandatos digerir, ya en la cincuentena de mi vida, no voy a obviar nada de lo que se me metió en el cerebro, en particular, si lo metido fue a fuerza de cachetazos, pero sólo cuando exponía mi terquedad, no vayan a pensar que fui una niña golpeada, no, no, nadie pega a quien no ve ¿Verdad? Además, si los mandatos provienen de los progenitores, es cosa complicada liberarse de ellos, eso decía Freud…creo…no soy adepta al psicoanálisis, me aburre pensar…
Estoy divagando, sea sincero, no voy a ofenderme, si es la verdad más verdadera de toda mi existencia, un asunto que jamás pude resolver, motivo por el cual me encuentro entre la horda de bestias que me hicieron perder la cognición con tantos bastonazos que me han propinado los ciegos automatizados.
En la calle, en el colectivo, incluso en el pasillo que me conducía a mi destino final, no dejé de ser sometida a empujones, golpes y demás acciones que, de ningún modo he de denominar agresiones porque…
-Pase, por favor- Escucho la voz grave de mi psicoanalista. Me apuro a guardar mi cuaderno de notas y paso al consultorio- Tome asiento.
-¡OH! Sí, por supuesto, muchas gracias, es usted muy amable- Uy, se me activó el chip de los buenos modales y me parece que el Dr. Freud (en realidad se llama Morozov pero prefiero pensar que es el mismísimo Sigmund en persona) se fastidió un poco. Pobre hombre, también él debe tener sus conflictos y encima tiene que resolver los míos ¡y vaya uno a saber cuántos más le esperan!
Dejando de lado la cortesía con la que me recibió (tal vez le extirparon el chip en la Universidad, o quizá nunca se lo implantaron…), me pregunta, esta vez con voz seca:
- ¿Motivo de consulta?
- ¡¿Eh?!- pongo mi habitual cara de tarada.
- ¿QUÉ LA MOTIVÓ A LA CONSULTA?- Uyuyuyyyy, está gritando…
- ¡Ahhhhhhh! Soy invisible…

FIN DE LA CONSULTA

MYRIAM JARA


DISCURSO DEL OSO por JULIO CORTÁZAR

Soy el oso de las cañerías de la casa, subo por los caños en las horas de silencio, los tubos de agua caliente, de la calefacción, del aire fresco, voy por los tubos de departamento en departamento y soy el oso que va por las cañerías.


Creo que me estiman porque mi pelo mantiene limpios los conductos, incesantemente corro por los tubos y nada me gusta más que pasar de piso en piso resbalando por los caños.
A veces saco una pata por la canilla y la muchacha del tercero grita que se ha quemado, o gruño a la altura del horno del segundo y la cocinera Guillermina se queja de que el aire tira mal.
De noche ando callado y es cuando más ligero ando, me asomo al techo por la chimenea para ver si la luna baila arriba, y me dejo resbalar como el viento hasta las calderas del sótano.
Y en verano nado de noche en la cisterna picoteada de estrellas, me lavo la cara primero con una mano, después con la otra, después con las dos juntas, y eso me produce una grandísima alegría.
Entonces resbalo por todos los caños de la casa, gruñendo contento, y los matrimonios se agitan en sus camas y deploran la instalación de las tuberías. Algunos encienden la luz y escriben un papelito para acordarse de protestar cuando vean al portero.
Yo busco la canilla que siempre queda abierta en algún piso; por allí saco la nariz y miro la oscuridad de las habitaciones donde viven esos seres que no pueden andar por los caños, y les tengo algo de lástima al verlos tan torpes y grandes, al oír cómo roncan y sueñan en voz alta, y están tan solos.
Cuando de mañana se lavan la cara, les acaricio las mejillas, les lamo la nariz y me voy, vagamente seguro de haber hecho bien.

JULIO CORTÁZAR




DONCELLA DE MAR por STELLA MARIS TABORO

La calle semejaba una profunda fauce de lobo, hasta la noche parecía encaprichada en su negritud tapando todas las estrellas y los grillos retumbaban en los pasillos estrechos de ese ,el más antiguo barrio cercano al Puerto de Calukte.
Los grafitis plateados en algunas paredes parecían alzar interrogantes punzantes.
¿ A dónde había ido esa figura que paseaba casi flotando sobre los desparejos adoquines?
¿ Habría que esperar nuevamente que reluzca la luna llena para descubrirla una vez más?
Julián estaba ansioso por saber de ella, pero sólo había podido verla algunas veces, y apenas, fugazmente como a una imagen difusa.
Luego de su paso por allí quedaban aromas del mar, a corales y una música de espumosas olas blancas.
Buscó un nombre para ella, y la llamó Doncella del Mar.
Después de ella , todo era casi un silencio hondo con un fondo de monótonos cantos de cigarras , especie de chillido hechicero marcando punzantes anuncios de mucho calor.
Julián había indicado en su agenda todas las fechas de lunas llenas.
La aguardaría en esas noches.
Había nacido en altamar, conocía como a las palmas de sus manos , las aguas inmensas que recorría y hasta los peces abisales que viven a miles de metros bajo la superficie del mar,donde no llega la luz . Consideraba a las gaviotas como a su más fiel séquito , despegando desde las costas y jugando en las aguas pronunciando un saludo que sólo Julián interpretaba. Pero más que amar ese mundo de paisajes celestes, sentía que su corazón palpitaba muy fuerte cuando pensaba en la Doncella del Mar.
Debía esperarla , intentar hablar con ella y retenerla antes que deje la calle de viejos adoquines.
La luna llena de ese mes de septiembre , hizo que Julián espere en la playa. De pronto vio que ella se alzó sobre las olas y avanzaba con alas de nácar. Su frente estaba coronada con pequeños caracoles y cubrían su cuerpo, corales relucientes.
Le impresionó su mirada tierna .
Ella con tenue voz repitió muchas veces.... hasta hundirse en el mar..

Tú me quieres nívea,
Tú me quieres blanca,
Tú me quieres alba.

STELLA MARIS TABORO



DON NAZARIO por MANUEL CUBERO


 Si en Villabermeja hay alguien bien bautizado, ese es Nazario. Nazario, de acuerdo con la etimología de su nombre, es un señor consagrado a varias cosas, entre ellas a la de la confusión permanente. Desde el mismísimo momento de recibir el bautismo, su abuelo, todo orgulloso, sentenció:
-Tiene toda la cara de la familia.
Y debía de ser cierto, pues generaciones de retratos colgados de la pared repetían una y mil veces el rostro de Nazario en las más variopintas edades y vestimentas. Incluso uniformado de heroico combatiente de la Guerra de Cuba se mostraba, sonriente y repetitivo, como un calco nunca agotado.
Y lo malo es que, no sabemos si porque dejó alguna descendencia oculta, o porque su rostro era tan normalito que la madre naturaleza decidió no partirse demasiado la cabeza en diseñar nuevos caretos una vez logrado aquel modelo, hasta un agente de la CIA de posible origen cubano, podía pasar por su hermano gemelo sin necesidad de retocar para nada ni aun su incipiente calvicie. 
Un día, ya en su juventud, alguien lo saludó con tanto énfasis al subirse en un autobús, camino de la capital, que el pobre, por no defraudar al saludador, representó sin rechistar el papel de un tal Antonio por cuya familia estaba interesado su interlocutor. Menos mal que no tuvo necesidad de mentir, pues aquel señor sabía de su “familia” tanto como el que más, con lo cual, el bueno de Nazario, transmutado en Antonio, tuvo ocasión de empaparse de toda la vida y milagros del Antonio original durante las cuatro horas que duró el trayecto.
Sólo dos confusiones recuerda con agrado. La primera tendría lugar cuando, dieciocho años arriba o abajo, en la feria del pueblo vio cómo una forastera de espléndida belleza se le colgaba del cuello zampándole los dos besos más sonoros y agradables que había recibido en su vida.
-¡Hola, primo! -saludó la besucona.
Nazario, algo cortado y confuso, se retiró levemente tratando de reconocer a aquella preciosidad de parienta recién adquirida. Al ver su rostro, venciendo cualquier duda que pudiese existir, tomó entre sus brazos a la interfecta y respondiendo con la misma moneda, o sea con dos besos que estallaron en el real de la feria como si de la traca final de los fuegos artificiales se tratase, espetó:
-¡Prima, cuánto tiempo sin verte! Por cierto, ¿tú de quién eres?
Ni qué decir tiene que, una vez aclarado el entuerto, aquella fue una de las ferias más inolvidables de Nazario.
La segunda fue cuando, en un viaje al extranjero, al entrar en un restaurante perdido entre impresionantes paisajes, se sintió tan agasajado como si de un primer ministro se tratase. Incluso fue invitado por el jefe de cocina a los postres y al café, cosa que, como todos sabemos, suele encarecer la minuta final hasta alturas insospechadas. Agradecido por trato tan exquisito, lo digo por el postre casero con que finalizó el condumio, prometió al camarero difundir la amabilidad y calidad que atesoraba aquel establecimiento. Imagínense la cara de sorpresa que se le puso cuando éste, con la mayor naturalidad, le respondió:
-De eso, ya tenemos cumplida noticia. Bien sabe que siempre le estaremos agradecidos en este local.
Para ratificar lo dicho, el jefe de cocina salió, afectuosísimo, a despedirlo hasta la puerta. Nunca supo la causa de aquel agradecimiento, ni falta que le hizo, lo cierto es que pocas veces había sido tan bien atendido en un restaurante.
Pero no piense, amigo lector, que todo el monte es orégano. Toda moneda tiene su cara y su cruz, y lo que hoy nos trae aquí es, precisamente, la cruz de Nazario. Aficionado a poner letras una detrás de otra, pasaba feliz sus tardes logrando con ello despertar más de cuatro sonrisas entre sus asiduos lectores, quince o veinte, según las estadísticas. Aquello era suficiente para adquirir la seguridad de que merecía la pena seguir por el camino emprendido.
-La sonrisa de un amigo es un tesoro –afirmaba orgulloso cada vez que recibía el comentario de algún lector.
Pasaban los meses, algún año, un trienio bien contadito… Y surgió un admirador de esos que ni se buscan ni se necesitan. Abundio, que así se llamaba el interfecto, buscó en Internet referencias de nuestro amigo y vio que su obra había conseguido verse reflejada en varios libros. Convencido de que se trataba de un autor afamado, no dudó en recopilar datos sobre él. Consiguió fotos y hasta su dirección y número de teléfono.
Entre estos, hubo uno que llamó la atención del nuevo admirador, el rostro de Nazario. Le resultó tan familiar y sencillo que no tuvo problema alguno en conseguir que un colega de confianza, convenientemente maquillado, diese el pego y procedió a perpetuarlo en las más diversas y groseras posturas.
Dedicado a tales menesteres, el referido admirador tuvo la mala suerte de que la tentación, disfrazada de billete, tocase su frente en un leve susurro…
-¿Has pensado que este afamado escritor podría verse afectado si viesen la luz algunas de las obras de arte que has montado a base de su imagen? –preguntó ésta.
-Pues mira, algún negociete se podría sacar de mi esmerado trabajo –se respondió.
Y así fue como Abundio decidió promocionar su vida y obra hasta cotas insospechadas. Esto a pesar de que había sido advertido de sus escasas posibilidades económicas.
-Pues ya sabe lo que hay don Nazario, o se retrata usted contribuyendo económicamente al bienestar de este su admirador o logrará tal tipo de publicidad que no la va a olvidar en toda su perra vida -amenazó.
Dado que Nazario era algo testarudo y poco dado a componendas, su admirador se vio con tres palmos de narices y sin ver remunerada su labor cuasi profesional. Pero como en arca de avariento, el diablo yace dentro, el “agente publicista”, sintiendo la tentación de divulgar su artístico trabajo, logró que el daño buscado se mutase en gratuita publicidad.
Atraída por la pésima fama adquirida por Nazario, una editorial se lanzó a publicar toda la obra que yacía escondida entre los papelorios de nuestro amigo.
Abundio sólo tuvo fuerzas para preguntarse:
-¿Quién me diría a mí que la mentira y la torta deben ser gordas?


MANUEL CUBERO


 VOY A EMPUÑAR MI ARMA…NO ME DETENGAS… por MYRIAM JARA


 Lo seguía, constantemente lo seguía, corría detrás de él, quería conocerlo, tocarlo… pero no se dejaba alcanzar. Soy de naturaleza dérmica, cedo a la ineludible comunicación de piel a piel. No concebía una vida sin él, era mi obsesión, la parte vital de mí ser, esa que te exige y a la vez ofrenda aliento, brío, energía, todo tan necesario para no caer en el oscuro clamor de la supervivencia.
Pero me cansé y abandoné la carrera. Surtí mis alforjas con SOLEDAD, la que serviría para aplacar mis hambres, cargué mi cantimplora con LÁGRIMAS para apaciguar mi sed y emprendí el viaje a la jungla enmarañada de los DESEOS tupidos que obstruyen la visión del cielo y entonces… no hay más mañana que ese instante en el que perduro.
También necesitaba un arma  para defenderme ante posibles ataques de invasores o fieras detractoras de mi subconsciente, EVOCACIONES que persistían en hostigarme y atormentarme. Lo conseguían, sí, a menudo debía beber a raudales litros de mis lágrimas para digerir los pedazos mal masticados de la existencia dada.
 FANTASÍA, imperecedera compañera de mis largas jornadas, era la única que tenía permitido el ingreso a mi hábitat. Ella me llevaba de paseo por paisajes coloridos que me hacían sonreír. Ni bien despuntaba el día, llenábamos un saco con melodías suaves o ensordecedoras, siempre dependiendo de mi estado de ánimo, por momentos melancólicos, algunos, muy pocos, eufóricos, una u otra serían de utilidad. No lo pasaba mal en el  mundo onírico, salvo por la presencia de algunos fantasmas, entes idiotas que insistían en confinarme a esa celda con paredes revestidas de desasosiego y opresiones, pero yo seguía mi camino con FANTASÍA, los ignoraba, se fastidiaban y me dejaban en paz por unas horas.
Así, como el yuyo que crece regado por la lluvia, sin caricias, sin macetas, sin matices fui dispersando migas de alegría cubiertas de incredulidad.
Ocurrió un día, no sé exactamente cuándo, tampoco interesa, no había etapas en mi andar, sólo una, COTIDANEIDAD, obligada estación antes y después de mis vagabundeos con FANTASÍA. Una sola, pero tan poderosamente peligrosa y atormentadora, que el día que me arrolló de un modo brutal y salvaje, esgrimí mi arma y la ataqué con tal furia que se puso de cuclillas en un rincón, reclamando MISERICORDIA.
- ¡No, ya no más!- Fui categórica, no dejé lugar para la DUDA, otra que empañaba mi austera  e irrisoria felicidad.

FANTASÍA me proveyó del instrumento, fue ella quien encontró LA PLUMA con la que me salvaguardaría desde ese momento y para siempre. Mi pluma era liviana, de apariencia inofensiva, hasta inservible si se quiere pero no, tenía el poder de alumbrar palabras escritas, de aullar los silencios del miedo…mi pluma… el atajo que me condujo directamente al encuentro de quien por tanto tiempo perseguí… AMOR es su nombre…”AMOR, te busqué donde no debía, si no eres tangible ¿Por qué ese necio empeño de escudriñar en un mundo que no te admite? Te descubrí acurrucadito en un pedacito de mi corazón, nos hicimos muy amigos ¿Te acuerdas qué sorpresa nos llevamos cuando nos topamos cara a cara? Nos gustamos de inmediato y vivimos un eterno romance siendo FANTASÍA  la madrina de nuestros vástagos paridos con LA PLUMA, hijos que aún sigo pariendo porque… ¡Qué insaciable semental eres, AMOR, cuando tu presencia se reduce a mi otro yo!”


MYRIAM JARA



COSAS DEL NEGOCIO por MANUEL CUBERO
Cuando llegó al pueblo, don José deslumbraba a las mozas de Villa Bermeja por su negra cabellera y por su verbo fácil más que por su flamante y recién estrenado título de abogado. Don José era vecino de Alamillo, pero como en su pueblo ya había dos abogados pensó, acertadamente, que entre la sabiduría de sus paisanos y la poca confianza en la justicia que éstos tenían, mal porvenir le esperaba allí a su bufete.
Total, que dispuesto a ejercer una profesión de la que ya dijo algún paisano mío aquello de que Dios te dé muchos pleitos, aunque los ganes, don José tomó sus bártulos y, una mañana de otoño, allá por el tiempo en que las ranas criaban pelos y él los tenía como el azabache, se presentó en Villa Bermeja dispuesto a hacer fortuna.
Los primeros meses fueron de toma de contacto con la realidad bermejina. Una toma de contacto que, si le dio pocos disgustos, le deparó aún menos beneficios. Cuatro pleitos que no llegaron al juicio, tres mediaciones en compraventa de unas fincas y dos asesorías testamentarias lo tuvieron más tiempo en la taberna de Blas que en su despacho.
-Al menos han servido para darte a conocer –lo consoló su padre una tarde en Alamillo después de rellenarle la cartera con diez billetes de los grandes y un gran dolor de corazón.
Y era cierto, a los dos meses de llegar, don José ya era conocido en diversos ámbitos populares de Villa Bermeja. Aunque, en un principio, aquellos conocimientos prometían poco en orden a su futuro profesional, no era menos cierto que alguno de ellos podría llegar a solucionar más de un problema económico. Don José comenzó por ser el culpable de que las mozas casaderas del pueblo asomaran sus rizos por la puerta de la taberna cada dos por tres:
-Blas, ¿ha visto usted a mi padre?
Sus miradas, engañando a la palabra, se clavaban en el rostro del joven letrado. Luego, su figura desaparecía mientras una risita nerviosa se filtraba por las rendijas del establecimiento. Y como la envidia cochina suele ser un pecado bastante común entre los mortales, más de un joven bermejino dio en cavilar un escarmiento que si no ponía en fuga al nuevo rival, al menos serviría para hacer ver a las mozuelas que la admiración de la ignorancia nació. Uno de ellos era don Nicolasito. Perfectamente equilibrado en riqueza e inteligencia -lo que le sobraba de la primera le faltaba de la segunda- decidió recetarle una cura de humildad que acabaría con el éxito de don José entre el sexo contrario. Convencido de que asno con oro alcánzalo todo puso en marcha su estrategia. Sin pensar que podría salirle el tiro por las culata.
Y sucedió lo que tenía que suceder.
Pensando que donde no hay pleito no hay juicio, con el fin de dejar en ridículo a don José, el muchacho no tuvo mejor ocurrencia que simular un enfrentamiento con su padre por un quítame allá esta finca que heredó de su tía doña Cuaresma, perdón, quise decir doña Rosario.
Doña Cuaresma se había hecho acreedora de tal nombre cuando apenas tenía quince años. Entregada a la oración y a la penitencia heredó la “Finquita”, un terreno en el que pastaban varios cientos de vacas. Y como la gracia de Dios fue la única gracia que doña Cuaresma tuvo en toda su vida, la buena mujer murió soltera, virgen y sin más heredero que don Nicolasito.
Al decir de don Nicolás, su padre, las vacas de su cuñada tenían un problema: la superficie de la “Finquita” era tal que había reses que no se conocerían ni de vista aunque estuviesen buscándose durante treinta años caminando sin parar. 
El caso es que don Nicolasito, alérgico al trabajo, dejó en manos de su padre la administración de la herencia. Y como no hay maldad que el pueblo no eleve a realidad incuestionable, el joven hizo llegar a oídos de don José el bulo de que don Nicolás quería vender la “Finquita” a sus espaldas.
Una vez abonado el terreno, el buen mozo no tuvo mejor idea que hacerse el encontradizo con el abogado. Lógicamente, el encuentro tuvo lugar en Casa Blas delante de una botella de vino del país. Después de dos botellas don Nicolasito tenía ya su nivel de sangre en el alcohol bajó a unos porcentajes mínimos. Olvidó que abogado y doctor, cuanto más lejos mejor, y acabó firmando un contrato según el cual, en caso de que don José consiguiese paralizar la venta de aquel predio, un tercio de la “Finquita” pasaría a ser de su propiedad. Primera consideración: el supuesto intento de venta nació tan paralítico como el cerebro de don Nicolasito. Y como los contratos son para cumplirlos, el negocio tuvo una segunda consideración con el bolsillo de don José: por obra y gracia de la escasa cantidad de sangre que el día de marras circulaba disuelta en el alcohol por las venas de don Nicolasito, un  tercio de la “Finquita” pasó a sus manos.
Y para que nunca más ocurriese desaguisado de tal calibre, don Nicolás, aprovechando el viejo escudo nobiliario que pervivía cubierto por mil capas de cal sobre el dintel de la puerta de su casa, mandó labrar bajo él una frase lapidaria que, esperaba, nunca olvidarían sus descendientes:
Con los descuidados medran los abogados.


MANUEL CUBERO



LA VETA por MARIEL MONENTE

La veta crisol fundido
La brisa en las retamas
Adorando ese pétalo frágil, a veces sombrío
Su tallo es tan
¿Qué es la veta para mí?
Un círculo nutriendo el pasado
El lugar donde acaece el espacio y el tiempo. Cada línea concéntrica es un año, un lustro, una década.
Es la historia del árbol y a la vez, del bosque donde anida.
Hay estudiosos, digo yo, hombres sabios que al pasar la yema de sus dedos por el tronco muerto que expone sus líneas, se detienen en un punto y dicen: esa primavera fue particularmente fría, o, la savia ha escrito que un pájaro carpintero lo libró de un parásito, o, la nieve no ha hecho mella pero sí el abrazador verano…
Los hombres no dejamos esa huella de los tiempos o sí, no sé, los huesos, los dientes calcinados por la tierra.
Nuestra carne es débil, pero tenemos la palabra.
Si tuviésemos vetas dirían: Este año fue el que viajé por un motivo inesperado, o, fue el año en que después de creer haberlo perdido todo advertí que había ganado la partida, o, En este año amamanté, y en este sucumbía a una pena. Aquí un amigo se fue, allá lloré por mi padre, Aquí dije te amo.
Es una veta.
También la tierra tiene sus vetas. Donde se recuesta el mineral y el humus lo arropa. Dónde las napas van tramando un laberinto de perseverancia…
La tierra tiene sus vetas, el hombre la palabra.

MARIEL MONENTE



EL DIBUJO Y LA PALABRA por DANIEL CAMPODÓNICO

“El infierno es el olvido”


La habitación está muy bien iluminada por la luz natural, que entra a raudales por los tres grandes ventanales que van del piso al techo. En este cuarto casi vacío, al fondo, se ven una serie de almohadones cuadrados, siendo algunos rojos, otros blancos, todos están puestos en el piso y sobre ellos: ella, acostada de lado y desnuda al completo. En el centro mismo de la habitación está el trípode con el  lienzo puesto, al frente nuestro amigo el pintor; y más  atrás, recostado contra la pared estoy yo, retratando de otro modo todo lo que ocurre en esta habitación… poco después del amanecer. Y pensar que la noche anterior… bueno, imaginen ustedes lo que pasó la noche anterior, mientras Carlos pone toda su acuarela al lienzo del amanecer buscando los colores que ella lleva adentro; hasta que yo levanté la vista de esta hoja y nuestras miradas se cruzaron. Ella cerró sus ojos, yo bajé los míos, y Carlos continuó, trazo a trazo, dibujando esas caderas sin dueño que no son de este mundo. Recuerdo que nos conocimos los tres al mismo tiempo, y poco después, nos enteramos de su destino; su cruel destino. Ambos sabemos que está en nosotros salvarla, que está en nosotros, hacer que no caiga en el olvido:
   -Para que vivas más allá del cangrejo –le dijo Carlos cuando terminó de pintarla y entonces, yo le coloqué el epígrafe a este cuento.

DANIEL CAMPODÓNICO


LA MUERTE NO TIENE HORARIO por SILVIA PASTRANA

Era él o ella. Sólo había que apostar al destino que se escondía detrás de la puerta. Entre los sesenta y los noventa todo asciende y desciende a la vez. Es una cuestión matemática que, entre dos números completamente arbitrarios, todo se encierre en la palabra destino. Entre los sesenta y los noventa hay relación de parentesco. Uno hace a la vida del otro y el otro, hace a su propia vida. Juntos son dependencia. Cuando se está más cerca de los noventa uno está en manos del aire que respira hasta que ese uno deja de hacerlo. Cuando se está pisando los sesenta, la cortina de humo puede esconder el rostro del desaparecido, del que escapa, del que ya tiene poco cuerpo para defenderse de lo que no le sobra. Cuando uno está entre los sesenta y los noventa, se sienta y escribe porque uno no tiene nada qué hacer o sí, escuchar los pasos que bajan las escaleras igual que rocas que transforman su materia a causa del viento.

Si dobló la esquina él o ella de noventa antes que él o ella de sesenta, es adelantarse a los hechos. Si él o ella, escondió su rostro debajo de la almohada, es un invento del escritor que no puede ver a través de la puerta de vidrio.

La matemática es una ciencia inflexible. Asciende y desciende cuando tiene ganas. Los números comprendidos entre los sesenta y los noventa, hacen silencio cuando el corazón dice basta. El número menos pensado,  y yo no lo dije, usó su oficio de número, hizo su trabajo sospechoso. Dejó de respirar, dijeron, el día que la térmica trepó  los cuarenta.

Hace tres días, creo, alguien dejó de rezar.

SILVIA PASTRANA



OTOÑO por STELLA MARIS TABORO

Oh maravilloso equinoccio de ocres pieles
toda la alfombra que dejas, se estremece,
ondean en el viento las hojas buscando viajar,
ñandú de plumas estremecidas de otoño
orfebre duende aplaudiendo al verano que se va...

STELLA MARIS TABORO
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UNA MUJER CON PASADO por MYRIAM JARA


Lo discutimos durante mucho tiempo, no sé exactamente cuánto porque desde aquí  no se puede comprender la magnitud de los siglos que allá son días, pero finalmente me dijo que así debía ser, que debía volver, que no se puede dejar cuentas sin saldar, historias inconclusas, hechos sin resolver.  No me gustó la idea pero finalmente, es el jefe, es el que da las órdenes y yo no tenía elección, era eso o permanecer eternamente en duelo.  Entré a ese útero no sin cierto recelo, sabía que no era bienvenida, sí, bienvenida, porque para mal de males me mandó a este mundo con identidad femenina, así lo avalaban  mis células rosas. No lo pasé muy bien en ese primer hogar previo al aterrizaje final. Podía oír las discusiones, el llanto de mi madre, sí, era un llanto constante que no me dejaba dormir; por suerte me alimentaba bien. Y los ruidos, uf, sí que era feo escuchar esos portazos de quien sería mi padre. A medida que yo crecía la casa se iba convirtiendo en una celda cada vez más estrecha,  por eso las pataditas, giros que daba para acomodarme mejor y evitar los calambres. Supe que había llegado el momento de enfrentarme al destino signado por el jefe cuando mi casa principió con las convulsiones que anunciaban mi inminente expulsión. El pasaje, de más está decir, no fue el mejor, pugnaba por salir, me quedaba poco o casi nada del oxígeno que me enviaban desde el tubo llamado cordón. Lo primero que vi fue una luz muy fuerte que me cegó, yo estaba acostumbrada a mi penumbra, a la tibieza del líquido que me cobijaba y de repente todo fue un caos; me arrancaron con unas paletas de acero que sujetaban mi pequeño cráneo, eso dolió, luego me envolvieron en un paño blanco, me sumergieron en un recipiente para quitar todo rastro del polvo uterino o algo así. Sentí frío y lloré, eso creo, no sabía si era llanto pero me sonaba como el de mamá los nueve meses que fuimos dos en un cuerpo. Al fin me encontré con ella, me  pusieron sobre su pecho pero yo no abrí los ojos, tenía miedo de encontrar dolor en su mirada. Fue el comienzo de un largo camino por recorrer, con carencias afectivas, soledad recurrente, tropezones y caídas.  El tiempo fue pasando y yo seguía llorando, nada de lo que me brindaba la vida logró darme la paz que el jefe me quitó. Viví una vida de mujer, mujer que construye, mujer que cobija, mujer que ama y no es amada, mujer que a empujones logró conseguir un espacio propio. Hoy, pasado medio siglo de esa vida, sé que me queda mucho por recorrer, ellos me lo anunciaron, pero no voy a llorar más, no voy a ser la víctima de nadie, lo que me quede por vivir será a mi modo. Esa era la deuda que no había saldado. Lo siento, tengo que hacerlo porque ya no quiero volver. No será mi futuro incierto, lo he decidido. No puedo saber cuánto me queda pero de algo estoy segura, puede ser hoy mismo, en este mismo instante, entonces, si me disculpan, los dejo, tengo una misión que cumplir: Ser feliz y eso no puede esperar.

MYRIAM  JARA


EL MONO SURREALISTA por RICARDO COPLAN


Había un mono que una noche de verano soñó que era un hombre.
Que despierta por la mañana, se lava la cara, se afeita, toma un desayuno de café negro y tostadas, y se va a trabajar conduciendo su automóvil.
Al llegar a  la oficina se sienta en un escritorio con muchos papeles.
Lenta y precisamente, llena planillas y formularios además de  escribir  cartas amables pero imperiosas.
Después de cuatro horas, el sonido de un timbre le indica la hora del almuerzo. En ese momento saca de su bolso un recipiente de plástico con un sándwich de milanesa y un huevo duro, que come con fruición. Luego se levanta de la silla, se acerca al bebedero y sorbe un TRAGO de agua.
Ya acomodado en su asiento, escribe y aprieta teclas de su computadora, incansablemente. Hay que terminar el trabajo del día.
Al llegar la hora de retirarse marca su tarjeta y se va.
Al otro día se levanta, lava su cara, corta al ras los pelos de su barba, ingiere el consabido café con tostadas y sale apresurado hacia la oficina.
Instalado en su escritorio, mira el pilón de  papeles con aire cansado. Sin embargo, decidido a poner manos a la obra, comienza a escribir. Su computadora, fiel servidora, cumple a rajatabla los mandatos del operador.
Planillas, estadísticas, más estadísticas, más planillas.
Y cartas. Cortas y precisas, con ese aire distante, formal, de acuerdo a las normas al uso, pidiendo cosas que apenas si le importan.
Al  llegar la hora del almuerzo, mecánicamente, extrae su ración diaria. La mira creyendo ver un fruto dulce y silvestre, pero cuando entra en razones, sólo ve lo que efectivamente hay: sendos pares de fetas de jamón y queso entre dos rebanadas de pan y una empanada de carne.
Persiste el resto de la jornada con su trabajo aunque estaba como ausente.
Las voces y el golpeteo incesante de las teclas de decenas de computadoras, se le hacían una cascada pequeña y aislada, en el fondo umbrío del monte.
Al otro día, mientras avanza con su auto por una avenida repleta de otros autos cuyos volantes eran comandados por hombres de rostro triste y vencido,  se ve  a sí mismo en la copa de un árbol rugoso y añejo, mirando a la lejanía del bosque. En ese momento, ve otro auto acercarse peligrosamente al suyo y hace una maniobra violenta que lo despierta.
Cuando abre sus ojos, se le perfila el rostro de su dueño que lo mira.  Arquea las cejas, hace  una morisqueta compasiva, y de un salto, ase  con  sus prensiles manecitas, la  rama  más  cercana.
Nunca más se lo vio.

RICARDO COPLAN

VISIONES DEL INFIERNO por ANA LUISA ARELLANO


Puesto que el demonio no habla mucho sobre sí mismo, el hombre se

puso a buscar cualquier referencia posible sobre el infierno.
Existe una interesante descripción en un libro árabe:  
allí se dice que, una vez fuera del cuerpo, 
el alma debe caminar por un puente tan fino como el filo de una navaja, 
teniendo al lado derecho el paraíso,
y al izquierdo una serie de aberturas circulares 
que conducen a la oscuridad del interior de la Tierra.

Antes de cruzar el puente (el libro no aclara adónde conduce)
cada uno carga sus virtudes en la mano derecha, 
y sus pecados en la izquierda.  
De esta manera, el desequilibrio le hará caer del lado

 que determinan sus actos en este mundo.

VISIONES DEL INFIERNO
Ana Luisa Arellano Excelente


En cierta  ocasión yo  visité alguno de esos infiernos 
que se cuenta que existen para la gente impía

¿Cual de todos ... No lo sé.

La atmósfera estaba cubierta por una 
densa bruma 
que casi no dejaba nada a la vista
era muy áspera la senda que pisaba
y el hielo quebradizo crujía bajo mis pies.

Si mis pecados hubieran sido un poco más pesados
seguro que se hubiera roto el hielo
y me hubiera despeñado.

Y hubiera sido devorada 
por las horripilantes fauces del maligno
que me esperaba con su aliento pestilente 
relamiéndose ansioso por quemarme la piel...
A fuego lento tal vez.A mi izquierda se encontraba un mar tempestuoso
plagado de bestias horrendas y temibles
que me perseguían tratando de hacerme caer
entre las tormentas y los remolinos sulfurosos 
que serpenteaban al fondo del abismo aquel.

Si mis pecados hubieran sido un poco más pesados
seguramente no hubiera podido correr
y no me hubiera yo escapado aquella vez.A mi derecha centelleaban relámpagos y truenos
en la oscura noche helada
y se mostraban a mi alcance todos los placeres

que pudiera yo querer.

Imágenes deliciosas y tentadoras 
que me querían atraer
con sus ofrendas maravillosas 
y totalmente fantasiosas yo lo sé...

Si mis pecados hubieran sido un poco más pesados

no me hubiera quedado virtud alguna, 
con la cual poder resistirme a  los deseos hechiceros
que en aquella ocasión se me ofrecían a granel.
En el rosado horizonte...
Hacia el  frente se encontraba
con su azul celeste el hermoso paraíso.

Las flores policromas esmaltaban el césped
y a la vez embalsamaban el ambiente 
con delicados y dulces perfumes.

En medio de aquel lugar 
se hallaba una  pirámide monumental,
deslumbrante como el sol.

Si mis pecados hubieran sido más pesados
no hubiera tenido fuezas para escalar...
Así que...Subí  por una pirámide  de cristal,  escalonada 
y de lo más reluciente y primorosa
que alguien pueda imaginarse
en la cima de la cual  habitaba 
Él .

Dios estaba sentado en su trono de perlas y oro
y era un ser 
 maravilloso 
que transmitía mucho Amor,
una dulce calma y le rodeaba una gran armonía

Yo me le acerqué  humilde y emocionada
que gran privilegio el mío 
poder dirigirme aÉl
y  preguntarle sobre las dudas existenciales
que me atormentan vez tras vez.

! Señor padre eterno Dios mío...

¿Por que no dejó de crear
cuando vió que todo era bueno.

¡Y por que  siguió creando y creando
hasta hacer cosas tan horrendas como las
moscas, las ratas, los virus o las cucarachas
por mencionar algunas.

Entonces Él  me respondió muy dulcemente
que  Él  había creado las cosas más hermosas,
como   aves cantarinas,  luciérnagas luminosas
lindos animales inofensivos.
azules cascadas, bellísimos arco iris 
y  tibias noches estrelladas.

Pero que su némesis, su contrario el malo
se había sentido envidioso
y  había querido crear algo él tambien,
asi que se puso a competir y a tratar de imitar
cada ser y cada cosa que Dios creaba.

Dios se hizo su morada acogedora y templada
iluminada con el brillo de los astros
y la luz de las estrellas.

El malo quizo imitarlo
y le quedó 
su casa !Tan horrenda
que la encendió en llamas
tan sólo con mirarla.

Cuando  Dios hizo a los ángeles
el diablo solo consiguió crear demonios feos,
y fue así que por cada mariposa que Dios hizo
el diblo sólo consiguió crear 
polillas horrorosas y otras alimañas feas.

Es por eso que existen las víboras
las tarántulas y todo tipo de
fauna y flora horrible y extraña..
por que...

Mientras Dios crea seres de luz
el malo fabricaba seres de mala calaña,
todo según a su imagen y semejanza.

Todo eso me recordó ese dicho de que
el diablo 
nunca duerme y jamás descansa,
y  pregunté a Dios que cosa significaba.

Entonces Él me mostró al malo
y al mirarlo horrorizada a la cara
me di cuenta que cuando cerraba los ojos
sus párpados se transparentaban.

Sentí mucho terror y le di las gracias a Dios
por la vida, por la salud, su bondad
y también por su paciencia conmigo.

Y es así que al bajar de la montaña
ya no tenía ninguna duda en el alma
y ya jamás volví a culpar a Dios 
ni a reclamarle por nada.

Y ahora también sé que
Si mis pecados hubieran sido más pesados
no le hubiera podido conocer nunca a Él.


ANA LUISA ARELLANO

LOS BUEYES DE GERIÓN por MANUEL CUBERO


Miren ustedes por donde, uno acaba por pensar que los aedas esos antiguos no eran tan mentirosos como creía. Ahora resulta que por los andurriales de Gadir -Erytheia la llamaban por aquellos tiempos- vivió un monstruo que parecía un anuncio de esos de tres en uno. Aunque bien pensado quizá no fuese tan raro. No hace mucho me di una vuelta por el Museo de Cádiz y me topé con una vasija griega en la que aparecía un dibujo del monstruo ese de que hablaban los griegos: Gerión. Uno, natural de estas islas, no pudo evitar repasar la cara de aquel ganadero, que ganadero era, como les explicaré más tarde. Siempre hace ilusión atisbar algún rasgo familiar en un paisano, y si es un paisano tan historiado…
Y lo encontré. Fijándome despacio y tapándole la nariz, aquel monstruo era el vivo retrato de Rafael Ortega, el gran maestro del toreo y paisano mío. Pero no se queda ahí la cosa. Al retirar mi mano, su boca quedó aislada del resto de la cara y… allí estaba, clavada, la boca de otro maestro isleño: Ruiz Miguel. Entonces comprendí al aeda aquel que contaba la historia de los bueyes de Gerión. Efectivamente el tal Gerión era un monstruo. Nada menos que un cruce de Rafael Ortega y Ruiz Miguel, dos maestros del toreo fundidos en uno. Y encima, por lo que contaba el aeda, se trataba nada menos que de un ganadero de toros bravos. Porque, en ese momento, descubrí la verdad de los bueyes de Gerión. Como el aeda aquel no era de por aquí, cuando vio aquellos bicharracos colorados y astifinos rodeados de las vacas más felices que vieron los tiempos, los definió, en su ignorancia, como bueyes. Bueyes, vaya torpeza. Toros bravos, y muy bravos, eso eran. Abuelos de los Cebada Gago y entreverados de Miura, que ya es decir. ¿Y quién tenía redaños para bregar con un morlaco de esa categoría? Hablando en plata, para esa faena había que tener tres pares de... Bueno, de eso, ustedes me entienden. Que tampoco es cosa de andar soltando palabrotas delante de las señoras. ¿Y quienes los tenían en la Isla de Erytheia? Está claro: los antepasados de Ruiz Miguel y Rafael Ortega.
Como ven, ya tenemos aquí los elementos fundamentales de esta historia. Un ganadero de toros bravos que pasta su ganado por terrenos de la Isla de Erytheia. Que debía ser un nombre tartesio o cosa por el estilo. Siguiendo la costumbre de estas historias, otra pata del banco era Euristeo y sus antojitos. ¿Imaginan al rey de Micenas soportando que en la otra punta del Mediterráneo pastase una ganadería mejor que la suya? Y la última pata, Hércules, el primito disciplinado y dispuesto a satisfacer todos los caprichos de su pariente.
Como si lo estuviera viendo, miren ustedes. Primeras alegrías de Gadir que unas bailarinas paisanas mías le cantan y bailan a  Euristeo. Éste, entusiasmado y deseando quitarse de en medio a los rivales más directos de su ganadería, le ordena a Hércules que le traiga el ganado de Gerión. Y de camino, un grupo flamenco de Gadir para animar la fiesta. Después, en un gesto de puro servilismo, se lo ofrecería en sacrificio a Hera, la señora de Zeus.
Hércules, obediente, se lanzó al mar loco por cumplir su tarea. Como eso de nadar día y noche era cosa más agotadora de lo que esperaba, una buena mañana vio al Sol, que entonces se llamaba Helios, navegando tan tranquilo por el cielo y le lanzó una flecha. Ante ese ataque infundado, el Sol se paró a ver qué quería el prenda de Hércules. Éste le contó el trabajito de turno y le pidió prestada su nave. Nave que, por cierto, se parecía a una copa de oro, como esa que ganó España no hace mucho. En el 2010, si mal no recuerdo. Bueno, más grande todavía. Con decirles que Hércules la usó como si fuera un barco para llegar hasta Gadir, en el reino de Tartessos, ya está todo dicho.
Una vez aquí, lo primerito que hace fue montarse un templo en una islita la mar de coqueta enfrente de la de Erytheia. Bueno, lo de un templo es un decir, se montó un pedazo de palacio que para él se queda. Luego, levantó un par de torres, columnas las llamó un aeda bastante despistado. Cómo serían de grandotas y bien hechas que todavía queda una en pie. La llaman Torregorda. Si ahora es gorda, imaginen como sería cuando estaba enterita… Terminadas estas tareas, nuestro héroe se plantó en Erytheia para negociar la adquisición de una punta de reses bravas y llevárselas a su primo. Y como no hubo acuerdo, se lió lo que todos ustedes se imaginan.
Primero, una peleíta con el mayoral de la ganadería, un tal Euritión. Luego, Hércules que roba el ganado, Gerión que sale detrás, un flechazo envenenado que acaba con él y, para liarla más, camino de Micenas un tal Caco y su hermana Caca le robaron parte del ganado. Pero no todo iba a ser batallitas y flechazos. Montado en la copa que le prestaba Helios todas las noches, Hércules, como un turista más, recorrió las islas más bonitas del Mediterráneo. Y claro, imagínense ustedes a un guaperas como él por esas playas nudistas de Ibiza… Pasó lo que tenía que pasar. Se topó por una de esas islas con un bombonazo de toma pan y moja, una tal Equidna. Cuando la moza vio a Hércules se lo ligó antes que canta un gallo y ale, tres mozos como tres soles que le trajo al mundo: Agatirso, Gelono y Escites. Y aquí terminamos esta historia. Hércules llegó por fin a Micenas, le devolvió el carro a Helios, le entregó los toros al rey y éste organizó un festival benéfico taurino para construir el templo más lujoso que se puedan imaginar. Luego, lo que todos sabemos, lo dedicó a la diosa Hera. Ah, que no se me olvide, en esta corrida tomó la alternativa Chiquito de Erytheia.  

MANUEL CUBERO                                                                                                    

MENSAJES EN EL CIELO por ANY CARMONA











Qué pasa con las golondrinas que llegan tarde al colegio?
Es verdad que reparten cartas transparentes, por todo el cielo?
Pablo Neruda*


Miró el reloj pulsera y vio que ya se habían hecho las siete y cuarto. Hora de entrada al colegio. Miró el celular y divisó su mensajito en la pantalla “el patio está vacío…la escuela está deshabitada…yo estoy muerta” Era Malena que otra vez le enviaba aquellos mensajes lapidarios. Él también se sentía muerto.
Miró por la ventanilla del avión y pudo divisar las luces de la ciudad que sería su próximo hogar: Bariloche. Las montañas, el lago, el frío de un amanecer violeta y ocre. De luces cuadradas ¿o eran ovaladas?, detrás de las claraboyas. “Male, Male, corazón mío, cómo te extraño y hace apenas dos horas que nos despedimos…” Seguía pensando Mariano mientras palpaba su estómago vacío de todo líquido o sólido. Y de toda cosa que significara un consuelo.
El Instituto Balseiro fue un reto que se había auto-infringido y ahora que se cristalizaba el sueño, que ya era un becario entre sus muros, no lo quería. No quería ingresar. No soportaría vivir lejos de Malena.
Ella, con su uniforme verde de colegiala, con su corbata mal atada en el cuello y su peinado improvisado luego de las últimas horas con su amor, apenas se sostenía en la fila de entrada a clase. “También te extraño con locura” decía el celular que escondió estratégicamente en la mochila. “Nena tomate el avión y venite conmigo”, decía otro. “ke vamos a hacer? le contestó Malena. “No se me duele todo” siguió contestando Mariano desde Bariloche. Y así toda la mañana…Mensajes en el cielo. 
Los pájaros no trinaron sobre los árboles del campus. El sur estaba lejos y las golondrinas no llegaron ese día.

ANY CARMONA


*Del Libro de las Preguntas por Pablo Neruda


SENTENCIA por SUSANA FALCÓN


Hoy me levanté y las  palabras huían despavoridas de mí, se suicidaban a mis pies, cansadas de hablar, de repetir, de hacerse entender. Hoy elijo el silencio, un silencio enlutado de pensamientos secos, fríos, desabridos, infecundos, entierro solitario de palabras convertidas en monstruos dentro de mí, aprisionadas, enemigas, intentando romper las ligaduras de mi alma.
Elijo el silencio, algo se rompe dentro mío, soy arena que se desmorona, grietas tratando de  encontrar vida.
La vanidad se me escapa y en un intento de irresistible espanto, me miro en el espejo que me devuelve una imagen difusa, desaparezco en mi centro más profundo, ya no me reconozco.
Sólo quedan en el azogue las carencias de amor, de ternuras que nunca se quedaron, que se fueron robando mi historia, mi ser, mi esencia. El mundo sólo es un mundo triste…
Elijo el silencio, no me hablen; me desvanezco sola en el hastío y en esa soledad que agoniza en mi sexo esperando la embestida total del macho inexistente.
Va quedando en el espejo apenas un contorno, casi efímero;ya no soy, ya no estoy…Me voy desintegrando junto a los sueños llorados sobre mi almohada.
Elijo el silencio… No me hablen.


SUSANA FALCÓN


ALAS DEL VIENTO por STELLA MARIS TABORO

Silencio...en el jardín
sutil tocaba al sol


Clareaba el día y las flores se estremecían . Recorrí el jardín y observé a un abejorro se que se entrometía , violando una rosa . La flor lanzaba un grito y después calló.
Un colibrí casi rozó mi cabellos .
Pero la mariposa de mi alma me llevó hasta la casa de mi amiga .
Alisa vivía a diez cuadras de mi casa . La vereda que debía recorrer estaba arbolada y sus copas se unían arriba formando una hermosos túnel verde .
Desde su vereda la música clásica hacia silenciar a los pájaros reunidos en el alto olmo. Un anciano ayudada por su bastón se detuvo y me preguntó por la calle Ituzaingo.
Llamé , golpeé el picaporte de la ancha puerta colonial de mi amiga.
Me recibió con una sonrisa.
Ella era escritora y estaba terminando su novela " Alas del viento" .
Afuera al viento arreciaba como un tropel de potros desbocados y un redobles de campanas de la iglesia del barrio sonaba como una larga letanía.
Hablábamos y las palabras se balancean en este intercambio. Un delgado haz de luz se coló huérfana en la ventana cerca del techo donde la luna por las noches , jugaba con los gatos.
Sobre el escritorio de Alisa estaban los borradores de su novela .
Quise leer el primer párrafo cuando ella me sirvió un café .Después me explicó cual fue el origen de ese titulo
Entonces me contó:
Cuando las flores se marchitaban empecé a escribir y hasta esperé que el rocío cubriese el jardín y sin derrumbarme , mis letras caían al papel con llovizna sagrada .
Las madrugadas como un pueblo fértil me inspiraban Y en las palabras escritas estaba el alma del hijo que perdí , pero sus alas de viento revivía su existencia junto a mi .

STELLA MARIS TABORO



EL CINTURÓN DE HIPÓLITA por MANUEL CUBERO

Menudo problema tengo con este trabajito que me toca contarles. Decía mi abuelo que si una mujer toma la palabra no se sabe cuando la va a soltar. Y algo así debió pasar hace muchos años con esta historia. Cada amazona la contó a su manera, así que, ustedes me perdonarán si yo hago un resumen de todo y a quien Dios se la dé, san Pedro se la bendiga.

Decía una de ellas que el cinturón de la reina Hipólita era mágico. No creo que fuera para tanto. Yo pienso más bien que el cinturón ese debía tener apliques de oro y diamantes o algo por el estilo. Y claro, cuando Admete, la niña de Euristeo, se enteró, cogió una perra de tomo y lomo. Yo lo quiero, yo lo quiero, se puso a decir entre gimoteos. Y el rey, ale, a darle el capricho a la nena. Porque esta vez el trabajo no era por un deseo de Euristeo, sino un antojito de su niña. La niña de un rey, vale, pero díganme ustedes a cuento de qué viene meter a todo un hijo de Zeus en un jaleo como aquel. Y nada menos que por el cinturón de la reina de las amazonas que, como todos sabemos, eran unas señoras de armas tomar y que, además, las tomaban.
El caso es que por aquellos tiempos las órdenes de un rey eran las órdenes de un rey. Y punto. Así que Hércules, al frente de una embajada y de su correspondiente guardia militar, se plantó en Temiscira, el país de las amazonas. La primera entrevista fue de maravilla. Sobre todo para los dos protagonistas. Hipólita, la reina de las amazonas era un bombón, guapa, bien hecha y con redaños para dar y repartir. Enfrente, Hércules. Ya saben. Un galán de cine de los años sesenta, algo así como de Steve Reeves, nada menos. Como ustedes comprenderán, hubo flechazo. Pero un flechazo de Cupido, que conste. Nada de flechas envenenadas ni tonterías de esas. La reina de las amazonas y Hércules cabalgaron juntitos hasta altas horas de la madrugada mientras duró la estancia de éste en Temiscira. Ustedes ya me entienden… Hipólita lo pasó tan bien que, conociendo el capricho de la hija de Euristeo, le regaló el cinturón de forma voluntaria, todo hay que decirlo. Lo que pasa es que la envidia es muy mala, y no vean cómo se pusieron algunas amazonas. Entre ellas, Melanipa. Hermana de Hipólita y más fea que su nombre, se encandiló de Hércules. Como no se comía una rosca, se inventó el infundio de que nuestro héroe había secuestrado a su otra hermana, Atíope, para hacerse con el cinturón. Pura mentira, que yo lo sé de buena tinta.
Pero es lo que decía al comienzo de esta historia. Con tanta fémina celosa aquello se convirtió en un galimatías de infundios. Los programas del corazón de hoy eran cuentos de hadas comparados con aquello. Imagínense ustedes un reino como aquel donde los mozos sólo servían para lo que muchos de ustedes quisieran: para procrear, ¿o no? Pero no se hagan ilusiones, que ya veo alguna cara… Aquellos sementales, en cuanto aflojaba su profesionalidad, ale, derechitos al hotel de los callados. ¿A que ya no les gustará tanto vivir en Temiscira?
Pero sigamos la historia. Dejamos a Hércules ligando con Hipólita y ésta, encandilada por el mozo, regalándole el dichoso cinturón. Y he aquí que la diosa Hera se acordó a las mil cuarenta de cuando Zeus se la dio con queso con Alcmena, la madre de Hércules. Pues ahora vio la ocasión de vengarse de aquello en la persona de nuestro protagonista. La muy guarra se disfrazó de amazona y allá que se plantó en Temiscira soltando por aquella boquita lo que no está en los escritos. Hércules quiere secuestrar a Hipólita y llevársela de esclava a Micenas, decía. Y cosas peores que uno, aquí, se avergüenza de contar.
Días había en que los amantes se perdían por los rincones más ocultos de palacio y no se les veía el pelo en todo el santo día. Y claro, las amazonas se ponían a darle a la sinhueso. Melanipa agarraba unos cabreos de órdago mientras Hera se frotaba las manos. Temiscira se parecía cada vez más a una olla de agua hirviendo.
Si no hubiese sido porque Hércules había venido con lo mejorcito de los héroes griegos ya se hubiese liado la gorda. Pero díganme ustedes quien se atrevía a meterle mano a Hércules, Teseo, Telamón y Peleas juntitos y en compaña. Nadie.
Bueno, nadie no. Había una que no tenía nada que perder y estaba esperando la ocasión para saltar a las primeras de cambio. ¿Que quién era? Melanipa, ¿Quién si no? Si era fea por fuera, por dentro era todavía peor. Había que echarle de comer aparte y encima se comía el plato del vecino. La muy guarra estaba dispuesta a matar dos pájaros de un tiro, a Hércules y a Hipólita. Muerta al hoyo y ella, viva, al bollo… Ya se veía coronada reina de las amazonas.
Puestas así las cosas, entre ella y Hera no dejaron de sembrar cizaña hasta conseguir poner en pie de guerra al ejército amazónico. Una por vengarse de Zeus, su esposo, la otra por hacerse con el cinturón y quitarse de en medio a su hermana. Y el resto de las amazonas, engañadas y dispuestas a convertirse en heroínas que, a cambio de nada, darían su vida por Melanipa y su nueva amiga. Así fue como la ceguera de estas llevó a sus fuerzas a una derrota frente a Hércules y los suyos. Ahora sí que las flechas de Cupido dieron paso a las flechas envenenadas de Hércules. Ante ellas sucumbió medio ejército de Melanipa. Ésta, hecha prisionera, renunció definitivamente al cinturón de su hermana y Hércules, en plan generoso, dejó en libertad a aquel adefesio, y aquí paz y después gloria.

MANUEL CUBERO URBANO


 LOS RELATOS DE GRISELDA (SEGUNDO RELATO) por VERÓNICA BOGADO
                                    
 ¡Casi no lo cuento! Esta mañana estuve muy cerca de morir... ¡asesinada! Sí, por Cristian, ese diablo regordete de 12 años que tiene Pepe por sobrino. Se piensa que, por ser familia del dueño del hostal, puede tratarme como le venga en gana. Así una no puede trabajar en paz. No hay derecho.

Pero claro, Pepe lo idolatra y le ríe todas las "travesuras". ¡Bah! Ahora a correr detrás de mí con un bote de insecticida, a carcajada limpia, se le llama travesura. Como también es de ser un santo lo que suelta por esa boca, esa gorda boca, que mucho cuchichea de los demás, pero no es quién para decir nada.
Cuando pienso en todo lo que le oí decir hoy del huésped de la habitación tres, me entra una impotencia muy grande, por no poder darle los dos sopapos que bien se merece. )Además, de haberlo intentado, tengo los brazos muy cortos...
Como siempre, sonó la campanita en señal de que alguien había entrado en el local. Y, como siempre, realicé mi labor de alcahueta.
En la entrada visualicé un hombre de color. Cerró un paraguas roto mientras se sacudía los zapatos en la alfombra. Sujetaba un maletín y venía inquieto, con la respiración entrecortada. Supongo que sería de correr bajo la lluvia. Y se acercó al mostrador.
- Hola, buenos días- dijo con educación.
- Lo siento, no tengo suelto para comprarte pañuelos- bramó Cristian tras una breve risotada.
- ¡Niño, cállate!- le regañó Pepe-. Discúlpelo, caballero, es el hijo de mi hermana y no tiene modales. Ya... ya se iba.
Y ante el largo silencio del individuo, Pepe sacó a Cristian a rastras del hostal. La ventana no dejaba pasar el sonido. ¡Qué pena no saber leer los lasbios! Era como el cine mudo, algo podía imaginarme.
Regresó sólo. Y volvió a disculparse:
- Lo siento mucho. Dime, eh, ¿qué desea?
- Una habitación para esa noche, por favor- informó.
- Por supuesto. ¿Con cama individual?
- Sí, gracias. ¿Tenéis servicio de desayuno?
- Ja ja, en la esquina está el bar de mi cuñado. Hace muy buen café.
- De acuerdo. Entonces reserve una habitación a nombre de Alejandro Vargas. Regresaré a las 23:00 horas. Buenos días.
- Gracias. Buenos los tenga también usted.
Con el rastro del cliente ya perdido, Pepe sacó a relucir todo lo que había contenido ese rato. "Ja ja, pañuelos, ¡qué puntos tan graciosos tiene este niño!" Y, hablando del rey de Roma, por la puerta asoma.
- Tito, tito, ten cuidado, que éste se baña y te tiñe el plato de ducha.
No entiendo dónde le ven la gracia. ¿Será que mi cerebro funciona diferente? Quién sabe. Claro, qué voy a saber yo, si no conozco más mundo que este hostal.
En fin, que el diablo se fue definitivamente, pero no sin antes clavar la mirada hacia la esquina donde yo me encontraba y hacer el gesto de presionar el botón del insecticida. ¡Me hubiera gustado poder hablar para decirle tres cosas! Y nada, ésta es la historia de cómo casi me asesinan hoy. Aún tengo el susto en mi diminuto cuerpo.
¡Ah, por cierto! Esta tarde Pepe vio las noticias en la televisión (en realidad lo dejó en ese canal porque no había corrida de toros). Y eso, que en los informativos salió el huésped de la habitación tres. Al parecer es un pianista famoso y daba un concierto esta noche en Huelva. Pepe, que estaba dando un sorbo a una cerveza en ese momento, casi se atragantó.
Cuando el susodicho regresó al hostal para descansar, Pepe se comportó con él como si fuese el rey de España. Hasta le pidió que le firmara una foto para enmarcarla y colgarla en la entrada del hostal. Al parecer si eres artista mereces un trato mejor que si eres una persona normal y corriente. En fin, qué voy a saber yo...
Este es el hostal Pepe, lugar donde siempre ocurren cosas dignas de contar. ¡Hasta pronto!


VERÓNICA DOMÍNGUEZ BOGADO




A PABLO NERUDA Y MATILDE por STELLA MARIS TABORO



 Se amaron tanto y tanto. Podría decirse que gestaron un canto de amor que cosquilló en sus cuerpos todos los días.


Siempre frente al mar, en ese mar increíble de azules y de rojos atardeceres. Creían en esa edad interminable del amor y nadaban en la profundidad de sus miradas.

El bajaba las estrellas y las depositaba en su boca y en sus cabellos ponía rosas de espumas.

Acaso¿ No eran estos , sus mejores poemas ,versos no escritos,pero que tenían el ritmo de la pasión desencadenada en su desván donde el mar quedaba pegado a la ventana?

Juntaban el vuelo d e las gaviotas para extenderlos en su alcoba. Nunca hubo desolación ,ni se cansaban de amar , ni olvidaban de llamar a la luna para que siembre luces en sus sábanas.

Eran antorchas de pasión. El la llevada a sus poemas para calmar su sed , su sed de ella, su sed de mar.

Hubiese querido ser el alfarero derramando greda, pero prefería hallar la arcilla entre las rocas de la costa marina , a donde nunca Ulises, se hubiese acercado.

Vivir intensamente, asomándose en cada escrito, cientos de olas y el sonido inconfundible del océano. Miles de guijarros semejando llantos de los olvidados , en las ráfagas de viento subían para caer en sus versos.

No fue marinero infiel que enterraban lejos del mar. El quería que aún después d e la vida, su cuerpo siga adorando las aguas saladas ,con sus corrientes frías.

Su corazón se detuvo en la primavera cuando las flores no ahogaban sus aromas, cuando se abriría en su país una historia de perros y fusiles.

Pero seguirán creciendo eternamente las lilas ,las amapolas y los geranios en esa isla de ébano. Estarán haciendo guardia a su tumba, a la de Pablo y Matilde.

STELLA MARIS TABORO

  
LOS CONSAGRADOS por DEB STOFEN

 
Quien lo haya visto sabrá que no miento.
Los sábados a partir de las quince, milonguea en la calle Humberto Primo al  mil trescientos. En Los Consagrados.
 Es alto y canoso. Tiene bigotes. Va  bien vestido y perfumado
No reparé, si como otros guapos, baila con distintas mujeres,  o siempre lo acompaña la misma.
 No sé su nombre. No quiero inventarle un nombre.
Sin conocerlo, lo admiro.      
No va a hacer giros ni contragiros.Camina la pista sin impacientarse. Se toma el tiempo que cada paso pide. Y sonríe.
Admiro su postura.
No voy a decir nada más.
Sólo te pido que observes esta foto para encontrar el sentido.
Como él , que ama el Tango porque baila la Vida.



                                                            DEB STOFEN



EL MISTERIO DE LAS MOMIAS AYMARA por ANY CARMONA                                    

En plena cordillera de los Andes, a más de 5.000 metros de altitud se encontraba el enterratorio de dos cuerpos momificados de casi seiscientos años de antigüedad. Esto había dado pie a leyendas y coplas en toda la quebrada de Humahuaca, desde tiempo inmemorial. Por eso, cuando le dijeron en la Universidad, que su expedición estaba aprobada, Pablo López, un científico arqueólogo de mediana edad, llevó la mirada al techo con aire de incredulidad.

- ¿Ahora me avisan que la expedición se hará?...¿Y por qué extraño designio del cielo me otorgan el presupuesto, luego de cinco años de pelearme con todo el mundo?
- Por ningún designio de ningún cielo…Salvo que quieras llamar Cielo al león dormido que se llama Discovery Channel…Ellos ponen la guita - Le contestó su Decano de turno, el Profesor Filgueiras.
- Ellos ponen el dinero pero si se descubre que las momias están allí tan lozanas como el día de su entierro y que soy su descubridor…¿A quién le corresponderán los laureles?...Y además ¿qué haremos con ellos?...¿Los llevaremos a un museo, los expondremos, los convertiremos en objetos para investigación o…los respetaremos como los seres humanos que fueron algún día? - reflexióno, con razones fundadas en la experiencia, Pablo.
- A la Ciencia, por supuesto y a nuestro país, Argentina donde están enclavadas las tumbas, corresponderá el hallazgo…Y tú serás quien verá cristalizado su sueño de encontrar a esos benditos seres prehistóricos…

Cuando la expedición llegó a la vieja aldea de Volcán, todos soplaron de alivio. Además del Dr. López, componían el grupo, Carolina, una joven profesora y arqueóloga ayudante de cátedra y la Dra. Susana Rozic, antropóloga especialista en la cultura Aymara. Además José un joven estudiante de quinto año de la carrera y Mariano, periodista y fotógrafo de Discovery Channel.
Todos portaban traje de expedicionarios, mochilas y esos pesados borceguíes obligados para quien se preciara de tal…Estaban muy cubiertos de tierra cuando se bajaron del jeep que habían alquilado en San Salvador. Y por qué no decirlo, estaban bastante asustados pues no habían recibido buenos comentarios en la ciudad: era muy curioso que dos expediciones anteriores habían sido sepultadas bajo los derrumbes de piedras tan característicos de la región. “Es yeta, es yeta – escucharon decir - No vayan que hay una maldición en ese cerro. Es que las momias no quieren ser encontradas y mucho menos, sacadas de su lugar”.
Aún así, siguieron con su misión y para cuando se puso el sol ya estaban todos muy acomodados en la única posada de Volcán, muy precaria pero muy soñada pues nunca un catre había sido tan cómodo para los esperanzados científicos.
A las seis y media tocó el despertador de Pablo. Fue quien se levantó primero y salió a dar un vistazo por el lugar. Compró bollos para el desayuno y el diario.
“NUEVA EXPEDICIÓN SALE EN BÚSQUEDA DE LAS MOMIAS SAGRADAS DE EL VOLCÁN”, decía en letras de molde, un titular. Y en letras pequeñas seguía:
“¿Será correcto sacar de su sueño ancestral a estos seres originarios de la zona y verdaderos dueños de la montaña? ¿Podrán sobrevivir los científicos de la Universidad Nacional de Jujuy o será otro intento malogrado?”
Pablo siguió caminando. Entró en la tienda de ramos generales a comprar algunas vituallas que le faltaban para la misión. Mientras entraba y salía de distintos sitios, tuvo la sensación de que todas las miradas del pueblo eran de desconfianza. Escuchó los chismorreos y supo que nadie estaba conforme con su llegada. Es más, todos lo maldecían por lo bajo y se persignaban cuando lo veían venir.
A las nueve de la mañana salieron camino a la montaña. Una verdadera aventura comenzaría.
- Ya estamos en viaje – dijo Carolina que se había calzado los lentes negros y un pañuelo en su cabeza al mejor estilo de actriz de cine de los ’60 -
- ¡Avanti bersaglieri, que la batalla e nostra! – gritó José muy contento de salir por fin de ese pueblo maldito.
- ¡Avanti! - le contestó Susana.
- ¡A ver, una foto! – canturreó Mariano y corrió a posar con todos antes de que su cámara se disparara.
Luego se encaramaron al jeep e iniciaron el ascenso que les llevó tres horas ininterrumpidas hasta que vieron la entrada a la famosa Cueva de las Momias, como se la llamaba. Vieron que, muy al contrario de lo que esperaban, estaba completamente tapada por un muro de enormes piedras.
Les llevó más de una semana, explosiones de por medio, despejar esa puerta de caverna hasta que la dejaron en condiciones para ser traspasada. Y más de diez días llegar al corazón de la misma donde se encontraron con una verdadera catacumba franqueada nuevamente por piedras de gran tamaño.
- Lo que me temía – dijo Pablo – Piedras que impiden entrar en el enterratorio… y ahora no podemos dinamitar pues es muy peligroso…Definitivamente, no podremos llegar a ellos…
- Pero…tal vez si sacamos las piedras en forma manual… - dijo un entusiasta José bajando varias piedras con sus propios brazos.
- ¡Imposible...Yo renuncio! – bajó sentencia la Dra. Susana Rozic.
- Yo igual – dijo Carolina.
Luego, todos, visiblemente agotados, se sentaron en un sector medianamente iluminado por un rayo invasor.
- ¿De dónde viene este rayo de luz? – dijo alguien.
- A ver… - contestó el Dr. Pablo López acercando la cara.
Luego tocó la pared de roca y sin querer, abrió una bóveda muy pesada e iluminada bajo un potente haz de luz. Allí vieron los dos cuerpos momificados de los hombres originarios, en perfecto estado de conservación.
Silencio, expectación, emoción…lágrimas que se escapaban de los ojos de cada uno de los miembros de la expedición. Nunca pensaron que las momias se encontraban en otro recinto más bien secundario y que sus enterradores las habían ocultado ahí para desorientar a posibles ladrones de tumbas.
- Nadie se mueva – dijo Pablo – Mariano, no se te ocurra sacar fotos. Lo que sí puedes hacer es filmar.
- Entremos despacio, cuidando de no tocar nada. Hay gran cantidad de ofrendas cerca de los cuerpos. Veamos de qué se trata – ordenó Susana.
Todos se acercaron muy lentamente y pudieron apreciar los tesoros que rodeaban a las momias. Objetos de oro, plata, cerámica, plumas, tejidos y diversos elementos en piedra tallada. Pero lo más importante: los cuerpos estaban desnudos cubiertos de una fina tela entretejida con hilos de oro. Eran un hombre y una mujer muy jóvenes y estaban tomados de la mano.
- ¡Uñtam Khitisa!1 – dijo la momia-mujer al tiempo que una lágrima salía de uno de sus ojos.
- ¿Cunatsa jachascta?2 – le contestó el hombre que también despertaba.
- Waliquitua 3 – dijo ella apretando su mano. Y ambos miraron a los boquiabiertos científicos que no daban crédito a lo que estaban viendo.
Dos seres que venían a ellos desde una cultura milenaria. Un hombre y una mujer aymaras que se despertaban luego de un largo sueño de seiscientos años en las entrañas heladas de la tierra. Era algo que sobrepasaba las expectativas del grupo de científicos en esa fría mañana de Enero. Observaron calladamente cómo salieron de su plataforma ceremonial poniéndose de pie para ver en dónde se encontraban; cómo se sacaban sus mantos de oro y cómo caminaron por la habitación recogiendo cada objeto allí depositado. Mientras encontraban una u otra cosa, reían y proferían pequeñas exclamaciones de alegría. Parecían dos niños asombrados por hallar y reconocer sus objetos más preciados…
A partir de allí todo fue vertiginoso. El mundo entero de disputó la propiedad de los jóvenes aymaras de la montaña y amplios debates éticos y morales se extendieron por doquier. La Iglesia Católica versus el Estado laico; Argentina versus Chile, Estados Unidos versus Argentina y Chile; la provincia de Salta versus la provincia de Jujuy…
- ¡ESTÁN VIVOS, SON PERSONAS! – decían los humanistas y los religiosos.
- ¡SON PATRIMONIO DE LA HUMANIDAD! – decía la UNESCO.
- ¡SON DEL PUEBLO DE VOLCÁN EN LA PROVINCIA DE JUJUY!
- ¡SON DE ARGENTINA TODA!
- ¡SON DE LA CIENCIA!
Mientras tanto ella y él permanecían encerrados en una cárcel de cristal donde los colocaron con un microclima especial y donde los atendían mañana tarde y noche; donde hasta un traductor tenían. Pero ellos permanecían llorando sin poder entender el porqué de su realidad.
Por eso, cuando Pablo les alcanzó a cada uno una copa de cerámica sacada de sus objetos conocidos y no les dijo qué contenían, ambos bebieron sin dudar. Dormidos y aliviados regresaron a la montaña, a la espera de un reparador sueño ancestral.
- Adiós, hombre y mujer aymaras – dijo la Dra. Susana Rozic cuando hubo culminado de envolverlos en sus hilos de oro.
- Adiós, este mundo no está preparado para ustedes - balbuceó el Dr. Pablo López luego de ubicar sus ofrendas tal como estaban en el pasado.
- ¡Adiós! – musitaron en coro los demás.
Mariano, el periodista, esta vez no estaba con ellos.



Notas:
1 “Mira quién está aquí” en aymara.
2 “¿Por qué lloras?” “
3 “Estoy bien” “



ANY CARMONA


LA LUZ ENTRE LOS OJOS por MYRIAM JARA




Cinco años, cinco años y ocho horas para ser más preciso ¿Cuántos minutos? No. Eso sí que no podía recordar y no era posible porque no era el caso dadas las circunstancias de esa fresca y gris mañana otoñal, que mirara el reloj; una lástima no tener la exactitud de los minutos porque fue el día cuando la brújula vital enloqueció y lo mutó ciento ochenta grados pero la hora no, la hora no podía olvidarla. Él siempre se ajustaba a su rutina. Ocho de la mañana ¿Cuántos minutos? Debería haber mirado el reloj y sin embargo no lo hizo; él tan pendiente de los minutos, viejo seguidor de las tradiciones, entre ellas la puntualidad, no lo hizo, no tuvo tiempo; calculaba, ambiguamente, que serían cinco o siete minutos a lo sumo, pasadas las ocho.
    A las ocho de la mañana, como cada día, de lunes a viernes, con una disciplina exacerbante, salió de su casa para tomar el tren de las ocho y diez que lo llevaba a su trabajo. Ese día no pudo tomarlo, los sucesos se lo imposibilitaron.  Y sin embargo…desde ese día fatal no pudo apartar nunca más los ojos del reloj pulsera, era lo único que se permitía mirar cuando merodeaba por la ciudad. Solo, en su casa, sin más compañía que el mobiliario, podía sacudirse el miedo adherido al traje y apartar la vista del piso para relajarse y descontracturar los músculos cervicales.
    Stamatis extrañaba las caminatas largas aunque arduas pero que conformaban parte de sus ritos, vagabundeos que finalizaban en el banco de una plaza, observando a los párvulos que jugaban o rescatando horizontes y rostros que atraían su atención y él plasmaba para la eternidad con su vieja cámara fotográfica Leica, herencia de su padre.
    Del padre, del abuelo, de sus ancestros, había adquirido además y por sobre todas las cosas, el orgullo de la sangre griega que corría por sus venas y que se revelaba en su nariz aguileña, perfil distintivo de sus raíces. Presuntuoso, deambulaba con la frente en alto, haciendo ostentación de su tierra lejana en espacio pero intensamente enraizada en su esencia.
   Estaba por cruzar la calle angosta y empedrada para alcanzar el tren de las ocho y diez cuando vio a la niña de delantal blanco impecable que dejaba en claro que era lunes, lunes doce de junio. También la pequeña lo miró y ahí comenzó la desdicha. La muchachita, con su mochila atravesada a la espalda, cruzó la calle. Stamatis percibió la luz entre sus ojos e inmediatamente el automóvil que circulaba a gran velocidad, clavó los frenos. Stamatis ahogó el grito, la niña voló por el aire y cayó ensangrentada, su cuerpito cubierto por el delantal blanco salpicado de sangre. No se pudo hacer nada, la pequeña estaba muerta y él, fiel testigo, no pudo ayudarla.
   Llegó tarde al trabajo y si bien le provocó cierto malestar, más fuerte era el de la visión de la ambulancia transportando el cuerpo sin vida, un cuerpo menudo enfundado en una bolsa negra. Trató de concentrarse en su tarea pero no lograba anular de sus pensamientos el macabro cuadro. Por la noche no pudo dormir pero siempre puntualmente, a la mañana siguiente tomó el tren de las ocho y diez aunque cambió el recorrido. No quería recordar la escena que se presentaban en sus sueños como una pesadilla persistente noche tras noche desde hacía cinco años y ocho horas.
    Muchos días pensó en la luz entre los ojos. Era de día, no había nadie más que ellos dos ¿Quién pudo haberla encandilado con la luz para que la jovencita cruzara la calle sin percatarse del automóvil? Nadie. No había nadie en ese preciso instante.
    Esa fue la primera vez que vio la luz entre los ojos y luego, sin pausa, vino una seguidilla de luces que acababan con la vida de las personas que la portaban y entonces Stamatis comprendió el sentido de la luz entre los ojos; era el preanuncio de la muerte que actuaría en segundos, acaso en minutos. No pudo hablarlo con nadie, temía que lo creyeran un perturbado. Pero la luz se presentaba constantemente y de inmediato se producía el deceso. Lo concibió como un don, un don cruel, por supuesto. Él tenía el poder de percibirla pero no podía hacer otra cosa más que angustiarse y esperar que los hechos sucedieran tal como estaban predestinados.
    En los bares, en el cine, en la calle, en las plazas, por donde fuera Stamatis, cada día la luz se encendía en alguien y él ya sabía que era el fin de la existencia del portador. Fue a partir del discernimiento del don que decidió caminar sin ver. Salía de su casa para ir al trabajo y volvía directamente al hogar. No quería salir, no quería reparar en las personas que transitaban felices en la ignorancia de los últimos metros a recorrer. No podía auxiliarlos pero tampoco podía padecerlo. Marchaba con la cabeza gacha, miraba el reloj y el piso, indistinta y alternadamente. El regreso a casa era su paz, la luz, despótica, lo forzaba al aislamiento
porque allí no había nadie que pudiera acongojarlo con la luz.Lo despertó el timbre del reloj. La seis cuarenta y cinco. Se calzó las pantuflas, se puso el salto de cama y caminó dos metros hasta la cocina, enchufó la cafetera eléctrica, puso la dosis necesaria de café, dos rebanadas de pan lácteo en la tostadora; en el dormitorio, sacó el traje de la percha y los zapatos acordonados, eligió la camisa y la corbata, las medias y ropa interior, también la camiseta, hacía frío. Doce de junio, faltaban pocos días para el invierno pero el frío intenso ya se hacía sentir, tendrían un invierno duro. Fue hasta el baño, corrió la cortina, abrió la ducha, constató la temperatura del agua. Se quitó la bata y se introdujo en la bañadera. Se envolvió con la bata de toalla, abrió el armario, extrajo la espuma de afeitar, la brocha y la maquinita. Cerró la puerta espejada y se dispuso a afeitarse. Recubría con la brocha su rostro cuando vio la luz entre sus ojos. Las manos quedaron suspendidas con la maquinita en alto, el corazón se contrajo latiendo cada vez más fuerte en una danza arrítmica, frenética; apreció el sudor frío, sintió el dolor de estómago. Se arqueó, volvió a enderezarse para mirarse al espejo y comprobar que la luz seguía allí, entre sus ojos. Stamatis sonrió. La paz llegó antes del último estertor, la paz de saber que nunca más tendría que caminar con la cabeza gacha.

MYRIAM JARA

REYES MAGOS por SUSANA FALCÓN
Hoy, recordando mi niñez y  a los Reyes Magos, tengo ganas de hablar de las ilusiones, que palabra, ¿verdad? ¡¡QUE PALABRA!! Yo creo que encierra el universo entero, quien no se levanta cada día y no tiene una ilusión por algo, aunque sea una pequeñita… Pero la vida nos va pasando a todos en una vorágine en donde los días y los meses se nos van de las manos y ya no tenemos tiempo de nada, menos de recordar que es la ilusión.
 Esta tecnología tan maravillosa, pero tan fría a la vez, nos hace adaptarnos a una manera de comunicación y de información casi todo a través de una pantalla ,y cada vez menos desde lo humano, entonces perdemos un poco la magia de lo antiguo, de las vivencias más arraigadas en lo familiar, de sobremesas largas de charlas y de historias. Así, sin darnos cuenta, vamos quitándole a nuestros hijos el derecho del asombro, de soñar, porque ya nos parece pasado de moda, para qué inventarles una historia sobre los Reyes si todo está aquí y ahora… si todo lo buscamos en el google, no en la vida. Por supuesto en mi época, cuando fuí madre, no había internet, ni celulares, ni tanta cosa tecnológica, pero aunque hubiera sido así, a mis hijas no les hubiera quitado la emociòn de permitirles transitar por ese camino de fantasìas de la niñez, y así lo hice, a pesar de los amiguitos sabelotodos que intentaban robarles la magia de los Reyes, incluso entonces ya los padres salían a comprar los regalos junto con los hijos, recuerdo que los veía y me producía mucha tristeza y rabia. Cómo podían dejar de vivir el entusiasmo de acompañar a los pequeños a buscar el pastito y el  agüita para los camellos!!! Irse a la cama apretando los ojos para dormirse y no tentarnos de abrirlos para espiarlos, no fuera que desaparecieran sin dejarnos los regalos, caer rendidos al final por el sueño con esa imagen grabada en la retinas de esos maravillosos tres Reyes  Magos llegando a nuestra casa en esos enormes animales,sintiendo el golpetear de nuestro corazón al imaginar lo que nos dejarían en nuestros zapatitos… ¡¡Qué nostalgia!!…me encanta la nostalgia, no podría vivir sin estos recuerdos, sin estas sensaciones que aún percibo en mi alma a pesar del tiempo transcurrido. Aún hoy, que mis hijas son adultas, todos los años ponemos los zapatos, aunque no estemos juntas ese día, y los Reyes llegan… siempre… de eso se trata la ilusión, de tenerla junto a nosotros no importa el motivo, simplemente no dejarla ir jamás. Para mi es una tradición que continúo con ellas, porque mi padre lo hacía con nosotros, y son invalorables aquellos momentos de mi infancia y lo son aún en mi adultéz… Cuando mis nietos lleguen a mi vida, van a tener una abuela que los hará vivir la sensación de la textura de un libro en sus manos, el crujir de sus páginas mientras les cuento una historia, dibujaremos muchos Papá Noel de largas barbas blancas, y lo buscaremos en los cielos a ver si vemos su trineo, ni hablar de los Reyes… Y a pesar que ya no queda mucho por descubrir, inventaré una caja donde guardaré todos los secretos maravillosos de la vida, para que al abrirla con mi llave mágica, ellos y ellas se sumerjan en lo bello de creer, deslumbrarse, de descubrir, de inventar… Regalarles la simpleza de permitirles dejar volar la imaginación…

SUSANA FALCÓN



LAS AVES DEL LAGO ESTÍNFALO por MANUEL CUBERO


En La Isla de León, como en cualquier pueblo, hay una clase de gente que abunda más que los tontos, los graciosos. Como en el pueblo de cualquiera de ustedes, no nos engañemos. Viene esto a cuento porque uno de mis paisanos, que se las da de culto y simpático pertenece a ese grupo de graciosos oficiales. El otro día se presentó en la Taberna de Baco con un libro bajo el brazo y, antes de saludar, soltó la gracia del día: Yo sabía que Alfred Hitchcock era antiguo, pero no tanto como para haber jugado al trompo con Hércules, dijo.
Se sentó a mi lado, dejó un libro sobre la mesa y pidió su copa de vino de costumbre. Yo agarré el libro, vi el título y lo abrí por donde estaba el separador de páginas. Las Aves del Lago Estínfalo, se titulaba el capítulo señalado. Lo ojeé y comprendí la gracia de mi paisano. Allí estaban los pájaros de Hitchcock, en plan antiguo, pero allí estaban. Como cualquier señor leído y escribido, el señor Hitchcock tenía derecho a leer los libros que quisiera. Pero copiar las ideas de otro sin decir ni mu, así por las bravas… Pues copió, vaya si copió. Oigan, oigan ustedes y comparen. Resulta que, en tiempos de Hércules, Estínfalo era una ciudad la mar de moderna, hasta tenía un parque con un lago en medio. Como el del Retiro de Madrid. O como el Central Park de Nueva York. Y es lo que yo digo, nada hay nuevo bajo el Sol. Tanto presumir y ahora resulta que la idea esa de un parque con un estanque en medio del pueblo es más vieja que rascarse la cabeza. Pero a lo que íbamos. A la luz de lo que hoy sabemos el lago Estínfalo debía ser una reliquia del la era de los dinosaurios. Entre tanta guerra y tanto dios dando vueltas de un lado a otro por toda la Hélade, debía hacer milenios que nadie se acercaba por ese lago. Vaya, que los pocos dinosaurios que quedaban en el mundo estaban allí.
Y si no es así, los aedas griegos por tal de dejar en buen lugar a sus héroes se inventaban más patrañas que un cazador. Según contaban, el lago Estínfalo estaba plagado de pájaros descomunales. Dicho en plan moderno, allí habitaban dinosaurios emplumados. Pero no unos dinosaurios vulgares, aquellos estaban dotados de picos con colmillos y otras virguerías por el estilo. Con decir que utilizaban sus plumas como si fueran flechas, ya tienen ustedes la trola más grande jamás contada. Llegados a este punto, aquí entra el rey Euristeo. Como de costumbre, el hombre quiso quedar bien con su pueblo y, como de costumbre, lo hizo a costa de otro. ¿De quién? Piensen ustedes… Acertaron. Hércules. Ahí tenemos al primo Hércules, una vez más, a las órdenes de su rey.
Sin encomendarse a Dios ni al diablo el héroe se fue derechito al lago. Preparó arco y flechas y ale, al agua patos. Pocos segundos llevaba metido en fango hasta la cintura cuando llegó el primer pajarraco, un flechazo solucionó el problema. Pero el olor a pájaro muerto despabiló a sus compañeros y ahí los tenemos a todos en bandada. Se lanzaron sobre Hércules dispuestos a hacerlo pasar a la historia antes de tiempo. La carne de un semidiós debe estar sabrosísima, pensarían los pajarracos. Menos mal que su tía Atenea, diosa de la sabiduría, andaba por allí. Se acercó al oír el jaleo y, viendo al héroe que las pasaba canutas, le lanzó un sonajero que llevaba a mano. Se nota que conocía a los bichos aquellos como la madre que los parió. Hércules agarró el sonajero y se puso a sacudirlo como un niño con juguete nuevo. Los dinosaurios voladores, poco duchos en modernidades, se volvieron locos ante aquel ruido. La mayoría de ellos abandonaron el lugar y nunca más volvieron. Otros no acertaron a huir de allí y cayeron bajo los certeros flechazos de Hércules.
Satisfecho de su heroísmo, corrió a presentarse ante el rey. Para su desgracia, muchos de los pájaros que lograron escapar rondaban por los alrededores de palacio. El rey, como de costumbre, haciendo ostentación de su valor había corrido a refugiarse en la tinaja. Desde allí gritaba pidiendo que alguien espantase de una puñetera vez a aquellos pájaros infernales. Y volvió a sonar en manos de Hércules el apartito regalado por Artemisa.
Todo esto que les he contado es la versión de los aedas griegos. De lo que opinaron sobre el tema los juglares persas, gusán creo que se llamaban, prefiero no decir nada. Claro que esa gente no podía ver a un griego ni en la boca de un cañón. Desde que Leónidas le dio la del tigre al rey persa Jerjes en las Termópilas, todo lo que sonaba a griego sonaba a estafa, y esto de una colonia de pajarracos prehistóricos a estafa doble.


©Manuel Cubero Urbano

QUANAH Y CORA, LOS AMADOS COMANCHES por JULIA DEL PRADO



Cora espera a su caballero ecuestre Quanah  que ha ido a la guerra con los blancos y ha llevado sus arcos y flechas. Ella ha danzado como Diosa del Sol  para desearle que no sea abatido en estos encuentros y sabe que la ·luna comanche ayudará a su amado hasta ser respetado por Custer allá en Kansas. Mientras tanto Cora cuida su belleza para cuando regrese el guerrero y cocina vasijas donde guardará agua para la gloria de  toda su  tribu.
Cora ha sido perpetuada a través de pocos siglos y vive todavía con nosotros. Su libertad y la libertad de su pueblo ha ganado la batalla y sonríe  junto  a Quanah en su casita de Oklahoma, con otras doncellas. 
La sonrisa y risa del hombre blanco no se compara con la del comanche, porque esta última suena limpia e íntegra.
Cora y su amado ríen en plenilunio en las películas del Oeste y no le temen a la serpiente cascabel.

JULIA DEL PRADO

 CRECER EN NAVIDAD por ANY CARMONA



Mis hermanos y yo nos sentamos a la mesa del comedor con un blog de papel de cartas, varios sobres y lápices. Nuestra madre había dicho que a Papá Noel había que escribirle si queríamos que nos trajera los juguetes que deseábamos tener.
Mi hermana Daniela y yo nos habíamos puesto de acuerdo en lo que pediríamos y es más, ya teníamos hasta los detalles de nuestro pedido: Dos muñecas que caminaran, hablaran y cantaran. La mía con pelo largo y rubio y la de ella igual pero con pelo platinado (como la de nuestra prima). No muy grandes para que no nos pasaran en altura y, eso sí, con ese perfume tan exquisito que habíamos olido esa vez en la juguetería. ¡Esas muñecas tan caras! Esas, eran las que queríamos.
Mi hermano Rodolfo, en cambio, pidió un camioncito de Duravit, el más grande que venía. Era tan grande que hasta él, que tenía apenas tres años, podía subirse y andar sobre el mismo. Lo pidió rojo, igual al que vimos ese mismo día en la juguetería.
- Ahora sí lo vas a tener, Papá Noel te lo va a traer. Vas a ver que este año te lo trae – le dije muy convencida a mi pelirrojo hermano, tan chiquito e ingenuo que pensaba que si se lo pedíamos con fervor, seguro no fallaba.
- Entonces le pido algo más – me dijo.
- A ver…¿qué podemos pedir además? – preguntó mi hermana.
- Pidamos golosinas…muchas, muchas golosinas…pero de esas que mamá no nos deja comer: chocolates, mantecol, mucho mantecol… y caramelos de dulce de leche, de esos que son enormes y se pegan en los dientes – Agregué yo que era gordita y glotona.
- ¡Sí…y pidamos chocolates de Bariloche en rama! – dijo Daniela.
Y agregamos estos pedidos dulces a los de juguetes. Escribimos una carta cada uno que pusimos al pie del gran árbol de navidad que teníamos en casa. Un árbol que casi llegaba al techo…
Esa tarde de vísperas de Noche Buena me junté con mi vecinita Mirta que vivía en frente, a jugar a “la cocinita”. Ella tenía una cocinita en miniatura para niñas hecha de metal esmaltado en blanco (igual a las verdaderas), con mesada, piletita y alacena. Todo de juguete. Era una réplica casi exacta a las reales. Yo siempre me cruzaba a su casa para jugar y esa cocinita me tenía loca. Ese día le dije a mi amiguita:
- Ya le mandé la carta a Papá Noel, le pedí una muñeca que hable y muchas golosinas…¿Vos qué le pediste?
- Nada porque Papá Noel no existe, no existe, Papá Noel son los padres – Me zampó así, de pronto, sin darse cuenta del impacto que eso provocaría en mí.
- ¿Qué estás diciendo? Papá Noel existe y todos los años nos trae algo lindo de regalo. El año que viene pediré una cocinita igual a la tuya – le dije.
- Te digo que no existe, preguntale a tu mamá, preguntale y verás – insistió mi cruel amiguita. Tan cruel como suelen ser los niños a veces.
Corrí asustada a mi casa, subí las escaleras y casi llorando pregunté a mi madre que estaba cocinando para la noche: - Mamá ¿Es verdad que Papá Noel no existe, que son los padres? - Mi madre me miró, se agachó y tomándome de los hombros me dijo:
- Como ya sos grandecita te diré la verdad, pero no les digas nada a tus hermanitos. Papa Noel es una fantasía. Somos los padres los que hacemos los regalos y armamos ese cuento para los chicos.
- ¡Pero yo lo vi, lo vi en la Galería…estaba con su traje rojo y su barba blanca! – grité con lágrimas en los ojos.
- Sí pero era un señor que se disfraza cada año para darles ilusión a los nenes. En realidad es un actor – dijo mi madre con mucha ternura.
- Entonces ustedes me mintieron, no puede ser, no puede ser – Contesté muy decepcionada y me fui a mi habitación a meditar sobre el porqué de tal engaño.
Todo el día estuve triste y muy asustada y con muchas ganas de contarles a mis hermanos sobre la gran mentira de la que eran presos. Pero me contuve ante la cara amenazante de mi madre.
Esa noche festejamos la Navidad con una rica cena y pusimos los zapatos en el árbol para abrir los regalos al día siguiente ya que no nos dejaban quedarnos hasta las doce. Los niños se acostaban temprano en los años sesenta…
Recuerdo que no pude dormirme hasta muy tarde. Mi cama estaba debajo de la ventana que se encontraba abierta de par en par por el calor de diciembre y yo estaba temerosa pensando que en cualquier momento entraría Papá Noel porque Él sí existía y seguramente me visitaría. Decepción, miedo, tristeza fueron los sentimientos que me embargaron en esa Navidad. Me dormí después de mirar largamente el cielo por la ventana más cuando abrí los ojos, ya era de día.
Los tres corrimos como locos a ver los regalos en el árbol, Dani, Rodo y yo, que quería saber si todo había sido una equivocación y Papá Noel sí existía…¡Las muñecas, el camioncito y las golosinas!...Las golosinas estaban, no chocolate en rama, no mantecoles, no caramelos gigantes de dulce de leche…Solo esos caramelos baratos y esos chocolatines blancos que no hacían mal…
- ¿Qué pasó mamá…qué pasó?... ¡Papá, vení a ver!– preguntamos a nuestros padres.
- Es que Papá Noel este año no pudo, está pobre – Dijo nuestra mamá – Hay que conformarse con lo que él nos regala, a veces no se puede, no siempre Papá Noel puede hacer regalos importantes.
Miré sus enormes ojos celestes y vi tristeza en la cara de mi madre. Entonces comprendí que era verdad: Papá Noel no existía y la pobreza en mi familia había llegado hasta nuestra Navidad. Ese año crecí de golpe.


ANY CARMONA
GRACIAS por MYRIAM JARA


Sí, a vos, joven desconocido de ropas harapientas y mirada triste. A vos, joven de vida dura, plena de carencias. A vos muchachito que desde temprana edad supo que lo “mejor” de la vida no le pertenecía. A vos que aceptaste condescendiente las migajas que la sociedad te daba. A vos que salís día a día a buscar lo que otros tiran para llevar alegría a tu familia. A vos que no tuviste tiempo de jugar a la pelota porque las obligaciones te impelían a saltar la infancia para ser adulto sin pausas, sin tregua, con prisa y sin dudas.
 A vos que elegiste el camino del sacrificio para poder comer, tal vez una vez al día. A vos que nunca pensaste en delinquir porque no fue lo que te enseñaron. A vos que soportás estoicamente la mirada desdeñosa de la gente que pasa por tu lado.
  Sí, a vos, jovencito que no alcanzaste a decirme tu nombre, a vos que me pediste con temor si te podía regalar el árbol de navidad que yo dejaba en la calle porque tenía uno nuevo, cada siete años, siguiendo la tradición, un árbol nuevo, adornos nuevos, luces intermitentes nuevas. Indiferente a tu dolor, como si me preguntaras la hora, te dije que sí, que te lo llevaras. Ni siquiera te miré, mi cabeza no estaba en vos, mi preocupación era que se estaba haciendo tarde y tenía que comprar los regalos para mis hijos, ropa para estrenar, disponer el menú, acondicionar la casa para cuando llegaran los invitados.
“Gracias” dijiste con una inflexión tan extraña, inflexión que denotaba dolor y alegría en un puntual encadenamiento de emociones. No sé qué mano invisible me levantó la cara y me obligó a mirarte. Y te vi… y vi tu mirada… y vi tus ojos inertes… y vi tu rostro emocionado… pero no vi lágrimas, no las tenías, vos no podías llorar, no te lo permitió la vida, llorar es para el que sabe que puede recibir consuelo. También eso le consentiste a la vida, la insuficiencia de ternura y lo aceptaste porque simplemente la vida es como es y la tenés que aceptar porque no está en vos cambiar el mundo, volverlo más humano, hacerse cargo de vos y tu enorme pandilla que conforman “La familia”, un grupo de inocentes que esperan que los resguardes del hambre, de los rigores del frío y del calor porque tu casa es un oxidado y abandonado vagón de un tren que hace tiempo dejó de cumplir su función pero que hoy es tu hogar. El calor abusivo cuando el sol se afirma en la aleación de tus paredes, el insensible y cruel frío cuando el viento se infiltra por las grietas de tu enmohecida residencia y las cobijas no son suficientes para abrigarlos a todos.
 “Gracias” dijiste con esa dulce modulación de sumisión y fue entonces que te miré por primera vez. Repentinamente pasaste de cartonero a ser humano en mi obtuso y egoísta mundo. Y levanté la cabeza y vi tu mirada y en ella comprendí tu historia, imaginé tu vida, sentí tu presencia pegoteándose a la mía. Por un instante, el universo nos unió.
 Nada se destruye, todo se transforma. Dijiste “Gracias” en voz baja y mi mundo se transformó, mis miserias perdieron valor y se agigantó el desprecio a mí misma y a mis pares, a los que nos movemos en la indiferencia del diario andar.
 Son las doce de la noche. El cielo se iluminó de fuegos artificiales. Mi familia y mis amigos se abrazan, se besan, levantan la copa para desearse unos a otros ¡FELIZ NAVIDAD!
 Tomé una copa, brindé con ellos, les dí un beso, seguí puntualmente cada uno de los pasos que tradicionalmente damos cada año a las doce de la noche…luego me aparté.
 Mi mirada buscó la Cruz del Sur, mi constelación favorita, levanté mi copa y te dije:
 “Muchachito, aunque ignoro tu nombre, sé quien sos, sé que estás levantando tu vaso con agua - ¿Algún alma caritativa te habrá regalado una botella de Coca-Cola? Espero que sí- y estás brindando por mí, porque yo te lo pedí. Yo brindo por vos y si bien no espero que tu vida cambie, deseo que el arbolito nunca deje de iluminar tu viejo y oxidado vagón”
 Sé que estás mirando la misma constelación que yo. Te identifica, sos del sur, el continente de los discriminados; tu vida es una cruz que cargás sin cuestionarte nada porque nada hay que cuestionar en tu orbe. Y brindé porque te lo pedí, te pedí que a cambio de llevarte mi vencido arbolito de navidad, brindaras por mí, que sólo me dedicaras un segundo, que yo sentiría que algo muy profundo iba a morir en mí para renacer con una cosmovisión diferente. No entendiste, pero sé que estás brindando por mí, porque así fue, es y será tu vida, un compromiso, una obligación, una palabra que se da y se cumple. Por lo tanto te devuelvo tu “Gracias” porque en esa apacible y dócil entonación y en la mirada curtida del que no conoció más que el rostro de la infelicidad, prorrumpió una nueva mujer y te lo debo a vos.
 Muchachito desconocido, espero que tu existencia sea de aquí en más y por siempre una ¡FELIZ NAVIDAD!

MYRIAM JARA


EL TORO DE CRETA por MANUEL CUBERO


Cuando a un español se le llena la boca hablando de la fiesta nacional éste que les habla se para a pensar y no cree que sea para tanto. Por poner un ejemplo, el salto de la garrocha ese tan famoso. Desde tiempo inmemorial se practica en muchas fiestas populares. Vale. Pues ahora resulta que me topo en el Museo Arqueológico con una jarra griega y zas… Allí está Hércules practicando el salto ese. Y sin garrocha. Unos dicen que lo aprendió cuando estuvo por Gades. Otros, que no, que lo aprendió antes y que cuando vino por aquí se topó con un berrendo en negro de la ganadería de Columela. Cuenta un aeda de aquella época que andaba Hércules por una calleja del barrio del Pópulo y de buenas a primeras le salió el dichoso bicho. ¿Qué podía hacer un tío cachas como Hércules? Pues pegar un salto de esos que llaman olímpicos, pasar por encima del toro, y dejarlo con tres cuartos de narices. De aquí, dicen, se extendió esta suerte por el resto de Hispania. Vaya usted a saber.

Viene esto a cuento del primer toro bravo que pasó a la historia. Que no pastaba en Salamanca, ni en Gades, ni era del hierro del Duque de Veragua, que ya es ser viejo. En la isla de Creta vivía. Si sería bravo que hasta echaba fuego por la nariz según decía un crítico taurino de la época. Ríase usted de los toros eso de ojos verdes que quería sacar don Fernando Villalón. Cuentan, también, que el rey Minos lo indultó en una corrida y lo dedicó a semental.
Ahí comenzaron sus problemas. Era el mejor semental de todo el Mediterráneo. Desde Gades hasta Troya se daban de tortas los ganaderos por un descendiente suyo. Hasta que Euristeo, celoso de la fama de ganadero de Minos, decidió hacerse con él. ¿A quién creen ustedes que encargó la tarea? Acertaron. A Hércules. Nuestro héroe, pecando de discreto, no quiso meterse en camisa de once varas. No es tarea fácil arramblar con un bicho de 650 kilos y más de un metro de punta a punta de los cuernos.
Por aquellas fechas, la reina Pasifae tuvo un niño que, según las malas lenguas, se parecía más al toro que a Minos, su marido. Con decirles a ustedes que al niño le pusieron de mote Minotauro ya está todo dicho. Las bromitas de los ciudadanos ya se las pueden imaginar, ¿quién tiene más cuernos, Minos o el toro? Y el gracioso de turno que respondía: Minos, ¿quién va a ser?
Aprovechando que el rey Minos estaba ya del toro hasta el mismísimo gorro. Hércules cortó por lo sano y se presentó ante él. Le dijo así, a la cara, que venía por el toro de parte del rey Euristeo. Tuyo es, le respondió Minos sin pensarlo dos veces. Acompañado por el rey, que estaba loco por perderlo de vista, estuvo dos semanas recorriendo las dehesas cretenses hasta dar con él. El toro, al verlo, sospechó que un individuo de tal presencia sólo podía traerle problemas, así que tras un mugido de advertencia se lanzó por Hércules. Éste, que había visto a los forzados lusitanos, quiso lucirse ante Minos, así que se fue por el toro, lo agarró por los cuernos, se lo echó al hombro y ale, derechito para Micenas.
Al ver desde lejos un animal tan impresionante, Euristeo se metió una vez más en su escondite preferido. En la tinaja, claro. Peor fue el remedio que la enfermedad. Allí dentro, los mugidos del animal resonaban multiplicando su potencia hasta límites insospechados. La mismísima diosa Hera que lo oyó desde el Olimpo bajó a admirar al animal. Euristeo, queriéndose congraciar con ella se lo quiso ofrecer en sacrificio, cosa que la diosa rechazó. No quería privar al género humano de la presencia de un animal tan hermoso.
A partir de ahí, se pierden las huellas del toro. Bueno, para ser exactos no es que se pierdan, sino que cada aeda arrima el ascua a su sardina. Hay opiniones para todos los gustos. Mientras algunos aedas hablaban de que fue muerto en la plaza de toros de Maratón por el afamado espada griego Teseo, otros afirman que Hércules lo vendió a un ganadero de los montes Herminios allá por las márgenes del Rio Durius. Algún tartesio, sin embargo, afirma que anduvo pastando por Gades, donde vivió a cuerpo de rey ejerciendo de semental durante varios años. Concretamente en una dehesa propiedad del señor Columela. Para mí que fue así.

© MANUEL CUBERO URBANO

AFONÍA por SUSANA FALCÓN
Cuando se terminan las palabras, cuando abrís la boca y ningún sonido se dibuja en el aire, entonces te das cuenta que gastaste vocales y consonantes toda una vida para consolar…
Y desesperadamente buscás el diccionario para alimentarte de nuevo, para vocalizar de nuevo, para tratar de aprender otra vez… porque hoy la que necesita consuelo sos vos, y ni siquiera podès inventar  ni una sola palabra para reconfortarte… y manoteás como un ahogado para aferrarte a la superficie de tu tristeza y no descubrís el borde… borde que te traiga de nuevo a la realidad, borde que te permita asomar tu nariz a la superficie de la vida…
Rebuscando en los bolsillos, solo encontrás palabras vanas, vacías en su contexto, aquellas que conjugás y ya no tienen sentido, que intentás atrapar y no descifras el significado, solo te envuelve una sensaciòn de amnesia… palabras vanas, sin potencial, sin amor, sin ternuras, sin frases acariciando tu pena, tu abismo… ese abismo al que asomás cada día, esperando una mano tendida, una sonrisa, una esperanza…
Palabras vanas, que no alivian, que solo dejan una estela de nada… tratando de buscar en esa estela las migajas como en el cuento de Hansel y Gretel, para encontrar la salida…
¿Habrá una salida? O solo son caminos encontrados, y das vuelta una y otra vez en el mismo sendero, y nunca, nunca te diste cuenta de las bifurcaciones que te ofrecía la vida para cambiar el rumbo…
El problema es que ya el rumbo perdió el norte… o el sur… que la veleta de los vientos se derrumbó en el tejado y el futuro ya no sopla…
Palabras… palabras vanas hoy… que se esconden para no socorrerte… que se gastaron en tantos abrazos y besos para apuntalar tus afectos…
Palabras que busco  como si fuera un juego de la infancia… el de las escondidas … pido por las palabras que ya no encuentro…
Desamparadas de ellas…. Aquí espero, que vuelvan a mí.  Desesperadamente…
01-07-2011


LOS RELATOS DE GRISELDA (PRIMER RELATO) por VERÓNICA D. BOGADO

Hola, me llamo Griselda y vivo en Huelva, en un humilde hostal que se encuentra en la avenida de Andalucía. A diferencia de los demás, no pago un céntimo, y todo gracias a Pepe, el viejo y solterón dueño de hostal, con el que he hecho un pacto.
No, no malpenséis, que yo tengo que hacerle trabajitos, sí, pero consisten en limpiar el local de insectos voladores, en concreto mosquitos y moscas. Son mi debilidad.
He de reconocer que no vivo nada mal y, además, no existe semana alguna en la que no ocurra algo extraordinario. Sin ir más lejos, el fin de semana pasado, Pepe se enfureció muchísimo con dos chicas. Os cuento con detalle.
Estaba yo entretenida con una mosca, cuando sonó la campanita de la puerta, como siempre, y entraron estas chicas. Una tenía el pelo muy largo y armaba mucho jaleo al caminar, porque calzaba unos tacones tan altos, que no sé cómo no se hostió contra en suelo. Bueno,  qué voy a saber yo, que nunca me he puesto tacones. Pues eso, lo que iba diciendo, que tenía un melenón increíble, tacones y una camiseta muy colorida a rayas, y cada raya era de un color diferente. La chica que la acompañaba, sujeta de la mano, llevaba la cabeza rapada y una sudadera que le llegaba a las rodillas.
Hasta ahí todo estuvo tranquilito, pero luego se complicó cuando llegaron al mostrador de recepción.
- Hola, ¿queda alguna habitación libre?- preguntó la escandalosa.
- Sí, señoritas, la habitación siete -. Contestó Pepe.
- Ah, bien. ¿Podríamos verla antes de decidir algo?
- Por supuesto.- Cogió la llave correspondiente.- Síganme.
En ese momento la mosca se escapó, aunque no me importó, porque estaba intrigada. Y los seguí, sin que se percataran de mi presencia. Nunca me ven. Total, que cuando Pepe abrió la habitación, las chicas se disgustaron y la escandalosa exclamó:
- ¡Oh, vaya! ¿No queda ninguna habitación con cama de matrimonio?
Juro que jamás vi a Pepe comportarse de esa forma. Comenzó a gritar como un endemoniado, insultando a las pobres chicas: ¡Pervertidas! ¡Qué asco de tortilleras! ¡En mi local no acepto a gente de vuestra estirpe! ¡Fuera de aquí!
Las chicas se asustaron y quedaron petrificadas ante el asombro. La rapada, viendo a su compañera llorar, se envaró y llamó a Pepe humo... homo... ¿cómo era? Homofobio. No sé. Bueno, algo así. Nunca oí esa palabra.
Así que dieron media vuelta y se marcharon, mientras la chica escandalosa, con voz pesarosa, hablaba con la rapada:
- Lo siento, yo sólo quería ayudarte y lo he estropeado todo. Ahora no te podrás reconciliar con tu novio por mi culpa.
- Tranquila, no tienes la culpa. Aún queda tiempo para buscar otro hostal. Ese asqueroso ha herido tu dignidad. No sé cómo todavía existe gente así en pleno siglo XXI.
Tengo que confesar que todo fue muy raro. Hacer tortillas es un trabajo tan digno como otro cualquiera, o eso creo. Espero que Pepe no haga eso de nuevo, porque sino se quedará sin clientes. En fin, qué voy a saber yo, si soy una araña. Es normal que no termine de entender a los humanos. De todas formas, se que Pepe obró mal.
Bueno, pues os dejo, que me apetece jugar un poco y he visto un mosquito de largas patas. ¡Hasta pronto!


Verónica Domínguez Bogado




EL VENDEDOR DE ESPUMA por ANY CARMONA

Esta historia que les cuento sucedió durante los años tiernos de mi adolescencia cuando aún no había descubierto la paleta de colores y todo era blanco o negro, sin matices ni grises. Fue en el verano de 1978 en plena Dictadura militar. Contaba yo con dieciséis años de edad; señorita de pantalones ajustados estilo "oxford", camisa suelta y cabellos ondulados sobre los hombros.
Ese año el Carnaval comenzaría a ser en Argentina, parte de nuestra vida cotidiana (y quienes recuerden aquel memorable'78 saben de qué estoy hablando) pero ese Febrero, sin saberlo aún, mis amigas y yo quisimos vivir a pleno esa festividad tan necesaria para exorcizar y superar todo lo que en la vida, nos hacía sentir como prisioneras, sin la ansiada libertad que parecía no llegar nunca a nosotras.
Salimos a caminar por el corso de la Avenida de Mayo donde año tras año veíamos pasar las murgas coloridas y vibrantes de tambores. Cada una eligió un disfraz diferente, se pintó y aprovisionó de todo lo que hacía falta para concurrir al evento: Serpentina multicolor, matracas, papel picado y por supuesto, la infaltable nieve o espuma de carnaval. Me vestí de arlequín con un bonete a cuatro puntas de cascabel y unos pantalones a rayas que terminaban en botas puntiagudas con campanillas. También me conseguí una máscara de brillantina y plumas que tapaba muy bien mi rostro y así acicalada, me propuse salir a vivir cuanta aventura se me presentara. Amparada en mi anonimato y misterio, pensé en hacer algo totalmente diferente que marcara un antes y un después en mi aburrida existencia de niña sobreprotegida. Iríamos al corso y luego, acompañadas por nuestros padres, al baile de disfraces del club del barrio. Sin dudas esa noche encontraría el lugar adecuado para dar riendas sueltas a toda mi rebeldía contenida...
La murga Papando Moscas salió a descollar al asfalto. Graciela, vestida de payaso, me tomó de la mano y me llevó rápidamente al son de los tambores. Mercedes, una presa de la cárcel de San Quintín, venía a los saltos por detrás de nosotras. La Flaca, más atrás, era toda una odalisca con su ombligo al aire libre y su velo sobre la nariz.
- ¡La espuma, la espuma, hay que comprar la espuma! – grité a mi amiga mientras soltaba su mano para llegar al vendedor que estaba cruzando la esquina.
- ¡Nieve, Nieve! – canturreaba este al tiempo que desaparecía y aparecía de mi vista obligándome a seguirlo en la más absoluta desesperación por no poder caminar tan rápido como él.
- ¡Dame tres aerosoles, tres aerosoles, por favor! – le pedía yo que ya jadeaba de tanto correrlo.
De pronto el muchacho se paró y me miró. Era moreno, de mirada penetrante detrás de un antifaz negro. Alto, delgado, de camisa abierta mostrando su pelo en pecho. Largas patillas y largo cabello, le daban un aire salvaje.
- ¿Querés una nieve? – me preguntó.
- Sí, dame tres, hermoso – contestó alguien que no era yo sino una chica totalmente alocada que estaba dentro de mí.
- Si la querés, vení a buscarla.¡Vení! ¡Ja,ja,ja! Alcanzame, si podés… – dijo largando una carcajada, saliendo al trote con los aerosoles en su canasta mientras desaparecía nuevamente entre la muchedumbre.
Lo seguí. Caminé rápidamente detrás de él por varias cuadras. Veía su espalda ancha de camisa colorada aparecer y desaparecer en zigzag y veía su gran sonrisa que me provocaba cada vez que se daba vuelta para ver si yo estaba tras sus pasos.
No puedo recordar ahora por cuánto tiempo permanecimos en este juego. Sólo se que mi bonete de arlequín quedó tirado en la vereda pues me daba calor correr bajo el mismo. Y mi bolso con toda clase de juguetes para el corso, terminó colgado de la rama baja de un árbol. Ni una sola vez me di vuelta para ver si mis amigas estaban lejos o cerca. Ni una sola vez me distraje de la espalda de mi hombre en llamas.
En un momento la murga Los Caníbales, había salido al ruedo. Las chicas semidesnudas bailaban con sus trajes de satén y sus sombreros de cintas al viento. Se había levantado un reparador viento que hizo más agradable mi aventura. Yo seguía al joven que a esas alturas de la avenida ya se encontraba a punto de bajar por las escaleras del subte.
- ¡Esperame, bichito, no me dejes con la incógnita, quiero ver tu cara! – le grité osadamente y me escabullí escaleras abajo sin medir mi comportamiento.
Abajo era otro mundo. Gente disfrazada hacía cola, murgueros cansados se sentaban en los rincones y vendedores ambulantes enmascarados reían y comían quién sabe qué. Sentí miedo. Me pareció estar en un escenario o en una película de ciencia ficción. Me paré en seco a pensar sobre dónde, realmente, me encontraba cuando sentí sus brazos rodear mi cintura.
- Hola, nena ¿Te hice correr eh?...Vení, escondámonos aquí – dijo en un susurro sobre mi nuca mientras me arrastraba detrás de una columna.
- No, no… - dije sin oponer resistencia.
Recuerdo su perfume embriagador a lavandas y sus manos de terciopelo deslizarse entre mis piernas y debajo del cierre de mi traje.
- ¿Te volveré a ver? Sacate el antifaz, quiero ver tu cara, quiero ver quién sos... – supliqué antes de sentir que mi virginidad se iba para siempre. Dolía un poco pero era un dolor dulce, imperativo y mordaz.
- ¡Sí, nena! Seremos novios, nos casaremos y tendremos muchos bebés. Abrí las piernitas, así, así… – decía mi furtivo amante deshecho en promesas tan fugaces como aquellos años mozos; como esa espuma que cubría nuestro pelo.
Yo, la mejor alumna de cuarto año del Comercial Nº 7 en aquellos dictatoriales años de fines de los setenta, me rebelé a mi modo ante tantas prohibiciones y represión. Nunca olvidaré ese Carnaval en el que definitivamente se me cayó la venda.

ANY CARMONA



LA HISTORIA DEL TÍO DESIDERIO por MANUEL CUBERO


En el pueblo, todos comentaban que Enrique era el hombre más triste que se recordaba desde que el pueblo es pueblo. Dicen que ni cuando era pequeño y los Reyes Magos llegaban cargados de regalos y sueños, esbozó el más mínimo conato de sonrisa. No sabemos si era por esa costumbre inveterada de mantener su rostro en la más absoluta seriedad, o porque desde su nacimiento ya estaba predestinado a no sonreír nunca jamás, el caso es que sus labios eran la más pura expresión de la melancolía.
Antes de seguir adelante, hemos de advertir que si ustedes van por el pueblo de Villa Bermeja y preguntan por Enrique, nadie les dará noticias de él. Incluso alguien les podrá decir que esta historia que les cuento, es pura ficción. Otra cosa sería si preguntan por Desiderio. Entonces, todos le darán pelos y señales de su vida y milagros. Pero, todo hay que decirlo, su nombre auténtico, según consta en la Partida de Nacimiento expedida a petición del que suscribe, con el fin de aportarles el máximo número de datos fiables sobre la identidad de nuestro protagonista, es Enrique.
Como quiera que todo, en este mundo, tiene su explicación, ahí va la del cambio de nombre de nuestro protagonista: en el pueblo, toda la chavalería conoce una canción que ha pasado de padres a hijos como auténtico patrimonio cultural de la villa, y como el protagonista de la canción que a continuación les transcribo se llamaba Desiderio, pues fácil es de comprender el cambio de nombre de nuestro amigo.
Ahí va la dichosa canción:

Era un rayito de Luna
Que alumbraba el cementerio
Donde reposan los restos
De mi tío Desiderio.
Desiderio, Desiderio,
Siempre triste y siempre serio.
Si no fuera por el rayo
De Lunita que te alumbra,
Qué sería de tu fosa,
Qué sería de tu tumba.
Tumba, tumba, tumba, tumba.
Si no fuera por el rayo
De Lunita que te alumbra,
Qué sería de tu fosa
Qué sería de tu tumba...
O sea, que según se deduce de esta canción, nuestro vecino Desiderio era triste hasta para ser un muerto. De ahí podrán ustedes colegir, amigos lectores, que un encuentro con Enrique-Desiderio en noche de Luna Nueva podía ser poco menos que catastrófico para un corazón pusilánime.
Puestas así las cosas, no es difícil imaginar que antes o después el bueno de Enrique, o Desiderio, o como quieran ustedes llamarle –creo que lo vamos a dejar en Desiderio de aquí en adelante, y si a ustedes no les importa- llegaría a ser consciente de que su apariencia física no despertaba la admiración de sus convecinos.
Efectivamente, sucedió como ustedes se imaginan. Desiderio tomó plena conciencia de la entidad de su rostro el pasado año durante las fiestas de carnaval. Sucedió que como ni su espíritu ni su cara –espejo del alma, según dicen- se prestan a asuntos de carnestolendas, era de tal calibre el contraste que se establecía entre ésta –su cara- y la de sus paisanos, que el simple hecho de su observación en plena fiesta callejera, llamó la atención de los visitantes forasteros. Y la llamó tanto que su figura llegó a convertirse en la más admirada de las máscaras de Villa Bermeja: como tal fue considerada su faz por los visitantes...
La expectación llegó hasta el punto de obligarle a firmar cientos de cartelillos como si de una “prima donna” se tratase.
Pasadas las fiestas, todo volvió a su ser natural, los vecinos de Villa Bermeja a sus labores cotidianas, sus chanzas y bromas en las tertulias de las tabernas que, como si de claustros universitarios se tratase, pontificaban ex-cátedra sobre la seriedad de nuestro exitoso amigo Desiderio y sus posibilidades en orden al desarrollo turístico de la localidad en un próximo futuro. Hubo tertulia que llegó a la conclusión de que se hacía de todo punto necesaria la inclusión de la cara de Desiderio dentro del Catálogo de Bienes Culturales Bermejinos.
Sin embargo las cosas no siempre ruedan a gusto de todos, como bien saben los filósofos. Sucedió que el bueno de Desiderio no cesaba de evocar aquellas caras sonrientes y felices que, durante las carnestolendas, fueron su escolta continua y bullanguera. Algo, en su interior, le decía que aquellas caras eran, realmente, el espejo de unas almas felices y que, en consiguiente contrapartida, aquel rostro tan serio que Dios le había dado era el fiel reflejo de su alma triste y desvaída.
Llegado a esta conclusión, el bueno de Desiderio consideró que ni las cátedras tabernarias, ni aun las órdenes superiores de la Autoridad Municipal, ratificadas por el Pleno del Ayuntamiento, eran lo suficientemente fuertes como para impedir su decisión de cambiar su gloriosa y taciturna expresión. Decididamente, quería ser una persona prosaicamente sonriente y de expresión alegre, aunque ello le supusiese caer en el más vulgar de los anonimatos.
-Madre, voy a aprender a sonreír. Y para eso, he decidido comprar todas las revistas de humor que en este país se editen, pagar la mitad de mi parte de herencia para recibir las clases pertinentes de los más sabios doctores o hacerme la cirugía estética, si es necesario.
-¡Hijo! -Gritó su madre estupefacta y a punto de sufrir un infarto-. ¿Cómo se te ha ocurrido hacer tal disparate?
Tiempo le faltó a la pobre mujer para salir disparada camino de las casas consistoriales. Aún no se había puesto el pijama nuestro ya célebre vecino para echar su reparadoras siestecita de todas las tardes, cuando su atribulada mamá clamaba ya en el antedespacho del señor Alcalde en busca de una ayuda que, ante la dramática decisión de su hijo, se hacía más que necesaria.
Don Eustaquio, el Alcalde, alarmado ante tan grave decisión, dispuso reunir a las fuerzas vivas del pueblo. Se imponía una urgentísima toma de posiciones con el objeto de definir la estrategia a seguir para poner fin a la trágica decisión de nuestro amigo Desiderio.
-Eso ha sido cosa del Partido de Unificación Municipal (P.U.M.), el partido de la oposición –sentenció-, que no renuncia a cualquier tipo de acción con tal de romper nuestra hegemonía en el gobierno municipal.
El maestro, versado en temas de psicología conductista, sugirió la idea de pedir la colaboración del párroco, hombre de oratoria más que contrastada tanto en las homilías de los domingos en Villa Bermeja como en otras aldeas vecinas, a las que solía acudir a sustituir a los curas propios cuando por enfermedad o visita al señor obispo, éstas quedaban sin el sustento espiritual de la palabra sacerdotal.
El señor Alcalde, don Eustaquio, poco amigo de implicar a la Iglesia en asuntos puramente civiles, consideraba, sin embargo, que esto sería sólo un último recurso al que sólo se acudiría si fracasaban otras soluciones.
-¿Y si declaramos el estado de sitio en su casa? –Sugirió el señor Cabo de la Guardia Civil- Dado que nos encontramos ante una situación de emergencia, creo que estaría más que justificado...
Tampoco esto le pareció adecuado al señor don Eustaquio: sería necesaria la aquiescencia del señor Gobernador que, por cierto, era del P.U.M. Y eso, en cierto modo, suponía una demostración pública de la debilidad del poder municipal. Y visto que la oposición estaba detrás de aquellas maniobras... no era lo más conveniente para el partido en el gobierno.
-Se nota que ustedes los militares están alejados de las tareas políticas, señor Cabo –afirmó tajante don Eustaquio-. ¿Qué pensarían mis superiores del Partido Independiente Democrático Estatal (PIDE)?.
En vista de que cada vez resultaba más complejo encontrar una solución adecuada en orden a conseguir que Desiderio-Enrique hiciese dejación de sus intenciones, el señor Boticario, persona diestra en el arte de las formulas magistrales, elevó al representante del saber judicial consulta sobre la posibilidad de que el pueblo se pronunciase en referéndum sobre tan funesta intención de Enrique-Desiderio.
-Hay que reconocer –indicó el señor Procurador- que la posibilidad técnica, existe. Ya que el pueblo podría pronunciarse entre un SÍ, a las intenciones de nuestro problemático conciudadano o un NO, rotundo y sin más.
-Y jurídicamente, ¿es posible? –Consultó el señor Alcalde, siempre presto a que la legalidad vigente de ninguna manera fuese rota.
Después de larga disquisición y tras debatir las dudas presentadas por el señor Cura-Párroco, el señor Maestro de Primera Enseñanza y otros próceres distinguidos de la villa, el señor Procurador de los tribunales de Justicia llegó a la conclusión de que sí era posible la celebración de un referéndum ya que si por un lado existía el derecho inalienable de Enrique-Desiderio a decidir sobre su futuro personal, por el otro, estaba el derecho de la ciudadanía al mantenimiento dentro del Catálogo de Bienes Culturales Bermejinos de un rostro único e irrepetible, según aserto del señor Veterinario de Villa Bermeja, ratificado por el señor Practicante en ausencia del Médico de Familia.
-Además, propuso don Dimas, el dueño de la pensión, podríamos conceder una ayuda económica compensatoria a don Enrique-Desiderio por tener el detalle hacia sus paisanos de hacer dejación de sus derechos constitucionales en beneficio comunitario...
-Hasta seis mil euros, podríamos llegar a reunir en una colecta a realizar entre los distintos locales dedicados al ramo de hostelería y comercio –afirmó don Dionisio, el dueño de la taberna “La Uva”.
-Y como de todos es sabido –ratificó el señor Juez de Paz- que hasta este momento, nuestro vecino, el señor Enrique-Desiderio, nunca ha tenido contratiempo alguno en su discurrir por la vida local, pensamos, por consiguiente, que no hay motivo alguno para que el pueblo se vea obligado a desistir de un bien propio de la comunidad por el simple egoísmo de un solo ciudadano...
Llegados a este punto, el señor Alcalde decidió interrumpir el debate y proceder a la puesta en marcha de lo que allí se había decidido.
Lo primero, sería, en atención a sus derechos ciudadanos, comunicar a Enrique-Desiderio la decisión tomada para, después, elevarla al Pleno Municipal y que éste procediese a fijar fecha de la consulta y pregunta a realizar...
Así pues, la comitiva de hombres insignes de Villa Bermeja, emprendió la expedición en dirección al domicilio del “Ilustre Ciudadano Enrique-Desiderio” –que así sería designado desde este momento.
Llegados hasta su domicilio, salió la madre de nuestro querido amigo a recibir a la comitiva que, encabezada por el señor Cura-Párroco, que esta vez había aceptado el noble cargo de portavoz de los hombres insignes de la villa, entró hasta el salón de la casa.
Fue allí donde lucieron como nunca las dotes oratorias de don Gerundio, el Párroco. Tras sus palabras, plenas de donaire y certeza jurídica y social, tomó la palabra el señor Alcalde para informar a nuestro querido amigo de la decisión de compensarle con una cantidad aproximada de seis mil euros si, una vez celebrado el referéndum y tras el previsible triunfo del NO a los deseos de Desiderio, este aceptaba el resultado renunciando a recurrir a instancias superiores...
Enrique-Desiderio permaneció mudo e impasible durante los discursos protocolarios del señor Cura-Párroco don Gerundio y del señor Alcalde. Sólo al llegar a la parte final del discurso de éste último, allí donde, curiosamente, hablaba de la cantidad de seis mil euros, empezó a reaccionar: en ese preciso instante, su rostro comenzó a experimentar una extraña mutación, sus músculos se contrajeron en una expresión horripilante que desembocó en...
UNA ESPLÉNDIDA SONRISA
...
 
 Manuel Cubero



POR AQUELLA CASA…por SUSANA FALCÓN


El tiempo pasó por aquella casa como salvaje marea en noches de extravío, limpiando los rincones, llevándose a su paso las tristezas encarnadas. Solo quedó de aquella morada solitaria, risas que salieron de festejo por tantas ventanas, nacimientos celebrados, suaves melodías o  silencios acongojados por sus muertos.
La circundan ahora patios estrechados, de raquíticos pastos, árboles desgajados, y en los canteros marchitos se adivinan historias que en otro tiempo reflejaron sus espacios.
La vida pasó por zaguanes ahora fríos y desnudos, por esa escalera de piedra que llevaba al mirador. Rotos ahora esos peldaños en el olvido, como evitando llegar a lo más alto para no encontrarse con aquel cielo fiel. Corredores, salas, pasadizos, estaban destinados para latir de gozo o espiar los amores escondidos en balcones somnolientos por donde se colaba la vida.
Ahora cuelgan sus ventanas agobiadas de abandono. Cuando las mece el viento, sus chirridos parecen letanías que aún quedaron atrapadas en sus evocaciones.
Sus paredes descascaradas muestran la silueta mustia de aquella casa. Sólo se oyen los vagos rumores de criaturas que invadieron sus entrañas. Sonido que estremece al caminante desprevenido que por allí pasa.
Ya no crepitan los leños en la estufa, ni brilla la lumbre en el hogar. Se diluyen aromas de infancias entre los rancios olores esparcidos. Aislada del mundo, abandonada sin remedio.
Queda la casa, apacible y orgullosa, aún en su decrepitud, desconsolada por los vientos de los páramos lejanos. Se niega a ser vencida. Es su manera de rendir homenaje a todos los espíritus nobles que eligieron habitarla.


FINAL DE ACTO por MARTÍN BLASCO
                                                                                                             "Ex abundantia cordis os loquitur"
("La boca habla por abundancia del corazón")
Mateo. Cap. 12 -Vers. 34
In memoriam. Roberto González


Fue cuando levantó el vaso e hizo un sorbo de la bebida espumosa. Con una mirada lejana, esquiva, que la posó en un objeto que adorna la mesita del living del departamento que visita. Humo, masa amorfa, nebulosa y confió finalmente sus pensamientos al único cuadro de manos abiertas que dominó la escenografía de siempre. Se planteó nuevamente si aún persistía un motivo válido para continuar justificando allí su presencia, visitando a ése muchacho de su misma edad y cuya amistad databa de varios años. Unidos por los lazos comunes de la afición a aquellas pequeñas orquestas de negros donde abundaban clarinetes, saxofones, trombones, trompetas, pianos, baterías y guitarras. Ferviente participante de conversaciones trasnochadas en torno a historias rescatadas en revistas especializadas, cassettes, discos de vinilo y compactos. De recorridas por los estudios de algunas emisoras de radio, difundiendo y hablando de eso que les apasionaba tanto. Cuando junto a Maxi, Cacho y el flaco, observaban desde las ventanas de
"Birdland" como se desperezaba un nuevo día en la plaza de enfrente. Aún con el exiguo consuelo del whisky en algunos vasos, cervezas y cenizas de cigarrillos dispersas por la mesa. Y prontamente todo aquello pareció disiparse, escurrirse por las alcantarillas de una armonía compartida. Llegaron los excesos, los vicios, andanzas y negocios de su amigo con gente desconocida. Compañías que incidieron en la relación con sus más próximos, evidenciado en actitudes más groseras y agresivas. De que su boca hablaba demostrando lo que tenía en su corazón. Parecía que aquel vínculo fraterno empezaba a resquebrajarse.
Con el transcurrir de los meses la austera vivienda que visita se había colmado de muebles y electrodomésticos nuevos, desde los considerados de primera necesidad hasta los de un relativo lujo. Todo distribuido por el living, el breve pasillo, la cocina, el baño y el dormitorio. A ésta inversión debían añadirse detalles como recambios de llaves de luz, varillas protectoras de cables, spots, entre otros. Cuestión difícil de entender si se tenía en cuenta que su pareja poseía un modesto sueldo mensual en la revista donde trabajaba como fotógrafa. Él se ocupaba de actividades que se aproximaban más a lo provisorio sin lograr tener nunca un puesto laboral estable. Del dinero de su mujer se dividían los montos destinados al alquiler del inmueble, a la compra de los comestibles y a otros vicios de los que ambos participaban. Esto último ocurría cuando llegaba algún conocido y la recepción se extendía hasta las horas avanzadas de un nuevo día. Quizás sin percatarse del paso del tiempo exterior, ya que en el interior todo parecía avanzar lentamente. Algo aún no cerraba.
Y la mirada lejana del anfitrión se fugó del rostro del visitante hasta la pared enteramente blanca, para ir al vaso, que alcanzó y alzó, durante la breve pausa que imprevistamente se instaló en la conversación. Silencio que pudo llegar a ser intolerable para cualquiera de ellos si continuaba prolongándose. Sólo interrumpido por el casi persistente ruido del tránsito de vehículos y de peatones que se filtra por la única ventana parcialmente abierta del reducido living que da a la calle. Más allá cae perezosamente la tarde por el relieve caprichoso de las montañas del oeste. Puede divisarse también un trozo de las vigas de la inconclusa construcción de la casa de enfrente. Un vecindario situado a aproximadamente diez cuadras del centro de una ciudad en expansión y que revela a sus moradores de clase social media y media-baja en sus trajines cotidianos. A dos cuadras de una plaza descuidada casi todo el año, especialmente en el mes de enero, cuando arrecian las lluvias veraniegas que provocan la rápida crecida de pastos. Añadida a la diseminación de basura fuera de sus escasos cestos.



EL LEÓN DE NEMEA por MANUEL CUBERO URBANO



Hay que ver estos aedas cómo la liaba. Yo no he visto en mi vida una gente tan exagerada como mis colegas griegos. Me salió la palabreja, aeda… Ustedes saben lo que es un aeda, ¿no?... Pues claro, acertaron, un juglar griego de aquel tiempo. Miren ustedes, el León de Nemea era un pedazo de fiera terrible. Y luego, que si la piel, que si tal… Mentira. Si lo sabré yo, que me lo contó mi abuelo. Y mi abuelo no era un zoquete. Miren ustedes si sería bueno que hasta llegó a actuar en un teatro del centro de Madrid. Bueno, a lo que íbamos.
El León ese, una fiera sí que era, malo para dar y repartir, pero una fiera de dos patas, vaya. Eso sí, tenía la cara más dura que el cemento. Hijo del gobernador de Nemea, y nieto de todo un señor que pertenecía a la gerusía de esta ciudad. Pero él… qué quieren que les diga. Él, León, era un sinvergüenza con más cara que espalda.
Siendo todavía un chaval montó una empresa pública. Suministros y Armas León S. A. (SALSA) se llamaba. Y como eso de la prevaricación es más viejo que la Tana, ahí tenemos al señorito León metido en negocios oficiales sacando tajada de sus relaciones familiares. En menos que canta un gallo se hizo con el monopolio de suministros varios al ejército de Nemea.
Pero, como decía mi abuelo, la ambición rompe el saco. Quiso mojar demasiado pan en la SALSA, y le lució el pelo. Primero fueron los viajes de negocios a Atenas. Después, como no andaba escaso de dinero, ni de tiempo libre, le dio por visitar todo el mundo conocido. Dicho en plata, todo el Mediterráneo… Con decirles que en uno de esos viajes llegó hasta la vieja Gades, donde asistió a un par de novilladas en las que triunfó Chiquito de Erytheia, ya está todo dicho.
Resumiendo, León era la antítesis de Hércules. Éste, un tipo serio, responsable y dedicado en cuerpo y alma a su pueblo, sólo vivía para el trabajo y no entendía eso de que trabajar fuese considerado un castigo.
Mientras, la crisis económica de turno se cebaba, como en la actualidad, en los que no tenían culpa. Incluido el ejército de Nemea. Ciento dos bajas exactamente. Ciento dos muertos de hambre, hablando claro. El contenido de las raciones de alimentos, suministradas por SALSA, disminuyó en la misma proporción que aumentó su precio. Y hablando de las armas suministradas, baste decir que, afortunadamente para Nemea, los ejércitos de las ciudades limítrofes también eran abastecidos por SALSA. La calidad de las aleaciones bajó hasta niveles ridículos. Por ponerles un ejemplo, las ruedas de los carros. Las puñeteras saltaban hechas añicos ante la primera piedra que se cruzaba en su camino.
Como en toda crisis que se precie el dinero desapareció en la misma dirección en la que desaparece en las crisis actuales, los lupanares, baños y tabernas de lujo de lugares como Santorini, Capri, y demás paraísos no se enteraron de la crisis. Y Gades menos aún. Al contrario, cuentan que las danzarinas gaditanas vivieron los mejores tiempos de su historia. Tanto que un dios, envidioso de la buena vida de los gaditanos, lanzó sobre esta ciudad una maldición que, según los profetas, un par de milenios después haría de ella la capital mundial del desempleo.
En ese ambiente se movió León, hasta que se hizo realidad aquello de que tanto va el cántaro a la fuente que al fin se rompe. Y se rompió en Micenas. Gozando de sus lucrativos negocios en esta ciudad, no pudo tener peor idea que olvidarse de pagar los impuestos. Y eso era tocarle las narices y el bolsillo al gobierno. Para su desgracia, Euristeo, rey de Micenas, era primo de Hércules, nuestro héroe.
Temiendo convertirse en el primer gobernante que caía víctima de una crisis económica, Euristeo ordenó a su primo acabar con León. Aunque algunos malpensados opinan que los tiros podían ir por otro lado, pues al rey no se le ocurrió mejor idea que entregarle un arco con sus flechas correspondientes y una espada de bronce fabricadas precisamente por SALSA. Con un poco de suerte mataría dos pájaros de un tiro si los hados se mostraban favorables y las armas respondían a la calidad de la marca.
Y ahí tenemos a Hércules persiguiendo a León por toda la Hélade. Poco faltó para que el enfrentamiento respondiese a los sueños reales. El arco se rompió nada más tensarlo por primera vez, lo que obligó al héroe a usar la espada. Instantes después de desenvainarla se partió en dos apenas rozó el escudo de su oponente. Menos mal que un oso a su lado era una hormiguita laboriosa. De un manotazo, Hércules arrancó una rama del primer olivo que alcanzó y la emprendió a garrotazo limpio con León.
La cosa se quedó ahí porque, en un descuido de nuestro héroe, León logró convertirse en lagartija y se escurrió por una rendija camino del infierno. Dicen los aedas que nunca más se supo de él. Fue tal el esfuerzo realizado por Hércules que los criados de león huyeron despavoridos tanto por el miedo al vencedor como al pestazo que emanaba su sobaquera. Asquito daba nada más verlo. Aprovechando que el palacio de León estaba a dos pasos, Hércules entró a asearse un poco y, de camino, cambiarse de ropa y librarse de las moscas que habían acudido al aroma que flotaba a su alrededor. Una vez aseado no encontró mejor cosa para vestirse luego que una hermosa armadura que León había dejado abandonada. Vestido con ella, su presencia resultaba tan aterradora que al verlo de esta guisa, Euristeo se acobardó pensando la que se le podía venir encima si mosqueaba a nuestro héroe. Así que a partir de entonces le prohibió acercarse a menos de diez pies. Para terminar el relato de este trabajo, y en confianza, les diré que es cierto eso que cuentan los aedas de que Euristeo se escondía en una tinaja de bronce cada vez que su primo venía a palacio. Pero hay algo más, tanta aprensión pasaba el rey cuando su primo visitaba palacio que, para acallar sus miedos, se bebía una tinaja enterita de néctar de uva. Para entendernos, cuando Hércules se acercaba a palacio, el griego cogía una turca de las que hacen época.


© Manuel Cubero Urbano

LA MUSA INESPERADA por MYRIAM JARA


Lloro de impotencia, tengo que escribir, me lo exige el editor, me lo exijo yo misma. Fijo los ojos en la pantalla, allí está la maldita hoja en blanco del Word…Voy a encender un cigarrillo, me ayuda, sí, al menos calma mi ansiedad, mi angustia por esta incapacidad de volcar una sóla idea, una, al menos una, luego vomitaré compulsivamente esas palabras que se irán encadenando para conseguir mi propósito ¿Mis cigarrillos? ¿Dónde los dejé? Siempre están en mi escritorio ¡Pero todo me sale mal hoy! Ah, que día insufrible ¿Qué más me puede pasar? ¡Necesito un cigarrillo, joder! Sin él en mis labios la musa no vendrá, lo sé. Acá está el atado…vacío como mi mente, ni un infame cigarrillo…Voy a comprar, llueve y hace frío pero yo necesito fumar.
No puedo esperar el ascensor, hoy no tengo paciencia, mejor bajo por las escaleras ¿Quién habrá sido el idiota que dejó la puerta abierta? ¡Maldición!
-Buen día, Antonio ¿Qué pasa? ¿A qué se debe ese amontonamiento de gente y todos esos gritos?
-Un accidente espantoso, Myriam, no mires, es horrible.
-Bah, no me extraña, hoy no estoy pasando por mi mejor momento, ya nada puede sorprenderme ¡Una línea, Antonio, sólo una línea y listo! Pero no, ni una. Voy a curiosear, hasta luego.
- Si usted quiere…Con lo que vi tuve suficiente. Hasta luego.
DIOS ¿Cómo sucedió? ¿Por qué? Es tan joven, un chiquillo…
“ El rostro del ángel se cubrió de sangre, sangre que mancha la vereda, sangre que ensucia el alma de los que miran con indiferencia más él, con los ojos abiertos ha dejado de ver…”
Ya tengo mis primeras palabras pero…no puedo seguir… Muerte, musa que me acosa… ¡Muerte no quiero tus versos, no los quiero! Pero debo escribir, me lo exige el editor…

MYRIAM JARA

ME LLAMAN FE por SUSANA FALCÓN
Se dice que la Fe mueve montañas, la Fe es ciega, la Fe lo puede todo.
La pregunta es: en todas las circunstancias de la vida?
Crecemos amparados por esa lógica de la Fe, que nos ayuda a transitar los momentos constantes del vivir. 
Mientras recorremos ese camino, vamos adquiriendo experiencia y abrumadores choques existenciales, cuando contabilizamos años, alegrías, sinsabores y dolores profundos, tu universo cambia, se transforma, y vos con él.
Y te das cuenta entonces que eso que llaman Fe…SOS VOS MISMO… solo vos.
Convertido en el artífice de mover montañas, de ser ciego ante cualquier elección personal, o creer que lo puedes todo… o no…
Cuando aparecen las preguntas sobre la muerte, descubrís que se nutre de tus pensamientos, trascender?, ir hacia otro plano?, el temor ante ese evento?, la negación a la ausencia definitiva tuya o de tus afectos?
Cuando sucede,desapareces, eso es todo,  ni el libro, ni la calle con tu nombre, ni la sangre generacional, simplemente desapareces.
 No generalizo, expongo hechos solamente. Es mi pensamiento.
Mi padre decía una frase que para mí lo resume todo, “Pobres lo que se van, porque los que quedan, entre lágrimas y sonrisas…”
Y es así, se sigue con la vida.
El recuerdo pasa a ser efímero en su accionar.
Cuando la muerte te arrebata un ser, es definida, cuando la vida te despoja de un amor que se va, es también una manera de muerte definitiva, cuando la muerte llega sesgando una joven vida, es más definitiva aún.
Es en esas circunstancias es donde para uno, o para mí, no existe la Fe, no existe Dios, no existe el consuelo,menos las palabras...necesitas solo el silencio.
Ese dolor negro que casi no te permite respirar, te sumerge en una gran nada ,cuando esa negrura se apiada de vos y te regala un resquicio de luz para ascender… o no…, entonces nuevamente al aferrarte a la existencia, sos nuevamente tu propia Fe, VOS. Y de nuevo el mundo gira.
Evolucionamos, y en el camino vamos desarmando el andamiaje que estructuró nuestra mente con diferentes esloganes que nos inculcaron desde nuestra niñez y adolescencia: BUENO-MALO, CIELO-INFIERNO, VIRTUD-PECADO, DESCREER-FE.
Comienzas a diferenciar y a sostener tus propias reglas y en lo cotidiano integras lo bueno y lo malo como un todo, modelàs tu propio cielo y lo adornas con lo que tienes ganas, con un Ser supremo, o lo dejas desierto y es simplemente tu cielo vasto.
Y parís tu propio infierno con esa fibra tortuosa que tenemos todos, pero es tu infierno sin fuego, no quema, te regenera en su caos, al pecado lo transformas de una palabra nefasta, en goce, sexo, felicidad, amor, sensualidad, sentimientos plenos. Ahí tenès tu virtud-pecado enaltecido por vos.
(Yo amo la palabra pecado, me hace sentir INTENSA…)
Regresamos al significado de la Fe, creo o no, la tengo o la repudio.
Al reflejarte en tu yo más profundo, al ser tu lucha constante con él porque eso es la vida, ahí habita la Fe, o como quieras llamarla, resurgiendo siempre...Vos le das existencia…
SUSANA FALCÓN

LA CAMPANA Y EL ESQUILÓN



Don Juan, el párroco de Villabermeja, no era precisamente un cura joven. Y, si me apuran ustedes, tampoco diremos que su sabiduría esté avalada por tales o cuales títulos expedidos por la Universidad Pontificia de Roma.

No obstante, hemos de reconocer que, entradito en años, era lo suficientemente sabio como para defenderse del mismísimo Diablo, y lo bastante discreto como para no darle a su capa sacerdotal más vuelos de los necesarios. Y como, sin perder la concisión, su lengua tenía una cierta y destacable agilidad, la gente del pueblo hacía tiempo que cayó bajo los encantos de la palabra justa, sentida y verdadera de su párroco, encantos que, por cierto, también alcanzaron a los pueblos vecinos. 
De tal manera se extendió su fama por la comarca que no hubo acto, fuese religioso o cultural, que careciese de la presencia de don Juan un acertado protagonista. Si el Concejal de Cultura organizaba un seminario sobre el patrimonio cultural de la villa: allá estaba don Juan recibiendo el encargo de hacer la pertinente presentación a la prensa, y público en general, del citado evento. 
Si de una celebración religiosa se trataba, su presencia ya era cuestión obligada. Pero, a todo esto, lo mejor era que don Juan nunca habló un segundo de más: su fama de hombre de pocas pero acertadísimas palabras, la resumía don Francisco, el maestro, de esta manera:
-Cuando habla don Juan dan las doce.
Dicho para entendernos: las palabras de nuestro viejo párroco siempre daban en la diana. Y como es más fácil encontrar un envidioso que un santo, Alamillo, el pueblo vecino y rival de Villabermeja, más de una vez pensó ver crecer entre sus muros, por aquello de los celos, a algún que otro “nuevo don Juan”. De entre ellos, el más destacado era don Ramón, un curita joven, recién salido del seminario. Éste, envidioso de la fama de don Juan, dio en convertirse en su émulo más brillante.
Si el señor alcalde de Alamillo hubiese sido un hombre sensato, posiblemente no hubiese sucedido nada, y el bueno de don Ramón hubiese consumido una larga y templada carrera profesional llegando a alcanzar, con el tiempo, el grado de párroco en la cabecera de la comarca, pues Dios no le dio luces para mucho más. Pero los celos y la ambición pudieron más que la prudencia. Ante la posibilidad de humillar al pueblo vecino, humillación que, convenientemente manejada, sería más que suficiente para lograr una holgada reelección en las próximas elecciones municipales, don Simón, el alcalde de Alamillo, decidió echar toda la carne en el asador y apostar por el encumbramiento al pináculo de la oratoria del joven don Ramón.
No tuvo inconveniente el curita en vestir a la moda local -pantalón de pana y gorra clavada hasta las cejas- para introducirse subrepticiamente entre los parroquianos bermejinos y, de esa manera, conocer las dotes y recursos oratorios de su rival. Después de asistir varios domingos consecutivos a las misas de don Juan, nuestro aprendiz de orador llegó a la conclusión de que alguien, desconfiado ante su posible ascenso en el escalafón sacerdotal, había hecho partícipe de sus intenciones al viejo párroco, pues de otro modo no entendía cómo éste se limitó, en sus intervenciones dominicales, a unas brevísimas y precisas homilías que, por cierto, hacían las delicias de sus feligreses.
Sorprendido don Ramón ante la brevedad y concisión de la oratoria de don Juan, decidió afrontar directamente el asunto y plantar cara a su rival sin ningún tipo de subterfugios. El domingo siguiente, una vez concluido el oficio religioso, don Ramón se dirigió a la sacristía detrás del párroco. Don Juan se quedó mirándolo. Adivinando por la tirilla que se trataba de un colega, lo saludó amablemente:
-Hola, muchacho –le dijo-, ¿acierto si digo que debes de ser el nuevo cura de Alamillo?
-Si, padre. Y, habiendo oído hablar de su fama de predicador, he venido a saludarlo deseoso de aprender de su maestría.
-Je, je. Habladurías, hijo, habladurías… la gente que me quiere bien. Pero… ahora que me fijo… ¿Tú no has venido a mis misas tres o cuatro veces últimamente?
Si en aquel momento la tierra se hubiese abierto, y se hubiese tragado a don Ramón enterito, con chaqueta y todo, el curita habría sido el hombre más feliz del mundo.
-Cierto, padre -confesó, rojo como la grana-. Es que no quería molestarlo y, atraído por su fama, quise conocer sus afamadísimas dotes de orador.
-Pues ya has visto, hijo: sencillez y pocas palabras. He ahí el secreto.
Y como no era cosa de insistir más en algo que ya había comprobado, don Ramón se volvió para Alamillo eufórico ante su más que previsible triunfo en materia de oratoria sagrada.
Aquella fue la semana más larga de su vida. Los días se le hacían años esperando la llegada del próximo domingo, día del santo patrón de Alamillo. Aquella sería una fecha señalada en los anales religiosos del pueblo: el triunfo de un cura del pueblo frente al de Villabermeja.
-¿Quién me iba a decir que yo, un humilde sacerdote recién salido del seminario, me iba a convertir en el vengador de mi pueblo frente a esos soberbios bermejinos? –preguntó a su madre.
-Hijo… no vendas la piel del zorro antes de cazarlo… -interrumpió su abuelo que, curtido en mil batallas, no acababa de fiarse de las cualidades de su nieto. 
Y llegó el día soñado… Según cuenta la gente, en la iglesia no cabía un alfiler: todas las fuerzas vivas de Alamillo, incluidos los niños de pecho, estaban presentes en el oficio religioso. Cuando llegó la hora de la homilía, un silencio sepulcral se apoderó del templo. Hasta las moscas frenaron su vuelo, sobrecogidas y temerosas de romper la quietud del aire. Don Ramón subió al púlpito, miró desafiante a la numerosa parroquia allí presente y, después de carraspear ligeramente, habló:
-Recordando las palabras de Cristo en la cruz, yo os digo: alamilleños, he ahí a vuestro patrón. Santo patrón, he ahí a vuestros hijos.
Y abandonó el púlpito orgulloso de su brevísima grandilocuencia. Al llegar a casa, el abuelo, que lo esperaba junto al dintel de la puerta sentenció:
-¿Has leído la fábula de “La campana y el esquilón”? Pues no olvides su final: hay gentes que “dígnanse rara vez de desplegar sus labios / y con esto creen que imitan a los sabios”. Ah, y como en este pobre mundo hay muchos esquilones y pocas campanas… recuerda que, pobre de ti, tienes más de lo primero que de lo segundo.

MANUEL CUBERO URBANO


UNA PÁGINA DEL TIEMPO por MARTÍN BLASCO


Ocurrió como tantas otras veces en que la nostalgia nos asalta. En un instante, en un paseo, en un movimiento. Puede ocurrir en el transcurso de un viaje en tren, durante un diálogo entre amigos en una noche gastada o también por expreso pedido de un docente.
Lo cierto es que resulta difícil despegarse de las imágenes de un tiempo ido, especialmente de los buenos momentos compartidos con amigos y cuando las responsabilidades eran menores.
Bastó acatar la consigna del profesor de cerrar los ojos en clase, para ver retazos de una adolescencia pasada.  Como una sucesión de imágenes proyectadas en la sala de un cine, vi al autor de este relato, a mí mismo, en diversas circunstancias de la época en que cursaba la secundaria. Fotogramas casi difusos que exhibían momentos cotidianos impregnados de libertad, despreocupación y sueños.
Aquellas imágenes teñidas de un leve color azulino, me encontraban acompañado por algunos de mis ex compañeros de estudio en la calesita de una plaza, en el camping de un balneario municipal o bebiendo cervezas en compañía de la música.
La voz característica de un famoso cantante norteamericano de la década de los ochenta parecía advertirme al oído sobre el paso inexorable del tiempo. Se filtraban los retazos de una canción en la que decía:
Hey, take a look at this picture, Can you believe that was you?
And who's that standin' there in the corner? Not me!
Ah, the crazy things we used to do.
(Hey, mira esta fotografía. ¿Podés creer que ese eras vos?
¿Y quién está parado ahí en la esquina. ¡No soy yo!
Ah! Las cosas locas que solíamos hacer)
Esa melodía parecía endulzar aquellos momentos. Como una brisa primaveral con perfume a jazmín que nos acariciaba a un grupo de estudiantes caminando sin rumbo, en una mañana cualquiera.

MARTÍN BLASCO



LA CARICIA por MYRIAM JARA


Mientras observo tu rostro pasivo, mis dedos recorren tus cabellos, apreciando, en esa dócil caricia, la exquisitez de tu pelo. Siempre tan presumida ¡Mirá que llegar a los setenta y dos años con ese impecable color castaño! Lo cierto es que te estoy acariciando y no protestás; claro, no podés, te la tenés que aguantar y yo me complazco ¿Sabés que pasa, mamá? Yo siempre quise acariciarte pero vos no te dejabas, decías que estropeaba tu peinado. No te entiendo; nunca te entendí. A mí me hubiera gustado que me acariciaras, pero no pudiste ¡Si supieras cuánto me marcaste con tu rechazo! Todos estos años anduve por la vida buscando la caricia, pero no cualquiera ¿Eh? De ésas encontré muchas; mi piel emanaba el anhelo de una caricia, mi mirada dejaba al descubierto las carencias contenidas, mi voz imploraba la caricia que vos me negabas pero no era lo mismo; yo quería la tuya, la que se da desde las entrañas y ésa sólo podías dármela vos pero nunca la hallé. Eso sí, yo jamás me privé de acariciar a nadie porque sabía del valor de una caricia. A vos no; no te dejabas, ché. De todos modos, no te odio. Y sí, bronca tuve y mucha…pero odio, no, no te odié ¡Tantas veces me cuestioné si no habría sido yo la responsable! Hice terapia, incluso pero no pude llegar al nudo. Entonces comencé a peregrinar el camino del permiso y el perdón; permiso para respirar, perdón por vivir ¿Qué cruel, no? Porque mirá que es un camino duro de andar. Dicen que hay un lazo invisible pero muy fuerte que no se fragmenta nunca sino hasta que uno de los dos muere, la madre o el hijo. Te tocó a vos, vieja; así es la vida, es lo que se espera ¿Verdad? Yo me quedo con mi bronca, con mis resentimientos agolpados en lo sombrío de mi corazón, fluyendo por mi sangre hacia cada recoveco de mis órganos; me quedo con la sensación de ser una mal parida pero al menos tengo tiempo para remediarlo ahora que te fuiste para siempre; el sabor áspero de la caricia negada se va con vos, con vos que “ya fuiste” como dicen los pibes de hoy. Comete el amor que me negaste, jodete, se acabó el tiempo de reparaciones, no podés corregir nada, te llevás la culpa y la rabia porque ustedes, los viejos, cuando se preparan para caminar los últimos metros, quieren ser reconocidos, convertirse en mártires, dejar un tendal de lágrimas derramadas tras el féretro. Pero yo no voy a llorar; me voy a reír, de vos, de mí, de tu patético narcisismo, de lo que fuiste y ya no sos. No voy a volver a pedir perdón ni permiso; no estás más para decirme cómo debo comportarme, para juzgarme, para avasallarme ¿Y… sabés qué? Me voy a guardar todas las caricias que tengo acumuladas en las manos, no voy a regalar una más, voy a tomar tu legado, voy a pensar únicamente en mí… Pero…no te vayas, no me dejes…necesito que me expliques, que me pidas perdón, que seas vos la que empape mi mortaja con tus lágrimas, que asistas a mi inhumación, que presidas mi cortejo. No puedo vivir sin vos ¿Y si nos vamos juntas? ¿Y si lo seguimos en el más allá y lo solucionamos de una buena vez? Vos me enseñaste que no se deben dejar cuestiones pendientes, que hay que plantarse ante los problemas aunque el desánimo nos impida conservar los ojos abiertos, cumplir con el deber; todo eso me impusiste y no voy a defraudarte ahora que tu misión llegó a su fin. No me puedo quedar con la carga de lo inconcluso. Esperame, mamá, voy con vos.
La detonación irrumpió el susurro de los presentes. Las paredes salpicadas, la cabeza de Daniela destrozada y caída sobre el pecho de su madre, el revolver humeando en la mano derecha y los dedos de la izquierda enredando el cabello color caoba. Unidas por primera vez…

MYRIAM JARA

CICLOS…por SUSANA FALCÓN


Llueve… Y mi nostalgia se acompasa a su encanto…
Cuántas lluvias he sentido repiquetear sobre mi techo, tantas he visto acariciando las lunas de mis ventanas… Hoy, sentada en el mismo sillón, la vuelvo a percibir…y  rejuvenece  mi alma y se miman  los recuerdos…mientras voy caminando la vida, van quedando retazos de ella en cada experiencia conmovida, un pedacito de mi esencia  se va despojando silenciosamente, en  aquel amor que no fue, en la risa de ese momento intenso de felicidad, en las lágrimas escapadas que mojaban las mejillas…cuando parí los hijos, cuando los vi partir…
Vuelve a llover… y junto a ella evoco…, regenero la vida… y nos amalgamamos de nuevo, intentando volver con la memoria a cada lugar donde algo de mí se quedó… en la exuberancia de las pasiones, en lo intenso de las emociones, o en la audacia de los riesgos…, y por ello, como una ofrenda, me dio placer dejar siempre, algo del corazón…
Desde mi sillón, siento la lluvia, y ella tiene la cadencia de mis pasos retumbando aún por las veredas… huellas imborrables de mi marca por mi historia…intensa, desbordante, dolorosa, sosegada…
Cuántas tempestades recreando la existencia… o primaveras… o el dorado otoño con las hojas crujiendo en el camino…el deleite del invierno con el frío arañando mis cachetes… los leños crepitando en el hogar, calor reconfortando mi cuerpo… llamas ardientes reflejando mi rostro… rostro hendido de arrugas inolvidables…
Cuántas añoranzas se mezclan en su chapoteo…y sigo disfrutando lo maravilloso de esos ciclos, permitiéndole a mi alma despojarse cada vez…
Atesorando mi centro, me acomodo en mi sillón y una vez más me deleito y me dejo adormecer con el arrullo de sus gotas primitivas renovando mi espíritu…
Cuántas lluvias he sentido…, cuánta vida voy vibrando… dejando que se lleve lo que quiera consigo….
       
SUSANA FALCÓN


NARRATIVA DE AGOSTO/2012


PORQUE NUNCA FUE por MYRIAM JARA


Toda una vida prometida; amor eterno, pasión desenfrenada, horas, semanas, meses que fueron construyendo esa morada, albergue, refugio de enamorados. Ella lo esperaba cada mañana con una sonrisa y el desayuno preparado y él se dejaba mimar porque le hacía bien sentirse amado por esa menuda y bella mujercita que había dejado todo por él. Su familia, sus amigos, su propia vida fue pospuesta en beneficio de ese moreno, alto, bello, de labios dulces, de palabras tiernas, de fuego en las entrañas que la remontaban al cielo. Fue esa mañana en que él descubrió una lágrima en el rostro de ella ¿Cómo era posible que esa niña tan alegre tuviera alguna pena? No lo pudo soportar. Un segundo, sólo un segundo bastó para pegar un portazo y huir de ese lugar habitado por un fantasma del pasado…

MYRIAM JARA
 LLama por ALBA PARRA



Jamás pensé que fuera tan difícil verte y no poder tenerte.
Luché por ti hasta el último día, me dejé la piel en cada intento al verte, pasar a tu vera ,oler tu piel, tu pelo, el sentir que tus ojos se cruzan con los míos aunque solo sea un instante, me deje la vida en ello hasta el final.
Sentirte como la musa de mis poemas, la madre de mis sentimientos, el placer de mis fantasías y hasta el vicio de mis obsesiones.
¿Cuántos amores habrás dejado a lo largo del camino desolados como el mío? Dime si acaso no es digno de recordar aquellos tiempos de gloria donde tú y yo éramos una sola persona, nos sobraba la piel cuando estábamos juntas. Mi nombre entonaba tintes eróticos si salían de tus labios, aquellos con los que siempre soñé. Tus ojos  tan bellos y expresivos, me desnudaban con la mirada al pasar junto a mí, esas manos grandes y delicadas que me tocaban de una manera especial , conseguías llevarme al séptimo cielo solo con rozar mi piel.
 Le escribo al amor desvalido , ese que jamás se consumió, siempre quedará en la eternidad como una llama ardiente, la única que nadie sopló, el único soplo de vida que guardaré por siempre en mi corazón.

ALBA PARRA

  ESPLÍN… por SUSANA FALCÓN



Ella,  a veces siente que la piel se le desprende extrañando, huyendo; como buscando seducciones nuevas,  revitalizadoras que la salven de antiguas pasiones encarnadas y ya frías, agonizantes, lastimando sus entrañas agobiadas, muriendo lentamente en su tiempo despojado, ausente, irreparable… Tiempo que  pasa a su lado como si no fuera el de ella; como si no pasara para ella pero es el de siempre. Ese que no se detiene nunca, el que el reloj marca día a día y que lo visualiza en sus manos manchadas, en la piel gastada, en el dolor del alma.
Para siempre, para siempre se va y en el sin retorno, se va llevando de ella, todo o ¿nada?
Caparazón de una vida entera y debajo de eso, ¿que? Siempre la desesperada búsqueda de sostenes emocionales para seguir aferrada y no caer en esa espiral mareante, agónica, desapasionada y helada de tanto desamparo.
Como único cobijo, se aferra a la noche; amante silenciosa, inalterable, protectora, fiel.
Ruega que se quede, que no transcurra, que no amanezca. Miedo de la luz de la madrugada que la quiebra en su realidad; con un tiempo que se va de nuevo y otra vez la sensación de estar ajada, seca, esperando una vez más, ¿que?…
Las cinco de la mañana la encuentra despierta y otra vez las cinco de la mañana y otra vez y otra vez… Sin reparos también la abandona y sigue su curso…
En su desnudez de alborada, envuelta en su atavío de palabras, las esconde en su sangre para sentirlas y latir con ellas. Último vestigio que la ayuda a respirar en sus desgarrados quebrantos, sus inventadas fantasías de vida.
A veces siente, a veces grita y se abraza a sí misma conteniendo ese vacío eterno.
Ella…

SUSANA FALCÓN





NARRATIVA DE JULIO/2012


¿NO AL ABORTO? por MYRIAM JARA



 Yo te entiendo muchachita, entiendo de tus miedos, entiendo de tus sueños que los piensas truncos, entiendo de la falta de valor para salir adelante con semejante responsabilidad porque sé que no es cosa de jugar a las muñecas. No. Un hijo no es una muñeca, te quitará horas de sueño, te someterá a sus necesidades, te obligará a suspender tus planes, te mantendrá en vilo durante noches de llanto, de fiebre, de resfríos, tal vez, hasta te obligue a alejarte de tu hogar por la incomprensión de tus padres, del noviecito que se marchó porque no te amaba lo suficiente como para sostenerte, hacerse cargo. Sí, yo sé que es duro, porque soy madre y porque lo voy a seguir siendo hasta el día en que cierre los ojos para no volver a abrirlos, pero mientras tenga vida ellos serán mi preocupación aunque ya no mi responsabilidad porque, claro, están mayorcitos, toman sus propias decisiones y yo tengo que respetarlas confiando en que harán lo correcto. Y sí, hacen lo correcto, porque yo se los enseñé, porque prefería no dormir para escucharlos, porque dejaba el gimnasio para ir a la plaza, porque no me podía quedar en la playa tomando sol en la reposera sino pararme a orillas del mar como un guardavidas para no perderlos de vista. Es una tarea agobiante, la teta, los pañales, la papilla que cocinarás con entusiasmo y él la escupirá y tendrás que tener la paciencia de enseñarle a comer. El pediatra una vez al mes, el carnet de vacunación, el ingreso al período escolar con sus aburridas reuniones de padres, correr a confeccionar el disfraz porque tiene que actuar en el acto escolar y no lo podrás disfrutar porque estarás pendiente de la filmadora; los campamentos, controlar que no le falte nada, rogar que vuelva sanito; luego adolescente, soportar que te enfrente y debes medir el "sí y el no" según sea para bien de él y no dependiendo de tus estados de ánimos. La lista es larga, muy larga y pareciera que no tiene fin, y no, claro que no lo tiene porque se casa y te da nietos que también serán tu responsabilidad aunque ya no tanto, es una responsabilidad compartida. Es verdad, si lo piensas te mete miedo, es un ser que dependerá de ti toda su vida, que te restará independencia pero que también te dará muchas satisfacciones, que hará que tu vida sea siempre un camino con obstáculos por saltar, entonces la vejez se demora, los huesos y los músculos, sobre todo el cardíaco, se mantienen activos evitando el infarto o la inhabilitante artrosis, el Alzheimer no te alcanza así nomás porque tendrás que ayudarlo a estudiar, dejarás de ver la película que tenías planeada para sentarte junto a él frente al televisor y controlar que mensajes le están enviando desde el nefasto aparato, observar y conversar. Pero si lo haces, si lo rechazas ¿Podrás algún día perdonártelo? Piensa que la mayoría de las mujeres nacemos siendo madres, por eso jugamos con muñecas, y la que dice no tener el archiconocido instinto materno es porque tiene miedo. Yo te pido que no tengas miedo, que sigas adelante, que no dejes que una cureta arranque la vida que crece dentro tuyo porque ¿Y si mañana cuando tengas edad de ser madre, te cases y quieras tener una familia, te reprochas lo que hiciste? La respuesta seguramente será culparte por haber actuado de Dios, de haber determinado quien tiene derecho a la vida y quien no, como si ése ser que se está gestando fuera un juguete descartable, éste me gusta me lo quedo, éste no me gusta lo tiro. No espero que aceptes mi consejo; como decía mi abuela "El consejo es un vestido pasado de moda", pero espero que no tomes el camino más simple porque es la decisión que probablemente te marque de por vida. Tampoco te pido que seas madre, te pido que le des la oportunidad de dejarlo nacer y si no quieres verlo (mejor no lo veas porque no podrás separarte nunca más de él), si sientes que es un estorbo en tu camino, piensa cuántas mujeres lloran por la frustración de no ser madres. Entrégalo a alguien que le pueda y quiera dar amor, que le ofrezca una buena vida, esa que tú piensas que no puedes darle aunque te digo que la mejor vida es ser amado por quien te parió. Entrégalo, pero no en una bolsa de residuos, a los pies de un árbol o en un conteiner de basura, no le des la vida para dejarlo morir a la intemperie, muerte cruel si las hay. Déjalo en una iglesia, la puerta de una casa, incluso un Shopping donde va la gente "pudiente" pero, por favor, dale la oportunidad de ser.


MYRIAM JARA



LA COMUNICACIÓN INCOMUNICADA por SUSANA FALCÓN

 
 En algún lugar del mapa, casi invisible en su geografía, me encanta imaginar que hay un pueblo que se llama Esperanza, por ejemplo, donde sus calles y sus bares dormitan al sol, mientras el cartero en su calma de relojes sin cuerdas para no marcar el apuro, deposita las cartas en los buzones o en manos propias, llevando a su destinatario millones de palabras de amor, tristes despedidas o encuentros esperados junto a emociones encendidas.
Lo bueno de la imaginación es que nos emancipa a encontrar en los recuerdos, lugares olvidados que creíamos perdidos…o a creer que existe un pueblo en donde el embate de la vida moderna y su tecnología agresiva no lo alcanzó aun.
Esa tecnología que nos maravilla, también nos fue dejando un profundo abismo entre los humanos y una mudéz casi crónica, que casi nos hemos olvidado de lo lindo que era oír las cadencias de las palabras compartidas.
Volvería a mi niñez solo para contestar a las matronas curiosas que siempre querían saber que nos gustaría ser cuando fuéramos grandes… contestarles que no querría  una carrera  profesional de ningún tipo… mi sueño me llevaría a ser una computadora, como la  notebook, por ejemplo… Hoy es la única manera que el hombre te enchufe siempre, te toque, te acaricie, te escriba, te cuente sus secretos, juegue con vos y nunca,nunca, te abandone...
En este loco afán de ser mujeres sensuales y en esa búsqueda constante de romances, hacemos uso y abuso de tratamientos para el rostro, compramos cremas innombrables y carísimas, el cabello es todo un tema, ropa, zapatos, accesorios y mi memoria se agota ya de pensar en tanto más… Y para qué!!!!!!
Recuerdo de épocas lejanas eran aquellas en que el hombre te encaraba para conseguir una cita, hoy te hablan también cuando vas caminando con tu coquetería a cuestas… te hablan si, PERO NO A VOS, NI TE MIRAN, NI TE REGISTRAN, solo van obsesionados con un aparato metido en la oreja con el cual hablan con ese sistema de manos libres, en la otra oreja tienen otro con el cual escuchan 7.569 temas de música, y van felices usando sus deditos para enviar mensajitos por el celu, hablan del dólar, del euro y no sé cuantas transacciones en  Islas remotas… y nos quedamos como idiotas, paradas allí con sonrisas congeladas, porque ya nadie se percata que existimos… pero eso sí, vivís rodeada de propagandas sobre la comunicación y desde que salimos de nuestras casas no articulamos ni una palabra, ni siquiera el colectivero te contesta el saludo…
¿Y de las citas? ¿ Esa que de milagro conseguís?…  Te preguntan por tu vida, y cuando vas a contestar interrumpe el ring tone del celu… amoroso, pide disculpas, y vuelve a comenzar y vuelta a sonar… y así pasamos una hora o dos tartamudeando frases incomprensibles y cuando se va se despide diciendo:  “un gusto charlar con vos”, nos comunicamos, ¿ dale? ¡¡¡COMUNICAMOS!!!  Nos quedamos con un empacho de palabras que no se cura con una tirada de cuerito, nooooo… Si fuéramos a una imprenta seguro editaríamos un libro con todo lo que nos queda atragantado…
En los dormitorios se quedaron olvidados aquellos embates cuerpo a cuerpo, piel a piel, donde la lujuria era nuestro reino, ahora solo lo vivís si sos:  punto com, o algún asterisco doscientos y algo, si  estás en facebook, o tienes twitter, y no sé cuantos más que ni se escribir ni pronunciar, de solo pensarlo siento mareos y caigo en un abismo insondable, mientras miles de aparatitos  me gritan las millones de maneras que tengo de contarle al mundo, que estoy en el baño, de que tamaño la naturaleza me permitió hacerlo, o con que sonido de obertura al universo perfumé…
Los cuentos de nuestra niñez se fueron reciclando y la magia de aquel que decía:  ”espejito, espejito”, ¿ quien es la mujer más hermosa del mundo?  Ahora se convirtió en:”asterisco, asterisco”, ¿ en que cifra encuentro el mejor sexo del mundo, o el mejor hombre del mundo?
Así es como esta locura atrapa y nos hace ceder a la tentación, yo misma soy parte… y hasta me tatué un celular en mi pobre sexo abandonado… a lo mejor así puedo recuperar un poco de felicidad y pasarla súper bien con algún asterisco con números mágicos…

SUSANA FALCÓN




 IDÍLIO por ALBA PARRAS

Y me tocó de nuevo sufrir en silencio como siempre he hecho por tu amor… Un nuevo amor que llamó a mi puerta de madrugada en plena primavera, donde las hormonas juegan con mi cuerpo a su antojo… haciendo la carne más débil, tus ojos mi debilidad, tu sonrisa mi perdición y tus curvas mi mayor pecado.
Cada día me pregunto si serás mía… si podre acariciar tu pelo mientras te prometo amor eterno bajo las sabanas blancas de la inmensidad de mi cama… Cada noche me pregunto si me echarás de menos, como echarías de menos mis manos acariciando tu espalda, recorriendo cada surco de tu piel, contando tus lunares, haciéndome dueña de cada fantasía que vivimos juntas.
Porque no comprendo el amor si no es contigo, si no es agarrada de tu mano, ya pasada por años de experiencias junto a la mía llena de juventud y ganas de vivir. No entiendo el amor si no viene del carmín de tus labios, del azul de tus ojos, del blanco de tu sonrisa... de ti.
Tu eres mi musa, la que inspira mis mayores delirios en las grandes noches de soledad, la que me roba el alma al pasar por mi lado con aires de grandeza, la misma que con tan solo una mirada eres capaz de devolvérmela a grandes sorbos, esa misma que con tan solo una caricia, es capaz de hacer  vibrar mi corazón.
La eternidad contigo sabe mejor, la cama adquiere otro sentido si estoy en ella a tu lado, los días y las noches dejaran de ser simples hojas de calendario, para convertirse en la inspiración que necesito para ganarte poquito a poco y conseguir que esos ojos color de cielo solo conozcan cada lunar de mi blanca piel y así poder hacer un pacto con el diablo por dejarme ser amante de tan preciosos labios. 



ALBA PARRAS


 
ROSARILLO TIRABUZONES por MANUEL CUBERO URBANO


 Rosarillo vivía en el gaditano barrio de la Viña. Joven y menuda, su pelo azabache era el marco perfecto de un hermoso rostro cuyos negrísimos ojos eran dos pozos donde se hundían las miradas de los jóvenes viñeros. Rosarillo Tirabuzones la llamaban. Y bbien puesto estaba el mote. Su pelo era un manojo de rizos que ondeaban al aire como bandera de una gracia que, por cierto, tenía a espuertas, al decir de sus amigas. Su sola presencia era capaz de apagar el miedo que, muchos días, penetraba en los corazones de aquella buena gente cuando las bombas del gabacho rompían el silencio con su fúnebre silbido.

-Mucho ruido y pocas nueces -decía la muchacha disimulando el resquemor que se colaba espinazo arriba.
Así, entre piropos, risas y marisqueo, su vida transcurría alterada sólo por esas bombas que cada vez parecían aproximarse más a su objetivo. Desde hacía unas semanas el gabacho estaba afinando la puntería. Aquella tarde se dirigía a La Caleta, a mariscar. Hacía días que en su casa no entraba ni una cabeza de rape para una humilde sopa y la situación no tenía visos de cambiar.
-Adiós guapa –saludó un joven uniformado.
-Hola, Germán. Tú también vas muy guapetón. ¿Te has alistado?
-Ya ves. Voluntario de las Milicias Honradas.
-¿Honrado tú? Je, je.
-Mujer. Honra y dinero no son hermanos. Lo que me falta de uno me sobra de la otra. ¿O no?
-Bueno, bueno, vamos al tajo. Tú, a pelear y yo a lo mío, a buscar un bocado para la familia.
Tal para cual, pensó la señora Remedios contemplando a los jóvenes. Germán, un joven valiente donde los haya. Rosarillo, guapa e inquieta como camarón en un charco. La Caleta en bajamar era una fiesta. Cientos de chavales, ataviados de los más variados artilugios, buscaban en sus aguas algo que llevarse a la boca. Sus miradas alternaban del cielo a la mar, de la mar al cielo, esperando oír el silbido de ese proyectil que venía desde el otro lado de la Bahía. O el cañonazo que anunciaba una refriega en el frente de batalla.
Muy cerca, el Oratorio de San Felipe cobijaba a gentes venidas de fuera. Todas las Españas se encontraban allí. Mientras el pueblo entregaba su vida frente al gabacho, ellos discutían sobre una nueva España. Dos mundos unidos y, al mismo tiempo, distintos como la noche y el día. En medio de ellos, Rosarillo.
Su búsqueda era un continuo ir y venir, los ojos clavados en la arena. De vez en cuando se detenía, escarbaba con su pie entre los chinarros de la playa y se inclinaba recogiendo algún cangrejo o algo similar que, esa misma noche, acabaría en el fuego. De pronto, su sonrisa se hizo más abierta, la muchacha rebuscó en su canasto hasta dar con el cuchillo. Un ostión grande como la palma de su mano se mostraba ante ella como un tesoro. Con un hábil movimiento de su muñeca, el marisco se rindió. En ese preciso instante un silbido atrajo la atención de los mariscadores. Todas las miradas otearon el horizonte esperando la acostumbrada presencia gabacha a través de sus bombas. Con la mayor naturalidad y como si aquello fuese un simple juego de niños, la joven guardó el ostión en una talega mientras con la otra mano acariciaba el mar de bucles de su cabello.
-Ahí viene plomo para tus tirabuzones, Rosarillo -bromeó un chaval.
Las campanas de San Francisco tocaron a rebato más por costumbre que por el peligro que aquellos obuses significaban para el vecindario gaditano. Todo Cádiz se convirtió en un tropel de carreras y gritos.
-Estos gabachos son capaces de equivocarse y hacernos daño el día menos pensado -bromeó doña Remedios.
Una vez más, el vientoo de levante, aliado con las defensas gaditanas, desvió la trayectoria de los proyectiles más ligeros hacia la mar. Las que llegaron a caer en la ciudad apenas dañaron los muros de algunas casonas del barrio. Pasados unos momentos de tensión, los jóvenos volvieron a sus tareas, buscando entre fangos y algas algo que llevarse a la boca. En el barullo, sonó la voz de un muchacho:
-¡Eh, mirad! Un muerto. ¡Aquí hay un muerto!
Todas las miradas se volvieron hacia el lugar de donde partió la voz esperando lo peor. El muchacho, agachado, intentaba rescatar del fondo algo que debía pesar lo suyo a juzgar por el esfuerzo.
Sólo Rosarillo, compañera del chaval en múltiples marisqueos, permaneció sin inmutarse. Lo conocía desde que era un mico. Justo en el momento en que llegaban hasta él algunos pescadores venció las últimas fuerzas de la víctima. El chaval se irguió con ella en sus brazos. Una hermosa corvina que abultaba tanto como él mostraba en su cuerpo las huellas del golpe que acabó con ella.
-Comida para cuatro familias -rezonga Rosarillo relamiéndose.
-Si ayudáis un poco...
Varias manos, navaja en mano, se lanzaronn sobre la corvina. El hambre es solidaria y solidaria es la ayuda. Varios tasajos grandes como búcaros cayeron en aquellas manos hambrientas mientras Rosarillo, se acercó al grupo buscando al "autor" de la matanza. Ddespués de hurgar entre la arena comenzó a sacar trozos de plomo.
-Mirad... La bomba.
-¿Bomba?
-Un grupo de jóvenes se acercaron a examinar los restos del proyectil.
-Plomo. Como siempre -se burló una de las muchachas.
-Uy, qué bien -sonrió Rosarillo mientras acariciaba entre sus dedos uno de los fragmentos-. Me los quedo.
Aquella tarde Rosarillo decidió arreglarse su melena realzando sus rizos. Sospesó los trozos de plomo recogidos en la playa, separó un puñado de ellos, los calentó y, separando tantos mechones de pelo como fragmentos, usó éstos para enrollar con ellos los mechones de cabello.
Mientras hacía esto, vino a su memoria la cancioncilla que, últimamente, corría por las calles de Cádiz:
Con las bombas que tiran
los fanfarrones
se hacen las gaditanas
tirabuzones.

MANUEL CUBERO


 NARRATIVA DE JUNIO/2012



ALBA por GRACIELA ALFONSO



Alba iba lentamente, por el camino de los espejos, su paso detenido frecuentaba la luz adormecida del marco polvoriento.

El mito de quebrar las horas con su mano angulosa y pálida, volvía a tomar sitio en su fobia espiritual de soñar con el terror anónimo que encierran las prisiones del misterio.

Otra vez formaba parte de las agujas implacables, que giraban frenéticas, con olvidos y sin recuerdos.

Le costaba comprender el lenguaje del tiempo, la parquedad de las horas, la exactitud desafiante de los números que avanzaban como soldados, agigantándose en perfecto circulo, hasta rodearla y lanzar irónicos su sabio confín descontrolado.

Le provocaba miedo y locura andar por los senderos de sus interrogantes, pero no podía escapar a esa sensación de desdoblarse al otro lado de los espejos, permitiéndole a la imagen salir unos instantes para ocupar su lugar y así ahondarse temerosa tras el cristal.

Era también, el suicidio descarnado de enfrentarse con su espíritu, el reflejo era un ente, antes pudo haber sido un fugaz simbolismo, pero la asociación de hechos se corporizaba, convirtiéndose en juez de su yo.

Qué terrible le resultaba observar esa imagen tan querida y conocida, serpenteando en el vacío, las manos agazapadas, dibujando una sonrisa con la misma facilidad que un gesto cruel, los labios moviéndose obtusos, gritando improperios o diciendo palabras de amor, y la mirada extraviada, oscura y luminosa como una dualidad tan antagónica y contradictoria, casi imposible de imaginar.

No soportó más esa película, representando el secreto de su espíritu, había aceptado el desdoblamiento, pero estaba ahora aterrorizada de si misma.

Tan angustiante le resultó verse, que encolerizada decidió poner fin a ese juego despiadado, comenzó a llamar a su irascible yo, pero no le respondía, era la primera vez que se negaba a regresar, desesperada golpeó el cristal y advirtió que su yo, por ser muy vulnerable terminó por quebrarse.

Fue demasiado tarde para volver, en su arrebato había roto el espejo y su espíritu atrapado, agonizaba entre los bordes fragmentados, ahora la imagen, casi destruida gemía ante su vida aniquilada, solo es que nunca podrá reflejarse y su destino será deambular auto destructivamente como un absoluto y simulado engaño.



Graciela Alfonso




MICROCUENTOS por EDGARDO BOITEUX
  
CLANDESTINO
No se puede querer a todo el mundo, no. La filosofía del Te quiero sugiere que debe decirse pocos, muchos son mentiras. Lo inefable gritaba en todo su cuerpo y hasta las lágrimas acudieron para decirlo, pero ya era tarde. No me quieras, dijo el verdugo, vine a condenarte.


ADÁN
Fui a tocar su portero, su esposo me dijo, qué querés, ella no está, -no quiero verlo, escuché que se lo decía en voz baja-. Decile que sólo vine a dejarle un Te extraño. No pude hablar más, me lo impedía un nudo en la garganta.


EDGARDO BOITEUX


ELLA por SANDRA GONZALEZ


No tenía cientos de secretos entre las sabanas de su habitación, ni noches de barras de bar. No tenía un amor en cada puerto, ni la soledad que viene tras el sexo sin amor. No tenía humo en sus pulmones, ni si quiera caricias de más. Ella, la de la sonrisa de Ameli, la que buscaba los lugares de los que hablan las canciones hacía tiempo que había dado un portazo a todos sus fantasmas, a las cosas a medias de decir. A los tiempos que dicen ser difíciles. A cada maleta cerrada. Y ahora, hacia crujir las vías del tren sabiendo que nada la iba a pillar. Que la melancolía, el miedo, se quedaron con lo que pudo ser y no fue.  Ella, se había quitado del medio, había dejado de girar para quedarse muy quieta. Para quererse un poco más. Ya no iba de paso, ya no era de cristal.


Sandra Gonzalez



 EL UNIFORME BLANCO por GRACIELA M CASARTELLI


Los pliegues del uniforme blanco, olían a apresto nuevo como todos los lunes y las dos preadolescentes, que siempre andaban juntas de un lado para otro, cruzaban presurosas el parque que distaba para ingresar al establecimiento escolar.
Estaban atravesando ese ciclo, donde el sexo opuesto atrae en forma fatídica. Con tal fuerza, que llegamos a negarlo hasta la tragedia y nos enojamos si alguien lo insinúa; como si se tratara de un agravio por panegírico indecoroso. Pero, a la vez, tironea con pujanza sarcástica hacia su flama, laureado de una diadema de fantasía, tan imprecisa como inalcanzable.
Las niñas solían caminar tomadas de las manos y sus semblantes y miradas se encontraban en una vibración similar. Igualmente se conjugaban sus ideas en extraña coincidencia. Esto más la atraía, y a la vez provocaba que se idealizaran la una en la otra.
No faltaron las cartas de romántica expresión entre ambas, donde compartían sentimientos y la soledad de los seres diferentes al común de sus compañeros de grupo; al tiempo que se imaginaban juntas, viajando, soñando, en bosques de duendes encantados, donde se entregaban en un idílico mundo; que jamás pensaron llegaría a concretarse en la realidad definida.
Pero, al mismo tiempo y sin que se dieran cuenta, permanecían rodeadas de espías prejuiciosos que estaban en la caza de insurgentes. Temerarios guardadores de las hipócritas estructuras sociales aceptadas en las caretas de la calle. Culebras del momento histórico, que se retorcían en sus propios instintos morbosos y sedientos del desangre de los diferentes.
La más perseguida de las niñas, pronto fue sorprendida escribiendo una de esas cartas y acusada ante el imperio familiar. Debía ser descubierta y fagocitada a cualquier precio.
Allí se le fueron encima para violar su intimidad; mientras la incauta lapicera, autora material del escándalo, le atravesaba la mano y se descuartizaba, en la lucha por preservar el secreto. Golpes despiadados sobre su cabeza, espalda, brazos y un papel que se hacía pedazos; mientras que los ansiosos demonios trataban de devorar el inocente contenido.

Desesperada, quiso acabar con su vida.
Sin embargo, entonces, los perversos mostraron en falso cuidado, preocupación por la supuesta seguridad terrenal de la impía.
Después, como si nada hubiera pasado, transcurrieron días, meses, años…
La desesperada, estaba oculta en una pequeña prisión, con vigilancia permanente.
Con todo, cierta noche, su alma escapó por uno de las rejillas veladas y tras un cerco, pudo contemplar a su niña amada, con el uniforme transformado, ahora, en un suntuoso atuendo blanco y enlazada con un apuesto joven.
Al volver el rostro de aquélla en impredecible coincidencia, de nuevo las miradas de las jóvenes, se hicieron una, felices; sabiendo que la despedida sería eterna y que habían vencido en la limpidez de sus sentimientos, la impiedad de las culebras maliciosas.
Aunque siempre me quedó la pregunta, si estos reptiles son culpables por la inmovilización de la presa, la autodefensa y… este caso, el veneno: ¿Por qué era necesario usarlo?
 
Graciela M Casartelli




 NO VOLVERÁS A VERME por VERÓNICA DGUEZ BOGADO


Este tiempo a tu lado ha sido muy intenso y, aunque tenía mis altibajos, me he encontrado muy cómoda contigo. Me has mimado en la costumbre de la desgana y me has embriagado de tranquilidad, proporcionándome así el placer de ansiar dulces manjares y largos sueños.

Siempre has estado cuando me he derrumbado en la nostalgia, apretándome con fuerza, llenándome de mil emociones. Sí, pese a todo hemos pasado por muchas cosas, mas debo decirte que ya no estamos como antes. Pensaba que era feliz contigo, pero me he dado cuenta de que era una vaga ilusión que me creé. He despertado de una pesadilla mal maquillada.
Antes dolía incluso el pensarlo y ahora me es indiferente. Me ha costado mucho dar este paso, pero ha llegado el momento de poner las cartas sobre la mesa. Lo siento, poco a poco he ido dejando de quererte y ya no siento lo mismo por ti. Has conseguido que desperdiciara siete años de mi vida reteniéndome en el pasado. Fuiste como un tumor cancerígeno que poco a poco me ha ido demoliendo por dentro. Ya no me importas, he escapado de tu embrujo y control. Me he soltado de tus cadenas.

También confesaré que he vuelto a reencontrarme con ella, y de momento el retomo de la relación va viento en popa. Las cosas pasan y ya está. Volver con la alegría ha sido lo mejor que me ha pasado en mucho tiempo. No te lo voy a poner más difícil, así que no volverás a verme, para no recaer. ¡Adiós, depresión!


Verónica Domínguez Bogado


DELIVERY por SUSANA FALCÓN
En toda mujer hay una buscadora de amores en potencia, y en nuestras fantasías nos imaginamos acodadas en una ventana de marcos azules, soñando, esperando, aquel galán de rosa en la solapa o la sorpresa de alguna serenata inspirada en boleros dulzones.
A veces esperamos tanto, que no nos damos cuenta que la soledad se nos encarna, nos abraza como una segunda piel.
Así es como terminamos arrumbando nuestros sueños de sexo y pasiones con hombres de otras épocas, y en el secreter del ropero de nuestra abuela, las escondemos y con doble llave le decimos adiós.
Decidimos entonces ser parte de este mundo moderno, donde la palabra romance pasó de moda y a los hombres ahora se los llama “metro sexuales”, y si de audacia se trata, lo hacemos completo, pues sin pensarlo dos veces, también investigamos sobre la nueva tendencia: “El Sex Shop”.
Generalmente se lo encuentra en una calle alejada del centro, bien desapercibido entre un quiosco y una verdulería boutique, (de paso a las mujeres se les despierta la curiosidad), la puerta está resguardada con una reja pintada de gris disimulo y una flecha medio borrosa que indica “toque el timbre”.
Así entramos a un mundo fascinante, donde el miembro masculino ha sido reproducido en todos los tamaños, colores y formas para satisfacer a los gustos más exigentes, además de increíbles aditamentos acoplados a ellos que desafían cualquier imaginación. En los estantes también pelean sus lugares cantidades de geles y perfumes afrodisíacos que tientan a comprobar los goces ofrecidos sin importar las consecuencias.
Se completa el recorrido con lo mejor del lugar: un sillón con tantas protuberancias, que te provoca quedarte parada toda la vida.
Los pensamientos te llevan a fantasear con una repisa en tu dormitorio, cubierta por una diversidad de ellos y bautizándolos con los nombres que más te gusten…
Te vas de allí rogando no tener pesadillas en donde todos los miembros cobran vida y te persiguen con minúsculos bracitos y patitas…
Yo personalmente me quedo con la ventana de mis fantasías, hombres peinados a la gomina, y boleros bailados en una baldosa… sintiendo el abrazo y el roce de su mejilla en la mía… Y temblar mientras me imagino que en la hebilla de su cinturón se arremolinan todos los placeres que voy a liberar en cuanto lo suelte…

Susana Falcón



LA IMPORTANCIA DE LA EDUCACIÓN por VERÓNICA BOGADO



Los cortes en mis vrazos, el hordenador roto en el suelo,
y mi cegera tienen una vuena esplicación, en serio.
Entré en un chat donde la gente conbersava por Internet,
unos se saludavan con un "Ola, ¿cómo te ba la bida?"
Otros contestavan "Vien amigo. Oie, aora bengo".
Entonces, algo raro hocurrio,
las faltas de hortografia salieron de la pantalla y hicieron todo esto.
¿Porque nadie me cree?


Verónica Domínguez Bogado





LA ROSA Y EL ESPEJO por GRACIELA MARTA ALFONSO


Buscaba la rosa y el beso en el espejo, solo su imagen blanca reflejada insomne reconocía los giros intrigantes del cristal.
Cada mañana despertaba llamando a la rosa y el beso, pero el espejo apuntalaba a su agobiado espíritu, esperando un claro milagro. Ya no se reconocía en las paredes de su cuarto, su andar trémulo hacia vibrar la delgada palidez del cristal, esperando, siempre esperando la rosa y el beso.
Las noches desdoblaban las estrellas en guirnaldas alucinadas, y las nubes, bebían la luna peregrina; solo el cristal desmoronado de poesía, rasgaba el viejo laúd de su voz muda y cerrada, queriendo dar forma a un milagro.
Una mañana de invierno, ella creyó morir, llevaba todo el frío exiliado por sus manos adormecidas, abrió la ventana de su vida y el viento arrastró el último pájaro azul que podía volar aún temeroso, entró ciego por la ventana y pensó que el espejo era un bello e infinito horizonte, besó impetuoso el espejo, sin darse cuenta que su cuerpo cubierto en sangre, nacía como la rosa ayer muerta y hoy viva para su eterno amor.


                                                       Graciela Marta Alfonso




A VOS... por SUSANA FALCÓN
A vos te hablo, sí a vos… que apareciste un día en mi vida y llenaste de colores mi universo gris, a vos te hablo, que dibujaste un camino en mi monocorde existencia de baldosas rotas y  sin rumbo, que me inventaste un mundo justo para mi inútil fantasía de amores de novelas, de finales felices y luna de miel en islas remotas, tan remotas como mi realidad, de días vacíos, de alma marchita y corazón desangrado en el intento de encontrar la felicidad… te hablo a vos? o en realidad me hablo a mi? Ni siquiera importa a quien… es el interminable monólogo de soledad encarnada, de soledad lustrada cada día como para no perder la costumbre.
Pintura abstracta de un mundo de amor que me regalaste con etiqueta de caducidad, lástima que no miré el envase antes de intoxicarme…pero no me mal interpretes me encantó intoxicarme…lo único que no sabía era que no había antídoto para eso…y todavía sigo vomitando pena, dolor, ausencia, y la desesperada necesidad de vos….
Y esta noche con Barry White de fondo mientras te escribo, aunando la desesperanza con la música, me pregunto quien barrerá los despojos de  mi amor derrumbado  en este constante intento, (nunca logrado), de ser felíz…                                                                                 Intento agotador de buscar una permanencia que se arraigue en mi historia, en mi vida, en mi alma…
Y sigo una vez más como cada madrugada en el desvelo aterrador esperando el nuevo día que vendrá, deshojando margaritas por no decir deshojando mis lágrimas, intentando creer que el mañana será como dicen tantos y tantos estúpidos escritos hasta el cansancio, (que ya dejé de leer), de nuevas esperanzas para consolarte no sé de que, porque son solo palabras vacías que no logran llenar la realidad de una vida solitaria, frágil y sin el arrimo de tu piel…de tu piel que ya no está…
Ya no te hablo a vos, no le hablo a nadie , ni sé si me hablo a mí misma porque creo que si no tuviera las palabras para inventarme en la desolación, ni siquiera existiría…
No te hablo a vos, no me hablo a mí… simplemente me quedo acurrucada en mi silencio…





Susana Falcón




MI FAMILIA por VERÓNICA D. BOGADO


Ayer, merodeé por toda la biblioteca en busca de un libro que me sedujera, y entonces, mis pupilas se dilataron al ver la saga Harry Potter. Recordé ese tiempo placentero donde solo vivía para leerla, ausente del sueño y el hambre. Desde entonces, jamás he sentido nada igual.  Así que, lo decidí en ese instante: volvería a disfrutar con esa historia. Cogí el primer tomo, lo abrí por la primera página y la olisqueé como un sabueso. Excitada, me senté a leer.
Mientras leía, hallé entre las páginas del libro una hoja de papel amarillento cuidadosamente doblaba. La extendí y observé una frase que me sorprendió: “los amigos vienen y van, pero la familia permanece.”
Fa-mi-lia. Mi corazón se encogió. En mi familia éramos “nosotros”, todos juntos, unidos. Siempre éramos nosotros. Desde pequeña, aprendí a adorar ese círculo afectuoso, que para mí era perfecto. Yo era la niña, y me mimaban con una locura desmedida. No necesitaba nada más para ser feliz.
Ahora somos “yo y ellos”. Y siempre seremos yo y ellos. Hace siete años, mi vida ideal quebró. Contaba yo con 14 años, allá por febrero de 2005. Sucedió poco antes de San Valentín.
El novio de una de mis titas favoritas, como de costumbre, nos invitó a mi hermano mediano y a mí a jugar en su casa a la PlayStation. Ese día, el hombre de la casa nos sirvió refrescos y se sentó en el sofá a mi izquierda, apoyando una lata de cerveza en la mesa de delante. Y, mientras mi hermano, a mi derecha, jugaba poseído al videojuego, el novio de mi tía nos cubrió con una manta blanca, porque hacía fresco.

Fue ahí cuando comenzó a arrimarse a mí y, yo ingenua, lo creía como otra muestra de cariño. Era lo normal, entre familia, de broma. También éste antes, alguna vez, me hizo cosas así. Pero, metió sus brazos debajo de la manta y, de repente, lo noté muy cerca de mí, nervioso, con la respiración entrecortada. Con una mano rozó despacio mis pechos. Eso ya no era lo normal. Para mi hermano solo existía la PlayStation y no reparaba en nada de lo que estaba sucediendo, y eso dio pie a que el otro siguiera adelante con su magreo. Una vez tocado y retocado mi pecho, fue bajando por mi barriga y con sus dedos procedió a separarme un poco las piernas. Me tocó…

A la mañana siguiente, reventé en un llanto desmesurado. Mi madre, preocupada, me preguntó qué me pasaba…
Cuando mi familia se enteró, me dijeron con indiferencia “lo que te ha hecho tampoco ha sido para tanto”, y barbaridades similares. Nadie se paró a pensar en la niña y cerraron su círculo, excluyéndome. Y, a día de hoy, yo ilusa, sigo esperando que se preocupen por mí.
Sinceramente, sentí lástima por la persona que escribió esa nota. He aprendido que en esta vida todo es temporal y nada permanece.

Mi entusiasmo se evaporó. Creo que no fue una buena idea leer Harry Potter.



Verónica Domínguez Bogado





ALETEO por SUSANA FALCÓN


Sobrevolando insondables lejanías, horizontes ilimitados, es a veces pájaro herido, aleteando desesperado en la agonía… por momentos, el sosiego perfecto en el planear sereno… otra va en picada, el espanto acuciando sus contornos…
Su alma es un ave furtiva que habita transmutando las ausencias concebidas…
La furia de los vientos crean ecos en lo frágil de su historia, se acurruca en el nido inventado, evadiendo el sonido del gemido, que sin lograrlo, ensordece su desesperanza…
Noches oscuras, sombras creciendo en el cielo intemporal ocultando las estrellas, calladas brisas adecuando el mecer de su miedo… Negros abismos pesan en su corazón, agobiando y cegando la visibilidad de los confines luminosos… Desesperado intento de conjugar serenidad  y desgarro a la vez, en la sensibilidad de lo tortuoso del deseo…
Se va contorsionando en su revoloteo, intentando en vano que lo visceral se aquiete en la espiritualidad acorralada… En ese transcurrir de la vida, procesa conciliarse o purificarse en agitados trances liberadores… ir mudando constantemente  hasta languidecer  o desaparecer… Retomar el vuelo y seguir el viaje…
Conectarse de nuevo en el ser… arrancando heridas, abrazando nostalgias, uniendo el cielo con la tierra, acrecentando el aleteo para alcanzar la cumbre y aterrizar anhelando pisadas aterciopeladas en senderos sin huellas horadadas por otros pasos…
Reiniciarse con el universo… ser parte de un todo, sentirse perteneciente, complementada en la humanidad… aunque sea paralelamente… mintiéndose en la idea… queriendo ser alguien que existe sin existir, que vive sin integrarse… sintiéndose  un pájaro lacerado en su mundo sin consuelo…
Transformarse… batiendo alas… creyendo que en el intento irreal del vuelo, se puede escapar de lo irrecuperable…












TRANSMIGRACIÓN por GRACIELA ALFONSO




Convento de Santo Domingo
Ellos, los Ángeles están preparados para lanzarse al vacío, despliegan sus alas como la más bella curvatura y la concavidad de su don divino.
Levantan sus túnicas con dignidad, observan el vacío y predicen silenciosos los misterios.
Seres alados, a la hora del ángelus, derriban la penumbra con su energía sagrada.
Las vibraciones de las campanadas se elevan en la soledad, el crepúsculo me guía, quedan las últimas imágenes; la transfiguración comienza, ellos despegan de la fuente.
Y sorprenden con su fuerza, el vuelo majestuoso, alcanzando mis pasos, al comienzo de la noche.

                                         Graciela Marta Alfonso




¿QUÉ ME HICISTE? por ANDRÉS GRENOUILLE


Ya tomé café, ya se acabó la coca, ya fumé cigarrillo, ya reí, ya descansé, ya sudé, ya caminé, ya fumé marihuana, ya jodí, ya corrí, ya los hice correr, y ese hijo de puta sol no se pone… Y ¿ahora qué hago? Ya te insulté, ya te pedí perdón, ya quise follarme a tu amiga, ya le toqué las tetas, ya te pedí perdón, ya fumé opio. Y ¿ahora qué hago? ¿Ahora qué hago? ¿Será que estás en casa? Ojalá y no esté tu tío, el que tiene problemas con su colon, el que se pudre vivo. ¿Qué hago? Ya fumé ¡ya fumé! Tomaré más café ¿qué más da?

Yo debería guardar mis putos trapos y largarme, o trabajar y largarme más cerca, o matarlos a todos e irme al sur, donde hayan personas raras, que no me conozcan, a los que les pueda mentir de una forma más maravillosa que a los de ahora. O mejor me pego un tiro. El café, malparido vicio, prefiero los hongos que me ponen a gritar como tonto, que me hacen morir de la risa, al menos me matan… Algún día, un día de esos que se deben olvidar, desayunaré con hongos antes de ir a la asquerosa calle a hacerme el cuerdo, pero hoy tocó café… y frío. Y ¿ahora qué hago? Ya vi televisión, ya renegué, ya boté la ropa con vómito, ya vomité, ya fui niño, ya fui... ¡Y quién me habrá cogido la puta marihuana! ¿Ahora qué hago? Fumar opio en aluminio ¿qué más? qué pregunta tan boba… Me pondré ropa e iré a verte, así me escupas en la cara, así llames a la policía, así me dispares, así te excites, así no te encuentre, no me importa, pero iré con el revólver por si las moscas, por si los tiros… Creo que sigo drogado, o ¿habré nacido así? ¿Estaré muriendo al fin? o ¿serán traumas de la niñez? Ya fui niño y… ¿Ahora qué? Ya hice daño, ya corrí, ya volví, ya me vengué, ya te amenacé y yo cumplo, estoy solo y hablo solo, y los locos no olvidan o ¿eran los elefantes?… ¡Yo cumplo malparido! Ya tomé café, ya fumé de nuevo, ya me mentí, ya bebí ira, ya eyaculé placer, ya receté suicidios, ya fallé mi primer intento, ya me cansé y sin embargo quiero más… ¿Qué estarás haciendo ahora? Ya lloré, ya provoqué tus lágrimas, ya gocé tus displaceres, ya sufrí mis alegrías, ya no sé a quién hablo… si estoy solo. ¿Ahora qué hago? ¿Qué hago? Ya te hice el amor, ya lo maté, ya qué ¡ya qué! Ya desperté del otro lado de la cama, ya denuncié mis maldiciones, ya hice lo que hice y me gustó y lo volví a hacer… ¿Qué me está pasando? ¿Qué me hiciste? ¿Pusiste algo en el café? Y nada que se pone ese sol imbécil.

ANDRÉS B. GRENOUILLE


NOSTALGIA Y ETERNIDAD por ÉRIKA PALOMO


Hoy no llegaste como siempre. No cruzaste la puerta sonriendo mientras me alegrabas la vida con tu voz. Pero yo te esperé, como si eso bastase para que regresaras.
Eran las seis de la tarde, la hora a la que solías llegar a casa. El salón dormitaba en penumbras. Yo estaba tirada en el sofá. Perdí la vista en la puerta, derrotada. El rugido del segundero del reloj se me antojaba tus pasos armoniosos aproximándose más y a más a mí. Cerré los ojos y creí notar tu cálido aliento en mi cuello. Luego desperté.
Alguien se había acercado a la puerta y llamaba. No me importó. No eras tú. Tú tenías la llave de casa y nunca llamabas a la puerta.
Te esperé. Te esperé. Te esperé…
Cuando se me figuró que había pasado una eternidad, miré el reloj: eran las nueve de la noche. Por fin me sumí en la realidad de tu ausencia. Entonces lloré.
Volvieron a llamar a la puerta, esta vez con más insistencia que la anterior. Tampoco eras tú. No era tu forma de llamar cuando te olvidabas las llaves en casa. No era nada y nada tenía sentido si tú no estabas.
No podía apartar la mirada del reloj. Una voz femenina y familiar pronunció mi nombre desde el otro lado de la puerta. No era tu voz. Ni tu forma de llamarme. No eras tú. No podía apartar la mirada del reloj.
Minutos después la voz me avisó de que si no salía, ella entraría. No hice caso. No podía apartar la mirada del reloj.
Alguien abrió la puerta. Pero, de nuevo, no eras tú. No era tu forma de abrir la puerta. No podía apartar la mirada del reloj.
Escuché unos pasos que no era tuyos —porque aquella no era tu forma de caminar—, que se aproximaban hacia mí. Una figura difusa se interpuso entre el reloj y yo.
—No ha vuelto y no volverá —murmuró mi hermana, agachada delante de mí, mientras me acariciaba la mejilla y observaba los cuencos oscuros y vacíos que tenía por ojos.
Fueron las palabras más tristes que habría de escuchar en la vida; no porque no fueran tus palabras o tu voz o tu acento… si no porque era cierto: no habías vuelto y no volverías.
Recordé el último día en que te vi. Yacías tumbada en el suelo. Yo estaba a tu lado, de rodillas, sujetándote la mano. No dijiste adiós porque no hacía falta, ¿qué necesidad había de amargar el poco tiempo que nos quedaba juntas con palabras tristes, si las dos sabíamos que era una despedida?
El doloroso recuerdo de unas manchas rojas y tus ojos tiernos clavados en los míos, me devolvió a la realidad. Me aferré a los brazos de mi hermana y me deshice en llanto.
—No te me escapes, por favor —te había susurrado aquella última tarde.
Pero tú solo fuiste capaz de sonreír y cerrar los ojos.



POR UNA CABEZA por SUSANA FALCÓN


Como todo pueblo acomodado en sus viejas historias, los relatos jugosos los tenía la boite más famosa del lugar: AMNESIA, palabra justa  para el olvido posterior en cuanto el amanecer los despabilaba a la realidad...
Con sus ribetes de romances y amores buscados, en sus noches tramposas y furtivas, los encuentros se concertaban entre el humo, la poca luz y el roce imprudente pero deseado.

Marizú era famosa en el pueblo y los lugareños indiscretos decían que nunca una noche de baile ella se perdió, casi era su segundo hogar, caderas bamboleantes amando el ritmo, buscando un arrime triunfal cuando el hombre la percibía...



Cuentan las más viejas, que la dama ya frisando los 50 y tantos, cansada de tantas soledades que se perdieron en su corpiño y se arraigaron en sus calzones de puntillas ahora despintadas, la abandonó el deseo y despidiéndose de sus noches encantadas, apareció una siesta en casa de la partera que era su madrina, y entre mates y tortas fritas o en inviernos de braseros encendidos y lloviznas cantarinas, se dedicó a relatar sus vivencias a quienes quisieran oírla.
En el descampado de su alma, todavía el humor siguió siendo su amiga y con voz melodiosa arrobaba a su audiencia contando las historias de aquellas conquistas, y para deleite las refería como si fueran carreras de caballos. Marcaba para la risa general aquello de: dícese también carreras de pingos y/o de lo que albergan los hombres entre las piernas... Y pidiendo que agilizaran la imaginación, las transportaba al hipódromo.
Al número uno lo nombraba GARAÑON CAMPESTRE (Alias versero), un finquero de la Colonia quien una noche de viernes, mientras ella caminaba por la calle Balcarce, rumbo a divertirse, el audáz hombre dejó su camioneta en doble fila para presentarse e invitarla a cenar, deseando conocerla. La dama, seducida, aceptó gustosa, pues venía de mucho desierto varonil, además aparte de tanta amabilidad, amenazó con inundarle la casa con naranjas y pomelos de su finca... La pobre sigue esperando con la juguera lista, sedienta de sabores cítricos y calmando los rezongos de su estómago esperando la tan mentada cena, pues nunca apareció.
El segundo era ALAZAN FIESTERO (Alias el gran simulador) con trote seguro de ganador y crines platinadas, se pavoneaba seguro de sí. Era un empresario gastronómico quien siempre que podía, se jactaba de su arrastre entre damiselas de dudosas intenciones.
Se le arrimó una noche de copas rebosantes y algarabía, pero ella, experta y más zorra, percibió la apuesta perdedora que le había tocado en cuanto vio que en vez de un champagne merecido, entre cumbias y reaggeton, solo la agasajó con una cerveza y dos pajitas llorando ausencia de efectivo y comentando cuentas en rojo.
Hubo una carrera que nunca contó entre gateras vacías y boletos rotos, solo un ganador se había llevado el premio de su alma y la hizo millonaria en amor, promesas y amaneceres sin soledades pero a ese semental jamás lo nombró. Porque dicen que al final, le rompió el corazón...
Ansiaban las mujeres los encuentros... Una tarde el mate se quedó frío en la espera... ella había partido dejándoles como despedida, el silencio...
Aquellos memoriosos del pueblo recuerdan que nunca volvió a ser igual. Se pelean por contar cómo la vieron irse... Desdibujada silueta a quien solo acompañaban sus historias, penas arrugadas y sollozos escondidos.

                               SUSANA FALCÓN






CAMINABAS por DANIEL ABELLA


Caminabas sin parar por la senda de la vida, tus pasos quedaban marcados en las arenas  del tiempo. Puede que en ese momento estuvieses perdida. Polvo del camino que traslada el viento. El camino siempre es largo, pero termina y las huellas del pasado dejan cicatriz pero hay que levantarse de nuevo y continuar. Es lo que hizo a la princesa emperatriz.
Puede que estos versos no tengan sentido. Pero brotan de lo más profundo de mi ser. Mas ¿qué he de hacer para no caer en el olvido? Llamó la muerte vestida de blanco dejando sus negros ropajes pues siempre lleva disfraces que cubren la tierra con su manto.
Exijo a la muerte el volver a verte. Mas se que este deseo se  verá cumplido pasado el tiempo. La luz de las velas es cada vez más fría y alumbra mis últimas horas. No lloréis, amigos por mi muerte. Brindad por mi suerte pues es ahora cuando ella me reconocería. Ya se unió alma, carne y hueso en sagrada bendición firmada por un beso y despedida por un adiós.

DANIEL ABELLA




DIJE MI VIDA relato de MANUEL CUBERO:


(Se abre el telón. El actor pasea leyendo unos documentos, mientras, canturrea alguna marcha militar. Se acerca hasta el proscenio y parece darse cuenta de la presencia de los espectadores. Deja los papeles sobre una mesa, y se dirige al público.)
Uy… Buenas noches. Perdonen que no les haya saludado antes. Andaba distraído, leyendo estos papeles, y claro, pasa lo que pasa, ni me di cuenta de que estaban ustedes aquí. En fin, el caso es que me traigo entre manos un negocio como la copa de un pino. Pero ojo, ¿eh?, que fue pura casualidad. No vayan ustedes a pensar que ando por ahí arrastrándome por cuatro cochinas perras. Vivía yo tan tranquilo, con mis cacerías, mis tardes de Casino Agrario y otras obligaciones sociales que cuando oía hablar de dar un palo al agua me caían los sudores espalda abajo. De pronto, mi padre no tiene mejor idea que irse para el otro barrio. Y aquí me tienen ustedes, (recalca la palabra sílaba a sílaba) tra-ba-jan-do al frente de Garcilora Reunidas S.A. ¡Qué suerte! Dirán ustedes. Claro, como desde la barrera se ven los toros la mar de bien… Ni a mi peor enemigo le deseo cosa igual.
Un mes llevaba enganchado a mi despacho; papeles de mil colores, horas y horas pegado al teléfono, visitas de gente que te mira con las del beri…Todo porque Adán y Eva se pusieron hasta la coronilla de la fruta prohibida. ¿Tan buena estaba? Ya ven, miles de años después todavía seguimos pagando el dichoso pecado original ese. Por lo que a mí respecta, ya está bien, me dije, vendo la empresa y cojo las de Villadiego. Cada vez que pasaba por una agencia de viajes, mirar el escaparate y hacérseme la boca agua era todo una misma cosa. Forrado de billetes díganme ustedes qué pintaba yo encerrado entre cuatro paredes. La crisis para los muertos de hambre esos que tienen que sudar el pan de cada día, que ya tienen el cielo ganado, qué leñes, así que un poquito de infierno aquí abajo tampoco les viene mal. Pero yo... aire puro, comida sana y placeres. Y que les parta un rayo a ustedes, al trabajo y al lucero del alba. Así fue como una mañana me planté ante mi secretaria:
 -Me largo una semana. Voy a concretar un negocio a Madrid.
Y me fui. Dos días llevaba en la capital intentando colocar la empresa algún “hartible” de esos que no se cansan de currar. Una buena mañana, paseando por la Carrera de San Jerónimo, me topé con una comitiva oficial. Intentaba averiguar el motivo cuando desde el coche que parecía provocar todo aquel jaleo salió mi nombre.
-¡Ricardo!
Era mi paisano Ildefonso. Ildefonso del Amo, ¿no les suena el nombre? Pues es nada más y nada menos que Director General de no sé qué cosa en el Ministerio de Defensa. Diez segundos duró el saludo. Suficientes para darnos un apretón de manos, un abrazo, la dirección de un restaurante y una hora para esa misma noche. Dos horas duró la cena. Desde la primera comunión hasta aquel preciso momento, repasamos nuestra vida, negocios, amoríos, política… y de nuevo, negocios.
-Piénsalo paisano –me dijo al despedirnos-. La patria te espera.
Y comencé a darle vueltas al asunto. Analicé los riesgos empresariales, comparé beneficios y gastos y, después de meterle mano al lápiz, he de confesarlo, la idea de vender el negocio me duró menos que un caramelo en la puerta de un colegio. Que uno tiene su alma en su armario, como se dice por el pueblo. Y cuando oye la palabra patria le entra un gusanillo estómago arriba...


En fin, que puesto a ganar un euro allí donde suene, y amante de la patria hasta el tuétano, seguí con el negocio. Imagínense ustedes, la patria llamando a mi puerta y, además, dispuesta a pagar mis servicios. ¿Qué harían ustedes? Pues eso es lo que hice yo. Le abrí mis puertas de par en par en par y algo gané, que la patria sabe pagar a sus bienhechores.
El caso es que estaba mi viejo amigo Ildefonso del Amo, dándole vueltas a la renovación de parte del material del ejército, concretamente, material de automoción. Eran unos milloncetes que andaban a la deriva buscando un rincón donde acogerse.
Debatimos la cuestión y, después de una distendida, conversación logramos coincidir en la manera de prestar un mejor servicio a la patria. Se preparó la correspondiente publicación en el Boletín Oficial, consideramos que el plazo debería ser lo suficientemente amplio como para dar tiempo a presentar sus proyectos a todo aquel que conociese el proyecto con la debida antelación a su publicación, y lo suficientemente corto como para que ningún advenedizo de esos que están siempre pendientes del Boletín Oficial tuviese tiempo de preparar la documentación pertinente. De esa manera, el suministro de aquellos materiales quedaría en manos de gente de confianza, en las mías concretamente, que la seguridad del Estado requiere un mínimo grado de secretismo. Con tal motivo, acordamos que Ildefonso también tenía derecho a una compensación por su desvelo en servicio de la patria. Me comprenden ustedes, ¿no? Todo marchaba según lo previsto (guiña descaradamente al público).
El suministro de material de automoción fue adjudicado a Garcilora S.A. Como quiera que Garcilora S.A. no pudiera atender todo el pedido, se hizo el correspondiente pedido a Garcilora Constructores Mecánicos S.A. Esta a su vez lo adjudico a Garcilora SRC… Resumiendo, que dada la envergadura del materia a suministrar  se hizo necesaria la adjudicación en escalera de  a varias empresas, todas, lógicamente, del Grupo Garcilora. De esa manera, conseguiríamos una mayor redistribución de beneficios y una reducción de impuestos. Que el servicio a la patria requería una mínima compensación, ¿o no?
Pues miren ustedes, hay gentuza que no me comprende. Uno se desvela por servir a la patria, por poner a su disposición lo mejor de lo mejor y encima viene un gracioso del Ministerio de Hacienda y me dice que además, tengo que devolverle al Estado una parte de lo que él me dio... Y yo, qué quieren ustedes que les diga, amo a mi patria, daría la vida por ella. La vida sí, pero no la hacienda.

MANUEL CUBERO URBANO





EL GUERRERO cuento de LEONEL MAS:



Nací en Huelva en 1496. Fui hijo de Emanuel Pérez y Florinda Roque Pérez.

Me crié en la ciudad en la que nací hasta los quince años, momento en el cual mi padre me envió a Madrid para capacitarme y viajar al Nuevo Mundo.
A partir de los viajes de Cristóbal Colón se verificó una nueva ruta. Después de Vespucio, un nuevo continente lleno de nativos o salvajes, pleno de especias, oro y otros bienes del interés de la Corona que dispuso se debía conquistar para favorecer nuestra economía y lograr la formación de un imperio.
Lo olvidaba: mi nombre es Jorge Manuel Pérez pero eso no importa. A mis quince años, les recuerdo que fui enviado a Madrid. Fui entrenado bajo mandos de grandes generales, entre ellos Diego Velázquez de Cuellar.
Una vez terminada mi doctrina para ir al Nuevo Mundo me especialicé en la lucha cuerpo a cuerpo ya que los salvajes irían a luchar así. Una táctica muy complicada, me decían mis superiores. Terminé mi entrenamiento el 13 de Agosto de 1517, año en el que, para guerreros como yo, según me dijeron, no había grandes expediciones ni conquistas, así que regresé a mi casa.
En 1519 me enteré de que un hombre, Hernán Cortés, había sido expulsado de unas tierras en las cuales se asentaba un gran imperio indio que no podía ser doblegado por su gran poderío en la lucha. Fue cuando me llevaron desde Madrid para partir a Las Indias en una contraofensiva para acabar con ese imperio nativo.
El 31 de Octubre de 1519 partimos. Nunca había estado tan ansioso en mi vida. Teníamos quince flotas, un total de cuatrocientos hombres: íbamos a pelear.
En altamar me impresioné por las grandes olas, los terribles vientos y lluvias y, más que nada, la forma en que se movía el barco: parecía que íbamos a naufragar en medio del océano y quedar a merced de los monstruos marinos.
Llegamos a una isla en la cual ya había estado ese Colón y muchos otros, donde se encontraba Hernán Cortés. La isla se llamaba Juana o Cuba. Había sido conquistada por mi país pocos años o quizás quinquenios atrás y los frutos y comidas que poseía eran muy exquisitos. Poseía además una linda costa evidentemente muy bien cuidada y unas aguas relativamente cálidas.
Al llegar nos recibieron unos veinte soldados, quizás un poco más, que habían sobrevivido a lo que ellos llamaban la “noche triste” cuando fueron expulsados por los salvajes. Me recibieron muy impacientemente y bastante desesperados por vengarse de los malditos salvajes.
Cortés salió del campamento, nos dijo unas palabras y nos encaminamos hacia la costa del imperio que ya había sido conquistada por el capitán. La localidad se llamaba Veracruz.
Una vez allí nos rearmamos. Éramos como seiscientos hombres con diez cañones y cada uno llevaba dos mosquetes. Emprendimos nuestro viaje (a pie) para la batalla.
Llegamos a un lugar llamado Otumba. Esperaban allí unos cuarenta mil indios. Ni bien nos vieron en los alrededores, corrieron hacia la ciudad y nos atacaron desde los árboles con piedras filosas y flechas por doquier. Todos disparábamos sin cesar, con los mosquetes, contra los indios. Muchos caían de los árboles, otros luchaban hasta que eran derrotados cuerpo a cuerpo y otros corrían despavoridos y eran asesinados por la espalda: nunca me había sentido tan superior, sabía cómo pelear y estos hombres no tenían nada, sólo unas flechas que de cien que lanzaban, cinco daban en el blanco.
Avanzamos sobre la ciudad y acabamos con al menos veinte mil indios; perdimos cuatrocientos hombres, doscientos quedamos en pie, cien heridos (yo había recibido una flecha en mi brazo izquierdo).
Cortés aprisionó a un cacique (no recuerdo su nombre) y nos apoderamos de la ciudad pero decidimos seguir adelante. ¡Queríamos acabar con el maldito imperio! Fuimos atacados sucesivas veces por indígenas durante el camino hasta que Cortés negoció con unos indios llamados (poco después) Tlaxcaltecas, quienes también querían acabar con el maldito imperio.
A fines de 1520, exhaustos de tanta lucha y supervivencia, unos ciento sesenta hombres luchábamos junto al gran Cortés.
Llegaron refuerzos de España (el 13 de Agosto de 1521) y avanzamos sin interrupción al centro del Imperio (Tenochtitlán). Se produjo una gran batalla como la que había acontecido en Otumba. Nos encontrábamos en la después llamada ciudad de México. Cortés ya había estado allí y había sido expulsado; peleamos con mucha bronca y amor propio, derrotando a los indígenas, salvajes, indios, primitivos… y aprisionando a Guatimozín, el rey del Imperio.
En Otumba aprendí todos los movimientos de los salvajes y me encontré cansado. Caí desmayado en medio de la ciudad ya conquistada. Al despertar vi una ciudad totalmente cubierta de sangre y sudor y cadáveres de indígenas por todos lados, algo en lo que no me había fijado por la pasión de la batalla.
Carlos I nombró a  Hernán Cortés, General y Justicia Mayor de Nueva España y después de ocho años del fin de la batalla, Marqués de Oxaca.
Por mi parte, fui premiado, como todos mis compañeros, con muchas riquezas indígenas: oro en cantidades.
Cortés nombró a los derrotados aztecas, Traxcaltecas. Pasaron a ser nuestros vasallos y nos sirvieron durante varias décadas.
Me dieron a elegir si quedarme o volver a mi tierra. Y decidí por mi estadía en América.
Poco a poco se fueron conquistando todos los alrededores. Pronto nos dimos cuenta de que ingleses y franceses también querían tierras aquí. Surgieron rivalidades.
En 1540 Cortés volvió a España, según él, para morir en su patria.
Yo me quedé con ocho hijos (todos americanos). Cuatro de los cuales fueron fruto de las aztecas que me follé durante y después de la Conquista y cuatro de una española llamada María Gutiérrez quien vino aquí después de la colonización. Hoy, mi esposa.
Poseía yo un terreno muy grande de veintiséis hectáreas; la Colonia ya estaba establecida y el comercio era muy bueno, mis ocho hijos se encargaban junto a más de doscientos sirvientes (ciento noventa indios y veinte negros provenientes de otro continente conquistado por Portugal) de trabajar la tierra.

Para 1550, especialmente hoy, 13 de Noviembre, se me ocurrió contarles mi historia, de los grandes aztecas, de su Imperio y su derrota emprendida por nosotros. Mi misión se cumplió y espero que todos mis descendientes sigan aquí y siempre bajo el dominio de mi rey…y mi gran país, España.


LEONEL MAS



EL ÁRBOL: MI MADRE... cuento de SUSANA FALCÓN:




No había visto antes la consoladora imagen de ese árbol en el patio de mi infancia.

Me acerqué despacio acompañando al crepúsculo invocador de nostalgias. Acaricié su tronco, percibiendo las feroces y a la vez domésticas marcas que contaban mil historias. Historias que surgían desde la profundidad de su médula donde parió sus ramas y junto a sus húmedas hojas nutrió el hambre de sus frutos. Cobijó pájaros perdidos y compartió con ellos estallidos de fuego bajo la célibe luz de soles eternos.

Me transformé en esa tierra firme y suave, palpando sus raíces guardianas de tantas vigilias. 
Sentí que me llegaban en círculos rosados mimando mi cuerpo, como la marea, remembranzas de mágicos ayeres. Monótonas me alcanzaban en espirales simbólicas de alegorías, las claves de tantos porvenires perseguidos.
Se derramó mi sangre junto con su savia, sentí que mi mente era como un ondulado cristal que desfiguraba la visión del día, percibí un dolor vibratorio y busqué un resquicio para entrar en él y dejar que mi cabellera de oro lo envolviera, fui parte de su núcleo y palpité junto a cálidos aromas de ciruelas horneadas en siestas de estío.
No deseaba irme, una especie de obstinación animal crecía cuando pensaba en abandonar el lugar. La sensación me atrapaba hondamente y me di cuenta por qué estaba arraigada con un instinto primitivo a la expresiva naturaleza de ese árbol... Fue trampa y confusión al principio, alivio al final. Supe sin dudar que al volver a la adaptación de mi propio mundo, que lo viejo se unía a lo nuevo, que el universo no fue concebido solo con belleza, sino también con tragedias y fatigas, fui parte de un todo y sentí paz. Las heridas cicatrizaron y al encontrar las respuestas tan buscadas, me amalgamé por fin en aquella imagen, como si me reflejara en un espejo, eligiendo nacer de nuevo, reconciliándome con la vida.
SUSANA FALCÓN



CALI FEBRIL cuento de ANDRÉS B. GRENOUILLE:





Hace frío en la mañana y el loco sin cobija se revuelca en su miseria buscando el cosito que ya se fumó; los pelados en sus ciclas reparan al transeúnte desde la gorra hasta las suelas sin disimulo, si vale la pena el brinco, como arañas saltarinas aterrizan en la acera con navaja en mano y soltando improperios untados de saliva y nombrando venéreas que ni la medicina conoce, despropian al caminante de todo objeto que sea posible vender en el centro; en el centro no piden factura, ni especificaciones, ni la caja original y pagan bastante mal, es por eso que antes de subir por la trece para vender el premio del atraco, es mejor que sean varios los artículos para la oferta, lo bueno es que en el centro casi nunca se siente el frío, pues es como si estuvieras parado en el lomo de un perro rabioso que se quema de fiebre.
La ciudad entera delira enferma, alucina todo el tiempo y se sacude enloquecida, como esa vez que aquel muchacho se bajó embalado de su moto y atracó a ese hombre que le entregó todo sin rechistar, nadie pensaría que tal trámite fuese un atraco si no estuviera visible la pistola que temblaba en la mano del muchacho. Todavía me estremezco cuando recuerdo la fluidez de los movimientos de ese viejo con cara de palo, que no preguntó, no se resistió a las demandas del muchacho y le entregó todo lo que tenía en los bolsillos; Ya cuando el atracador montaba su moto, el hombre se sacó de atrás un enorme revolver calibre 45 y le propinó dos certeros disparos en la nuca, pobre muchacho, si tan solo alguien le hubiera dicho que se trataba de Ferney y que nadie se mete con Ferney sin terminar con el cuero roto.
Hace frío en la mañana pero no por mucho tiempo, el sol del medio día es incesante, se da completo y orgulloso, sin misericordia cocina cada cuerpo que se ponga de valiente; a veces hace frío en esta calurosa ciudad, pero nadie parece preocuparse mucho por cubrirse ni siquiera cuando llueve, aún no estoy seguro del porqué, sin embargo en el momento en el que me mandé la mano al cinto y desenfundé la maquina para activarla en el pecho del pinto, pienso que con una chaqueta no hubiese sido tan fácil acostarlo, y menos con la fama del financiado.
Está chispeando agua desde el cielo, son las siete de la mañana, hace frío y Ferney está comprando el pan para el desayuno, el piloto acelera y yo agarro el tanque con los pies, las gotas me peinan los vellos de los brazos mientras desenfundo la Prieto Beretta que adquirí hace unos días para el trabajo. Uno, dos, tres, cuatro, cinco estallidos metálicos tiñen la camisa blanca de Ferney con su sangre, las nubes paran de aguarse en el instante y la gente corre sin dirección al no estar seguros de qué huyen, Ferney yace en la acera con una adolorida expresión y sus buñuelos se escapan rodando de la bolsa de papel, huyendo igual que todos.
Es tan calurosa esta ciudad que cuando llueve nadie se abriga, porque en un momento estará brillando el sol de nuevo, pellizcándonos la piel y jalándonos los vellos que recién había pegado cuidadosamente la lluvia, ha de ser que el cielo en Cali llora cada tristeza de los que alguna vez lo vieron en la mañana y le regalaron un gesto de saludo, ahora es mejor mirar hacia el suelo para no tropezar con un charco en la huida; estos caleños siempre huyendo de todo, de los tiros, de las motos, de la policía, de los gamines, de las sirenas, de Ferney, quién convulsiona con cinco hoyos en el pecho por los que muere a borbotones. Pero yo ya maté a Ferney, ahora huyan todos del cielo que quiere llorar otra vez.
ANDRÉS GRENOUILLE



ÍNFIMAS GOTAS REPRIMIDAS microrrelato de VERÓNICA D. BOGADO:



Esparciendo ínfimas gotas de agua sobre mis pómulos

e inhalando un sorbo de aire fresco con la nariz,
viro mi pesado y taciturno cuerpo cargado de represión,

por la inesperada, repentina e ilógica disputa que mantuvimos.
Paso a paso, arrastrando los pies por el pavimento,

sin echar la vista hacia atrás, paulatinamente,
con la mente envuelta en una esfera de nerviosos pensamientos,
me desplacé hasta el portal de mi casa y entré en el salón.
No podía recular y buscarte,
ya el autobús se había encargado de llevarte lejos de mí.
No es el aroma que estimo conservar hasta nuestro retorno,
odio las despedidas tristes.



SIN NADA EN EL PENSAMIENTO cuento de SUSANA FALCÓN:




El abandono del amor la había vuelto loca, y el dolor de esa muerte en su alma, la empujó a buscar desesperadamente el secreto de la efímera felicidad.
Todos la querían ayudar. Entre susurros le contaban que en los amaneceres, de la mano de los noctámbulos  tardíos, de miradas turbias y alcoholes desolados podría encontrar la respuesta, pero cuando deambulaba en su busca la atrapaba la luz del día y todo se desvanecía… La desilusión la empañaba cada vez que no la encontraba, hasta que de nuevo alguien le susurraba que el secreto lo tenían los vagabundos, dueños  absolutos de veredas y umbrales oscuros.  Se decía que eran los más creíbles,  pues noche a noche recorrían la ciudad preñada con miles de historias y cuando dormían se las guardaban en los bolsillos para esparcirlas al viento  junto al amanecer.  Ella corría confiada, pero solo en las calles encontraba papeles y hojas acurrucadas en los rincones.
Se fue volviendo transparente en el anhelo y la impotencia, y se recuperaba de nuevo  siguiendo otro rumor que había oído, de que la verdad la tenía el panadero del barrio, aquel que a las cuatro de la mañana se levantaba para comenzar su danza mágica entre las masas para los primeros panes, azúcares  y mermeladas o enredado entre los arabescos de las tortas de cumpleaños…
Casi  recuperando un poco sus colores entre tanto aroma reconfortante, silenciosa se apretaba entre los clientes tempraneros y de los otros… los de solemne antigüedad.
Esperaba y esperaba… hasta que el pan rancio se volvía.  La respuesta nunca llegaba y hasta el panadero la abandonaba sin piedad.
Ya sin fuerzas que la sostuvieran en el intento, la encontraban a veces aferrada en las vidrieras, ella les decía que los maniquíes cobraban vida y le hacían morisquetas develándole  el  enigma… desesperada no los entendía...
Nada le quedaba, fue transformándose en los incoloros  aspectos de la vida, se le desprendió la juventud…  quedándose quieta se fue liberando de su pena dejando que el secreto la alcanzara y fue desapareciendo hasta convertirse en él…
Se atreven a decir los más osados que suelen escuchar el susurro del secreto, jugando, colándose por los zaguanes, o adueñándose de las calles, sentándose en los bancos de plazas aun adormecidas, trepando por las azoteas y hasta, a veces, quedarse colgado en las farolas de las esquinas…

MARÍA SUSANA FALCÓN



OTRA CARTA QUE NUNCA LEERÁS cuento de VERÓNICA D. BOGADO

Ayer te vi. Dije: hola, tita. ¿Desde cuándo no te llamo así?
Durante años me he visto sometida a una extraña presión de origen desconocido, y en los pocos y cortos encuentros que hemos tenido, me he dirigido a ti de manera diferente. Hola, Marga.
¿Por qué te diría tita? En la relación amargamente fría que mantenemos, si es que entre las dos queda algo, resulta como "fuera de lugar".
Me sentí de nuevo como aquella niña, con la cara llena de churretes, que jugaba a vender chucherías y helados en tu kiosco.
Mientras me acercaba a ti, no pude contener una sonrisa. Ese gesto en mi cara significaba: me alegro de verte aunque me hiera. Y, cuando llegué a ti, se repitió esa encogida de corazón que me ocurre siempre antes de hablarte. Es como si, en ese momento y hasta que pasa bastante rato desde que me voy, los latidos cesasen casi al cero.
Siempre le aparto la vista a él, me da asco mirarlo. ¿Oíste los gritos que desprendían mis ojos?
Pero, ¿qué estoy haciendo ahora mismo? Supongo que desahogarme nuevamente en un papel.
Es obvio que, tanto este escrito como todos los que ya hablan de ti y los que quedan por existir, nunca llegarán a tus manos.
No sé ya si es por miedo a cagarla y sentirme humillada, o por el simple y no deseado temor de que te afectara muy negativamente y se pusiera  en peligro tu salud.



Hoy he pensado, de repente... ¿de verdad te dio el derrame por el motivo que creo? Por un momento me vino a la mente el que fuera yo la causante de tu desgracia. ¿Sería de ser creída? No soy el ombligo del mundo, ni el sol gira a mi alrededor.
Lo que sé con absoluta seguridad es que todo es dolor. Dolor irremediable. Dolor infinito. Dolor eterno. Un dolor que jamás desaparecerá y que me está haciendo el día a día costoso. ¡Los años!
Mi debate interior es: ¿hablo contigo o no debo hacerlo? ¿Te haría más daño? ¿Podría hacerte feliz y aliviarte?
Dicen que hay que dejar el pasado atrás. No puedo. En el lote entraría olvidar los mejores años de mi vida. De verdad, aunque quisiera, no podría. Estoy estancada en él. Estoy atrapada en una telaraña gigante. Tengo aracnofobia.
También dicen que ya nada será como antes. Me aferro a un sentimiento de pérdida y nostalgia que no me deja mirar hacia delante.
Lo intento, lo intento. Me llevo un tiempo sin pensar en esto. Entonces, llega la navidad y no ceno con vosotros. Entonces, llega el verano y no estoy con vosotros. Entonces, llega una boda, un bautizo, una comunión, un cumpleaños, y no estoy invitada. Entonces, un día sin saber el por qué, apareces en un sueño y, cuando despierto, hago todo lo posible por no romper a llorar.
¡Quiero abrazarte y decirte que siempre te he querido y querré! Llorar junto a ti. Saber si te ocurre lo mismo, si alguna vez te importó mi ausencia, o si sí pero ya lo superaste...
Si me quedara embarazada y tuviera una hija, la llamaría Margarita. Eso lo tengo muy claro.
¿Parezco una loca? Lo que no me extrañaría es acabar en un psiquiátrico. A lo mejor estoy delirando...
"¿Has venido sola?" Me preguntas cuando aparezco en la playa. Y a veces le sigue: "¿caminando desde Mazagón?" ¡¿No lo ves?! No puedo alejarme de ti, ni de todos. Es la única forma que tengo de no sentirme tan lejos y excluída. Aun sabiendo por los hechos la poca importancia que puedo tener para todos... No soy nada para quienes lo son todo para mí.
Cuando voy, por momentos estoy tranquila y me encuentro cómoda. Aunque te dedique cinco segundos entre el hola y el adiós. Me basta. Sacia por un rato una parte de mi pena ilimitada. Tendré que conformarme.
Supongo que la mayoría de la carta parece infantil. Habla la niña herida que llevo dentro. Pataleando. Patalear no me hará conseguir lo que quiero. De hecho, nada. Es imposible, aunque no quiera terminarlo de aceptar.
Ojalá nunca hubiera ocurrido toda esta puñetera mierda.
Soy un flan cuando te veo. Mis labios son caramelo fundido que, cuando intento que escape el aliento con mis palabras, me hacen dificultosa la acción.
¿Por qué tiene que ser todo tan difícil?
Son más de las 5:00 de la madrugada y estoy aquí, sin pegar ojo. Mirando estos folios y el bolígrafo negro, mientras medito si esto pudiera ser una especie de auto-terapia estúpida que nunca servirá ni para calmarme.
Me gustaría alguna vez dejar de quejarme. Lástima que, para que eso llegara a ocurrir, tendría que existir una máquina (se acepta colaboración de Doraemon) que borrase a una persona.
Ojalá tuviera el mínimo humor para poder reírme del chiste.
¿Sabes que el poblao y vosotros sois mi corazón, y que mi cuerpo está desterrado? Y, aunque esté lejos, siempre estoy ahí…
Si esto fuera una película, aparte de ser sólo ficción, todo acabaría en: y fueron felices para siempre jamás. Pero esto es la vida real, por mucho que me joda, y aquí los buenos sufren y los malos viven del cuento y la suerte.
¡Quiero deshacerme de esta angustia y ser libre! ¡Joder! ¿Por qué simplemente no puedo tener una vida feliz?
Karma, ¿a qué juegas conmigo? Dime, ¡¿hice algo malo?!
A veces los pensamientos de recuerdos alegres me quitan el aire.
¡Que alguien venga y me diga: tu tía te necesita, ve con ella! Una señal... ¡exijo una al menos! Para saber qué hacer. Porque no puedo seguir así, con estos bajones que me dan.
Voy a acabar encamada con una fuerte depresión…
Llevo horas aquí sentada. Haré lo que esté en mi mano por conciliar el sueño. Sólo espero… no volver a soñar contigo diciéndome que me extrañas entre lágrimas…
Aquí estoy y estaré, llorándote, consumiéndome despacio en el tiempo, impregnada de la cobardía más absoluta, para siempre. Nunca te olvidaré

VERÓNICA DOMINGUEZ BOGADO


EL AZTECA cuento de LEONEL ALEJANDRO MAS:


Leonel Alejandro Mas:

Nacido en la ciudad de Buenos Aires, Argentina el 26 de Octubre de 1989. Considerable amante de la escritura. Ha escrito muchos relatos históricos que luego profesores de Educación Media utilizaron para dar clases.
Vive en la ciudad de Salta y se dedica al comercio.
Muy buen nadador premiado durante 2005 y 2006 en competencias referentes al Noroeste de la Argentina y buen ciclista también, competidor en torneos de triatlón saliendo campeón de la categoría juvenil en la temporada 2005-2006.



EL AZTECA


Soy Cuitláhuac, hijo de Moctezuma, rey del imperio y gobernador de Tenochtitlán.
Un día practicaba mis lanzadas con la flecha hacia un árbol cuando llegó un mensajero y dijo que había hombres blancos en la costa y que revolucionarios como los tlaxcaltecas se habían unido a ellos. Venían para acá.
Mi padre sabía que estos hombres eran muy fuertes y que poseían armas endemoniadas, así que creyó que eran enviados de nuestro Dios Quetzalcoátl y decidió recibirlos de la mejor manera.
Llegaron unos quinientos blancos. Mi padre les concedió oro y al principio todo se mantenía pacífico.
Me comunicaba yo con uno e intercambiaba yo oro por tapados muy extraños, cuando escuché los gritos que provenían del Templo Mayor de nobles.
Corrí hacia el edificio sagrado y vi a estos hombres matar a nuestros nobles y quitarles el oro. Uno, el más robusto y mejor entrenado, los mandaba. Mi padre me informó  después que se llamaba Cortés y que quería que pasásemos a depender de un rey muy lejano y que suspendiéramos nuestras creencias a Quetzalcoátl y los otros dioses y que además creyéramos en algo llamado “cristo”.
Mi padre aceptó esto y nos traicionó a todos. Estos hombres, que para nosotros habían pasado a ser el enemigo, lo aprisionaron y maltrataron.
Couantémoc, un noble muy guerrero y poderoso nos organizó y mandó a que libráramos a mi padre y acabásemos con los blancos.
Comenzamos (como siempre lo hacíamos) con muchas flechas y piedras hacia estos hombres que caían uno a uno respondiendo con éstas armas de las que muchos huían pero los más valientes como yo, mis hermanos, primos, tíos y el mismo Couantémoc y su familia, los seguíamos enfrentando. Al ser estos hombres cada vez menos, el tal Cortés, sacó a mi padre de donde lo tenía. Le dijo algo y mi padre nos ordenó que detuviéramos el ataque.
Pero la bronca que teníamos debido al asesinato de los nobles, nos obligó por tendencia, a seguir atacando. Ahí fue cuando mi primo Xamigopalc hirió de muerte a mi padre Moctezuma y estos hombres huyeron de Tenochtitlán.
Pero no queríamos dejarlos escapar. Así que mandamos muchos hombres a perseguirlos y terminarlos totalmente.
Pocos días después nos enteramos de que unos pocos habían logrado escapar y que además antes de llegar aquí, y, por encima, habían luchado contra los mayas y por ende, con otras tribus que les entregaban objetos que los favorecían. Estas tres cosas nos fastidiaron muchísimo, muchos de nuestros amigos estaban muertos.
Nos reorganizamos en la ciudad y se eligió a Guatimozín como rey provisional.
Creímos que todo había terminado y que los blancos que habían matado ya dije, a numerosos nobles y muchas mujeres y hombres guerreros, no iban a volver jamás.
Fueron pocos meses después que el tal Cortés ya había conquistado Otumba junto con muchos soldados más. Miles de habitantes de allí corrían hacia Tenochtitlán y nos decían que eran terriblemente sanguinarios y poderosos. Ahora querían vengarse.
Como ya les dije, los Tlaxcaltecas que nos habían traicionado y se les habían unido, avanzaban con ellos hacia aquí ininterrumpidamente.
Llegaron con más hombres, aún más que los descriptos en Otumba. Creo yo, se produjo una sangrienta batalla.
Los vi acercándose apuntándonos con dos armas cada uno. Yo estaba con mi primo en un árbol, arriba del Templo Mayor donde se encontraba Couantémoc.
Disparaba yo mis flechas contra estos hombres. Los estruendos que salían de sus armas persistían. Se sentía un horrible olor. Me asusté, quedé paralizado. Fue en ese momento cuando un blanco  me hirió en la pierna y caí del árbol.
Al despertar me vi colgado de un poste junto con mis compañeros a quienes los mataban uno a uno con armas muy filosas.
Vi a Guatimozín apresado y a Couantémoc muerto. Su cabeza rodaba hacia mí. También vi al tal Cortés frente a mí decirme estas palabras que no comprendí: “¿Quién es el vencido ahora?...¡Cabrón hijo de puta!”
Fue ahí cuando me clavó con una daga en el estómago. Suspiré muy profundo. A mi alrededor vi que blancos violaban a mis compañeras. Mis amigos, todos muertos en las calles y los blancos, con nuestros tesoros, se organizaban en el templo. Exhalé, cerré los ojos y me despedí diciendo: “Adiós mi querido Imperio…”                          


LEONEL MAS


52 comentarios:

Verónica Domínguez Bogado dijo...

Leonel, tu relato "El Azteca" hace que cualquier persona pueda casi sentir esos acontecimientos en la piel propia.
Pequeñas historias como ésta hacen de este mundo un mundo mejor.
El ser humano, ese habitante terreste egoísta, se ha adueñado de el mundo, aun sin pertenecerle.
Creo que este texto podría cambiar los puntos de mira de las personas, quienes antes veían a héroes ahora verán a los verdaderos bárbaros.
El ser humano, como ya dije, por naturaleza es egoísta, y le gusta meter la cuchara en el plato ajeno. Aunque tenga que matar a otras personas para lograr unos objetivos sucios.

Ana Carmona dijo...

Verónica: este relato es de un dramatismo y tensión fuertes que llevan al lector a querer saber qué le sucedió en la vida al personaje. Por eso su lectura es rápida y se llega al final con una enorme sensación de duda, de dolor. Los mismos que hacen a la protagonista sentirse una cobarde. Muy bueno pero sin resolución. Creo que cuando uno está así ante la vida el mejor remedio es el diván, querida, que ayuda a hablar y a sanar...Díselo a tu heroína...Besos...Any

Ana Carmona dijo...

Leonel: este cuento tiene varias aristas para marcar: Una redacción simple, tan simple como el hablar de un azteka. Su lenguaje es tal cual uno se imagina que ellos pensaban. Usas este recurso con una empatía admirable...Además demuestras amplio conocimiento de la historia pero contada desde la mirada del otro, del que fue sometido. Es la historia de "los sin voz", es el hablar de los silencios de la historia. Es muy impactante el final...¡Me encantó!...Sabes que siempre me gustó este cuento tuyo...Te felicito...Besos...Any

Verónica Domínguez Bogado dijo...

Susana, más que leer las palabras las he sentido entre líneas, como en una sopa de letras el caldo, las he saboreado.
Percato esa pesadez y agonía, como si supiera el dolor de mano al escribirlas.
Espero que ese estado de locura apacigüe.
¡Besos!

Andrés Bastardo Grenouille dijo...

¡Ay cruel desamor! dejando zombies extraviados por doquier... buscando respuestas para preguntas mal hechas... Yo estoy convencido en que la verdad se esconde en el silencio, sólo en el. Qué relato de sombrío encanto Susana. BRAVO!

Ana Carmona dijo...

Susana: el amor, el dolor, el tiempo, se pierden en el hueco oscuro de la conciencia cuando se antepone esa relación y esa dependencia, a la valoración de uno mismo...Una mujer en un contexto social de desvalor podría caer en situaciones como las que planteas en este cuento...Buena prosa, con lenguaje rico en adjetivos y recursos literarios que dan sensación de ambigüedad, la misma que presumo, tiene el personaje...Muy bueno!...Besos...Any

Ana Carmona dijo...

Querida Vero: tu relato tiene visos poéticos...Me gusta la forma como unes historia, poesía y sentimientos¡Bravo, escritora!...Besos...Any

Verónica Domínguez Bogado dijo...

La naturaleza nos inspira a veces de una forma tan deliciosa...

Verónica Domínguez Bogado dijo...

Leonel, te veo muy involucrado en esa época.
¿Sabes? Yo soy de Huelva.
En la historia de la humanidad, siempre han existidos momentos así, todos les han hecho daño a otros en algún lugar y momento. Es un círculo.
La historia se repite... no tiene final.
Lo que no atiendo es a comprender como se puede premiar la matanza de personas...

Erika dijo...

LEONEL: He leído tu último relato, "El guerrero". Me ha llamado la atención la documentación que has tenido que llevar a cabo antes de escribirla. Me ha gustado, aunque el protagonista me parece cínico jeje :)

Ana Carmona dijo...

Leonel: Este relato nuevo El guerrero es como la contracara de El azteca. Una misma historia contada desde ambos lados (enfrentados en la guerra). Muy original... Manejas muy bien los hechos históricos y logras esa misma empatía del relato anterior. El guerrero es afecto a los números y las presiciones, afecto a la pelea y despectivo con el "maldito imperio" como llama al Imperio Azteca. Has creado toda una mentalidad con este recurso literario pero no veo que sea cínico como dice Erica sino un exponente de su época y su clase...
Bien redactado, lleva en su brevedad, una enorme extensión conceptual...Eres muy bueno en tu género ¿Has pensado en escribir una novela histórica alguna vez? Te aconsejo acudir a un taller literario de novela. Seguramente en tu ciudad los hay...Besos y te felicito!! ...Any

Ana Carmona dijo...

Susana: tu relato es metáfora pura. El árbol como símbolo de nuestras raíces más profundas y tu necesidad de salir de él para poder ser...Buena redacción y bellas imágenes. Me encantó...Besos...Any

Ana Carmona dijo...

Andrés: tu relato Cali febril es un recorte de la vida de tu ciudad donde cuentas sobre la inseguridad y el clima que la acompaña...Muy buena redacción y originalidad para expresarte. Te digo lo mismo que a Leonel ¿Nunca pensaste en escribir una novela? Si comienzas por historias de tu entorno, de corte policial, tal vez tendrías algo muy valioso entre manos...Te felicito...Besos...Any

Ana Carmona dijo...

Manolo, tu relato Dije mi vida, es la muestra más de tu impecable narrativa y tu fino sentido de la observación...Muy bueno, amigo...Besos,Any

Verónica Domínguez Bogado dijo...

CAMINABAS por DANIEL ABELLA: Hermoso y triste, he de confesar. Son duras estas despedidas.

Verónica Domínguez Bogado dijo...

Susana: hasta ahora no ha habido un texto tuyo que no me haya llegado al corazón. ¡Qué triste es Por una cabeza! Pero bello a su vez. ¡Besos!

Ana Carmona dijo...

Susana: tu texto es muy cómico, irónico y suspicaz, además de bien redactado, claro …Me encantó, me hizo recordar la calle Balcarce, los pueblitos como Guemes a los que alguna vez asistí a un baile y a mujeres como la protagonista que siempre se veían en los mismos sitios… Excelente, amiga, te felicito…Besos…Any

Susana dijo...

Así es Ana, tal cual... Amnesia existe en la calle Balcarce, y esas historias la verdad que las viví... je je... Gracias por las devoluciones.

Un beso
Su

Verónica Domínguez Bogado dijo...

Érika, como ya te dije, me encanta. Me emociona mucho, quiero saber qué le ocurre exactamente y me mantiene atenta. Está bien construido ese inesperado final.

Ana Carmona dijo...

Erika: Relato que golpea con sus repeticiones y su obsesión. La sorpresa es el broche de oro de su redacción...Muy bueno...Besos...Any

Ana Carmona dijo...
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Ana Carmona dijo...

Andrés: excelente escrito de obsesión y falta de lucidez. Logras a la perfección,transmitir ese estado de ánimo propio de quien está confuso y adolorido con recursos como la repetición y el acento en ciertos sentimientos..Muy bueno...besos...Any

Anónimo dijo...

"Aleteo", es un bello y poético relato...
Graciela Marta Alfonso

Anónimo dijo...

Graciela: hermosa la forma en que los angeles del convento levantan vuelo y te alcanzan Tu imaginacion y bellos trazos hacen un maravilloso trabajo...Felicitaciones...Any

Anónimo dijo...

Susi: bello intento de describir el alocado vuelo del espititu...Bellas letras...Any

Anónimo dijo...
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Anónimo dijo...
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Anónimo dijo...
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Anónimo dijo...
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Anónimo dijo...
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Anónimo dijo...

Veronica: Yo creo que para la protagonista del relato fue muy bueno encontrar esa nota porque repensar los"malos tragos" del pasado nos hace crecer...Buenas letras aunque muy amargas...Besos...Any

Anónimo dijo...
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Ana Carmona dijo...

Susi: texto intimista, valiente que muestra la realidad de tantas almas solitarias no importa el genero...Creo que no sirve el quedarse "acurrucado en el silencio" hay que salir a expresarse como sea. Con canto, con baile, con palabras... y reconocerse en los otros y otras en tanto congeneres que viven iguales o similares experiencias. Vivir, vivir sin prejuicios, Susi, de eso se trata...Buena tu redaccion, como siempre...besos...Any

Anónimo dijo...

Graciela: tu texto es cuasi-poético y evoca los sueños de grandeza que tenemos todas las mujeres cuando de amor se trata. Me encantó. Su redacción, impecable y su síntesis tembién...Besos...Any

Anónimo dijo...

Muchas gracias Any por el comentario.
Graciela Marta Alfonso

Ana Carmona dijo...

Vero: original tu texto que con sus faltas de ortografía y su síntesis nos va llevando a la locura de quien lo escribe...Pienso: ¡Qué importante es la educación para construir la lógica!...Me encantó...Besos...Any

Ana Carmona dijo...

¡Muy bueno Su! es una descripción casi exacta de la vida sexual de muchas de nosotras pero yo creo que no solamente de las maduras sino de todas pues sabido es que los hombres y jóvenes cada vez menos desean saber sobre las verdaderas necesidades y sentimientos de las mujeres porque,pregunto:¿cuántos de ellos dan igual placer al que reciben al realizar un encuentro casual?, ¿cuántos se interesan y comprometen en entregar un placer igual al que ellos sienten?...Muy pocos están dotados de esa generosidad, ¿verdad?...En fin, por eso el sex shop es el lugar de las nuevas fantasías femeninas...Buena redacción y tema muy bien planteado. Me encantó...Besos...Any

Ana Carmona dijo...

Muy bueno Vero! Un texto-carta que nos lleva a pensar en la despedida de alguien que fue un amor y luego el gran final que nos dice a quien verdaderamente está dirigido el mensaje...Me encantó...Any

Ana Carmona dijo...

Querida Graciela: tu prosa esmuy buena puesguarda impecables metáforas, pensamientos abstractos y hasta un dejo de ironía. Me encantó este cuento de mujeres al borde del mundo diferente de su sexualidad. Solo tengo para acotarte un par de cosas: recuerda que los vocablos "pero","con", "mientras", "y"... son conectores entre dos preposiciones y que el punto y coma es una separación de dos ideas menores pero relacionadas con una mayor y que aveces es más pertinente que el punto y seguido. Espero te sirva para pulir, todos lo hacemos...Besos...Any

LA CRUDA VERDAD DEL ALMA dijo...

Myri: sesudo planteo sobre el aborto que lleva a preguntarnos si aquellas reinvidaciones feministas de "aborto para no morir" son válidas. Muy buena tu prosa, querida amiga,yo diría impecable...Besos...Any

LA CRUDA VERDAD DEL ALMA dijo...

Hola querida Su: tu planteo sobre la in-comunicación es un planteo que muchos poetas nos hacemos. Creo que nuestra generación está salvada pues vivimos ambas épocas y podemos comparar. Yo me preocupo por los "nativos digitales" y pienso que está en nosotros adultos, "inmigrantes digitales", el enseñarles la diferencia...¡Luchemos contra todo esto! y una manera de hacerlo es escribiendo sobre ello. Te felicito por este escrito que como todo lo tuyo, deja pensando...Besos...Any

pd: te invito a leer "Poesía, esa lenta obsesión" una obra de teatro que escribí con dos autores más y que trata del mismo tema. Aparece en www.periodicolacrudaverdad.blogspot.com - Nº de Junio/2012

LA CRUDA VERDAD DEL ALMA dijo...

¡Bravo Alba! grita tu amor al mundo que para amar no hay fronteras y cada uno o una, elige su sexualidad...Me encantan tus letras llenas de ingenuidad y esperanza. Que seas correspondida, es mi deseo...Besos, amiga...Any

LA CRUDA VERDAD DEL ALMA dijo...

Malolillo querido: ¡Benditas las playas de Cádiz que dan de comer a los pobres! Impecable tu relato, pleno de vocablos locales que me obligan a ir al diccionario...Una bella estampa de tu tierra y tu pluma. ¡Te felicito!...Besos...Any

LA CRUDA VERDAD DEL ALMA dijo...

Querida Graciela (Alfonso): has escrito una prosa que yo encuadraría en el realismo mágico. El espíritu detrás del espejo, interesante...Me encantó por lo original del tema y por su sorpresivo final...Mi consejo: revisa la puntuación...Besos, querida amiga...Any

LA CRUDA VERDAD DEL ALMA dijo...

Edgardo: es muy difícil escribir con tu maestría, cuentos tan pequeños.Tienen introducción, punto álgido y final, todo, en escasos cinco renglones... ¡Te felicito!...Besos...Any

LA CRUDA VERDAD DEL ALMA dijo...

Sandra: en pocas líneas perfilas la realidad de una mujer que ha decidido llamarse a sociego. Quedarse quieta sí pero sobre un tren en movimiento... Relato profundo, lleno de simbolismos... Me encantó!...Besos...Any

Ana Carmona dijo...

QUERIDA SU: COMO SIEMPRE, TU ESCRITO DE AGOSTO PLANTEA UNA PROBLEMÁTICA HUMANA Y MÁS PRECISAMENTE, DE LA MUJER...PIENSO QUE ES ELLA LA ÚNICA QUE PUEDE CAMBIAR LAS ESTRUCTURAS SALIENDO A LA PALESTRA A LUCHAR POR SU EXPRESIÓN Y SU FELICIDAD, MUY BUENO...BESOS...ANY

TERESA DEL VALLE DRUBE LAUMANN dijo...

REALMENTE NO PUEDO COMENTAR UNO POR UNO, PORQUE TENDRÍA QUE AGARRAR PAPEL Y LÁPIZ, RELEERLOS A TODOS Y RECIÉN IR DICIENDO LO QUE ME PARECE CADA UNO. LEÍ ABSOLUTAMENTE TODOS, Y ME PARECEN DE UNA GRAN CALIDAD LITERARIA, MUY PAREJA, CON MUCHÍSIMOS "ALTIS" Y NO RECUERDO MÁS QUE UN PAR DE "BAJOS". EXCELENTE SELECCIÓN DE AUTORES Y DE ESCRITOS, AMIGOS MÍOS. UN LUJO PARA EL ALMA PODER DISFRUTAR A CADA QUIEN EN SU ESTILO, CON SU TEMA, CON SU FORMA DE DECIR Y VER. ESTOY MUY FELIZ DE HABER INGRESADO A LA PÁGINA, ANY. GRACIAS POR TU INVITACIÓN. BESOTES

Ana Carmona dijo...

Teresa querida, gracias a vos...Yo también estoy muy feliz con los autores (y su obra) que integran este lugar...Y desde ya con tu participación pues tus escritos son de gran calidad...Besos...Any

Emmanuelle Brío dijo...

Sobre Alba de Graciela Alfonso: Interesante lo del espejo, hay una parte de Diario de una buena vecina de Doris Lessing donde la protagonista se cuestiona si alguna vez ha tenido una libre elección y concluye que nada ha sido decidido por ella, que todo ha sido determinado por alguien más, incluso la ropa, porque la dictaba la moda de la época. Los espejos me hacen pensar en mirarse en ellos para intuir cómo nos miran los otros, un espejo nos permite mirarnos desde los ojos de otro.Quizá por eso tu personaje no podía encontrarse, buscaba fuera de ella, donde no hay nada.

Nucha dijo...

Este abanico de relatos y poemas
da aire al rostro de quien los lee.UN AIRE SUAVE SUTIL Y GRACIL

Ana Carmona dijo...

Gracias Nucha, son muy bellas y gratificantes tus palabras. Esperamos que nos visites muy seguido. Un beso...Any